MONOGRÁFICO RELATO HIPERBREVE

 

 

                                                                                                                                                                       

El Cuento Breve en Hispanoamérica 

 

©Ilustración Mercedes Díaz


Por

 ©Juan Armando Epple

Universidad de Oregón

Eugene, Oregón, U.S.A.

 

Introducción

El diversificado desarrollo de la ficción hispanoamericana contemporánea ha

puesto de relieve un interesante corpus narrativo que comienza a atraer la

atención de la crítica: son esas narraciones de extrema brevedad que se han

bautizado indistintamente como “mini-cuentos”, “micro-cuentos”,

“micro-relatos”, “minificciones”, “cuentos brevísimos” o “cuentos en

miniatura”.

 

Las formulaciones teóricas sobre el cuento, o las poéticas que declaran una

concepción particular sobre el género, demarcan sus parámetros diferenciales

a partir de la comparación con la novela, y los rasgos distintivos que se

postulan (la brevedad, la singularidad temática, la tensión o la intensidad)

siguen resultando insuficientes como categorías distintivas. La existencia

de novelas cortas (la “nouvelle”), de acentuado rigor argumental y formal, y

de cuentos extensos, ponen en cuestión el criterio tradicional de la

extensión como límite entre ambos géneros.

 

Irwing Howe se propuso recientemente delimitar un canon del relato breve

norteamericano (que llamó “short-short stories”, cuentos cortos) pero ni su

intento de delimitación tipológica ni la selección propuesta resultan

convincentes1.

 

Con el cuento brevísimo el problema de la delimitación genérica se dificulta

aún más, por su relación con un amplio registro de formas breves de

substrato oral o libresco, y sobre todo por la dificultad de deslindar

fronteras con las llamadas “formas simples” (el ejemplo, el caso, la fábula

y la anécdota, entre otros).

 

Los atributos genéricos que suelen destacarse en el cuento (situación

narrativa única, intensidad, tensión, brevedad) si se consideran

aisladamente y no como una concatenación estructural, devienen en simples

diferencias de grado con respecto a la nouvelle o la novela. Los que

persisten en el afán de pensar los géneros como totalidades sistémicas, de

legalidad autosuficiente, han optado por volver a las premisas del

estructuralismo orgánico de un Kayser o un Staiger, para considerar el

cuento como una sub-especie narrativa sin atributos realmente sui generis,

donde concurren las modalidades generales de la ficción.

 

Pero el panorama creador latinoamericano no sólo ofrece un repertorio

propicio para reactivar la atención hacia el universo distintivo del cuento

(y de hecho hay un valioso corpus de aproximaciones teóricas o formulaciones

de una poética sobre el género escritas por H. Quiroga, J. Cortázar, Juan

Bosch, Mario Benedetti, M. Lancelotti, Enrique Anderson-Imbert, Cristina

Peri Rossi y otros) sino para diferenciar derroteros o preferencias

estructurales de la ficción cuentística2.

 

Lo que ha dado en llamarse “cuento brevísimo”, “micro-cuento” o

 “mini-cuento” no es simplemente una afición secundaria, apta para la nota

humorística, el ingenio verbal o la relación anecdótica, si bien muchos de

sus cultores aficionados no superan estos niveles. Escritores de reconocido

talento como Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Cristina Peri Rossi, Eduardo

Galeano, Luisa Valenzuela y otros, han renovado las opciones expresivas de

la ficción breve. Y autores como Alfonso Alcalde, Alfredo Armas Alfonzo,

Enrique Anderson-Imbert, Juan José Arreola, René Avilés Fabila, Marco

Denevi, Andrés Gallardo, Hernán Lavín Cerda, Augusto Monterroso, han

canalizado su creatividad fundamentalmente en esta modalidad narrativa de

variada filiación cultural, cuyo rasgo común (aspecto que no constituye, de

por sí, una diferenciación canónica) es su notoria concisión discursiva.

 

Tanto la revista El cuento, de México, como Puro cuento, editada en

Argentina por Mempo Giardinelli, han incrementado la popularidad del cuento

brevísimo con los concursos literarios que convocaban periódicamente. Y con

una curiosa coincidencia temporal, aparecieron hace poco tres antologías

dedicadas a recopilar esta modalidad narrativa en el dominio inglés y

español3.

 

El cuento brevísimo comienza a ser también objeto de atención académica,

tanto en tesis doctorales como en artículos abocados a explicar el carácter

sui generis de este fenómeno literario4.

   

Orígenes   ¿En qué legado se asienta esta expresión discursiva?

 

Algunos de estos relatos se vinculan a la tradición oral, recogiendo sus

temas del folklore o la leyenda; otros son reelaboraciones de historias ya

fijadas en textos clásicos, con los cuales establecen una relación

inter-textual; y otros basan su asunto en anécdotas, casos o sucedidos de la

experiencia contemporánea, propuestos como un universo imaginario de

significación autosuficiente.

 

En el capítulo sobre la “Génesis del cuento”, de su libro Teoría del cuento

(1979), Enrique Anderson-Imbert señala que el origen de las formas breves

puede rastrearse en los inicios de la literatura, hace ya cuatro mil años

(en textos sumerios y egipcios), como relatos intercalados, y que luego se

van perfilando en la literatura griega (Herodoto, Luciano de Samotracia),

como digresiones imaginarias con una unidad de sentido relativamente

autónoma. El autor destaca, como función originaria, esa situación de textos

enmarcados en un discurso mayor, generalmente en forma de diálogos, y su

función digresiva, destinada a desviar al oyente del discurso central de las

situaciones expuestas en esos diálogos para reactivar o dosificar su

atención con la inclusión oportuna de hechos sorprendentes, in-habituales o

extraordinarios5.

 

Pero es en la Edad Media cuando empiezan a discernirse, en las expresiones

narrativas, formas diferenciadas de ficción breve, especialmente en la

literatura didáctica. Además de las expresiones de la tradición oral y

popular como las leyendas, los mitos, las adivinanzas, el caso o la fábula,

en que interesa más el asunto que su formalización discursiva, surgen modos

de discurso que se articulan en estatutos genéricos ya decantados en la

tradición letrada, como la alegoría, el apólogo o la parábola. La fuente

canónica estaba prescrita generalmente en los textos religiosos. Estas

expresiones literarias se diferencian generalmente de las “formas simples”

(estudiadas y catalogadas por André Jolles en su libro Einfache Formen,

1930), pues codifican estructuras narrativas con una función

mimético-representativa ya diferenciada. No es azaroso que la indagación por

los orígenes del cuento literario suela extenderse hasta esos siglos de

comprensión todavía incipiente: esa Edad Media no sólo incuba muchas de las

expresiones precursoras de la literatura tal como la entendemos hoy, sino

las proposiciones estéticas sobre la diferenciación de los géneros

(fundamentalmente a través de la revaloración de la Poética aristotélica)6.

 

En el cuento breve hispanoamericano se detectan relaciones dialogantes tanto

con la tradición oral o folklórica como con la tradición “culta” (un término

más apropiado es llamarla “libresca”), que se remonta a esa época7.

 

En el primer caso, una línea narrativa que es importante destacar es la que

basa sus asuntos en la experiencia colectiva que se trasmite oralmente, sea

como “sucedido” o como “anécdota”, y que el autor recoge como una situación

de por sí significativa, formalizando sus líneas esenciales. Son textos que

buscan plasmar a la vez la frescura coloquial del lenguaje de una comunidad

y sus claves culturales. El narrador es sólo una figura intermediaria que

oye y transcribe una historia cuya autoría se adjudica a la comunidad. Dos

de los más importantes escritores chicanos, Tomás Rivera y Rolando Hinojosa,

incluyen en sus libros breves relatos intercalados que provienen de la

tradición oral de la extensa población inmigrante proveniente de México, de

origen predominantemente campesino. Para los escritores chicanos que se

identifican con esa tradición de substrato oral (cuentos, corridos  y

otros), este legado constituye la fuente básica de su obra creativa. La

perspectiva de estas obras es en cierta medida similar a la que orienta los

textos, tan vinculados a la cultura Maya, de Miguel Ángel Asturias:

formalizar la experiencia y los sueños colectivos, ser un portavoz de la

“gran lengua” de la tribu.

 

Otros autores hispanoamericanos elaboran asuntos que pueden identificarse

originariamente como “casos”, anécdotas” e incluso “chistes”. Las fronteras

entre lo real y lo imaginario son siempre ambiguas, pero lo que en estos

casos valida literariamente los textos es la carga de experiencia

significativa que condensan. Convertir un acontecimiento real en hecho

literario es un reto que sólo puede resolver satisfactoriamente el escritor

talentoso, aquel capaz de unir en su escritura la contingencia de la

experiencia narrada con su significación autosuficiente. O dicho en

referencia a dos modalidades de discurso que suelen polarizarse: buscando la

relación dialéctica entre el testimonio (la relación particularizada de los

hechos desde la perspectiva del testigo presencial) y la alegoría (la

abstracción esencialista de una versión de la realidad).

 

En la línea de relatos breves que establecen una relación inter-textual con

la tradición clásica destacan las reelaboraciones de mitos e historias

famosas y la predilección por la fábula como modalidad narrativa de renovada

eficacia. Esta última forma canaliza usualmente una visión satírica de la

sociedad, y las razones de esta preferencia en Hispanoamérica son obvias.

Entre estos nuevos “fabulistas” sobresalen Juan José Arreola, Marco Denevi y

Augusto Monterroso. Se trata de escritores que han explorado con talento e

ingenio diversas modalidades del discurso ficticio: fábulas, parodias (tanto

de géneros como de historias clásicas), alegorías y relatos satíricos no

asociados a la sátira tradicional.

 

El escritor guatemalteco Augusto Monterroso une con habilidad las dos

fuentes más recurrentes del cuento brevísimo: la tradición oral y la

libresca. La configuración narrativa, y el verosímil que le permite

establecer una relación dialógica entre formas social y estilísticamente

diferenciadas del discurso, es la creación de un pueblo imaginario, San

Blas, con sus lugares de reunión (el bar “El Fénix”), su periódico oficial

(“El Heraldo”) y una gama de personajes que van desde trabajadores anónimos

hasta empalagosos críticos de arte y literatura. El narrador es un cronista

que va reuniendo (y fijando literariamente) los variados discursos que

proliferan en la comunidad (desde los dichos y aforismos hasta las historias

que han acaecido en el pueblo). La aparente ausencia de una voz autorial

contribuye a crear una ilusión de inmediatez frente a lo narrado,

diversificando las perspectivas y los registros expresivos de una comunidad

que expresa metafóricamente la realidad del mundo latinoamericano actual.

Ese caleidoscopio narrativo está formado, en rigor, por una serie de cuentos

cortos hilvanados por la prolífica imaginación de un autor para quien el

mundo es una ficción de por sí ejemplar, que no necesita clasificaciones

genéricas.

 

Hay otros relatos que pueden filiarse a códigos discursivos contemporáneos,

como las “greguerías”, las nuevas expresiones de “agudeza” o a exploraciones

vanguardistas deudoras de la anti-poesía: propuestas de anti-relatos8.

 

Finalmente, están aquellos textos que, sin establecer vínculos con modelos

genéricos o temas ya decantados por la tradición, presentan en pocas líneas

un inquietante universo de sentido en que se reconoce como expresión

original de un cuento literario.

 

Desarrollo Moderno

 

¿Cómo se fue desarrollando esta preferencia por la ficción breve en

Hispanoamérica?

 

El cuento moderno, y nos referimos a esa tradición que se origina en el

siglo XIX como discurso que se desgaja autónomo tanto del artículo de

costumbres como de esos extensos compendios narrativos que intercalaban

relatos de raigambre folklórica o anecdótica, estuvo estrechamente vinculado

a las demandas y opciones de las revistas, las que a la vez crearon un

mercado para este tipo de ficción y le impusieron una restricción espacial

que luego se confundió con un rasgo genérico: la brevedad. Los artículos de

Horacio Quiroga quejándose de la tiranía de los editores de revistas y

mofándose del inusitado “boom” del cuento a comienzos de siglo ofrecen una

interesante información sobre el fenómeno. La demanda que tuvo la ficción

breve cuando los editores de revistas descubrieron que era más atractivo y

práctico publicar relatos en vez de las tradicionales series folletinescas

explica además la proliferación de preceptivas sobre el arte de escribir

cuentos, las cuales en su mayoría mezclaban criterios de valoración fundados

en lecturas de los clásicos con recomendaciones técnicas, ofreciendo

verdaderos “recetarios” para elaborar y ofrecer al mercado un objeto

entendido como artesanía lingüística (el cuento como “craft”). El famoso

“Decálogo del perfecto cuentista”, de Horacio Quiroga, que se ha leído

tradicionalmente como una poética de pretensiones autosuficientes, tiene en

verdad una carga paródica que relativiza esa tendencia a encasillar el arte

del cuento en unas cuantas reglas de composición.

 

La compaginación de las revistas requería también llenar algunos espacios

pequeños con ilustraciones o textos autónomos: fueron espacios propicios

para agregar poemas cortos, citas, pensamientos y micro-relatos. Los

micro-cuentos que publicó Rubén Darío a comienzos de siglo parecen obedecer

a esta factura por encargo. Distinto es el caso de Vicente Huidobro. Los

“cuentos en miniatura” que publicó en 1927, anunciando un proyecto que al

parecer dejó de lado, se adscriben a una óptica de exploración vanguardista

que somete a prueba, a través de la derogación paródica, los modelos

discursivos y los principios canónicos entonces en boga (tanto de la novela,

del drama como de la poesía). Sus cuentos en miniatura parecen haberse

escrito a contrapelo del decálogo enunciado por su contemporáneo uruguayo.

 

A partir de la década del 50, y en una línea que parece disociarse,

estableciendo una nota de relativización irónica, de las pretensiones

totalizadoras de la narrativa del “boom”, un número cada vez más importante

de escritores se dejan seducir por las posibilidades, todavía ancilares, de

la minificción como registro independiente de propuestas literarias. Pero es

sin duda en los narradores de las generaciones más recientes donde se

advierte una mayor apertura a las opciones creadoras de la ficción breve, en

textos que exploran con soltura perspectivas aleatorias, de notoria fluidez

semiótica, transgrediendo o distendiendo las fronteras convencionales de los

géneros. Son textos que en algunos casos resisten la adscripción restrictiva

a la poesía, el testimonio o la ficción tradicional, atrayendo al producto

textual el cuestionamiento implícito de su legalidad genérica.

 

Si bien una parte de estos relatos se adecúa al diseño tradicional del

cuento, destacándose sólo por su extrema concisión formal, hay otros que

resisten una clasificación genérica determinada, problematizando su

legalidad discursiva. En estos casos, lo que tenemos son formalizaciones

textuales de un tipo de exploración discursiva que se asienta en un género u

otro como simple vehículo coyuntural, una escritura que responde también a

una etapa de rearticulación expresiva donde aún no se han cancelado

totalmente las formas discursivas tradicionales pero tampoco se han

decantado cabalmente las nuevas modalidades literarias. Metáfora expresiva

de los dilemas que viven las sociedades latinoamericanas en sus niveles

sociales, ideológicos y de reformulación estética de sentidos, esta

escritura se distiende conflictivamente en dos direcciones de difícil

conciliación: hacia una herencia canónica entendida como tradición

periclitada pero que sigue ejerciendo cierto rango de influencias en la

comprensión habitual de lo literario, y hacia la búsqueda de una

expresividad radicalmente nueva. El diálogo con la tradición se ejerce de

preferencia extremando los recursos de la parodia (y sabemos que la parodia

es un procedimiento que conlleva un reconocimiento y un homenaje implícito

al modelo que se busca derogar) y ejerciendo el arte del reciclaje. En una

segunda dirección, la configuración de propuestas nuevas de lectura asume

como requisitoria (in)evitable la transgresión de los estatutos genéricos y

la plasmación de un orden escritural que aloja, en una cohabitación

desinhibida pero aún tentativa, sin definir compromisos, registros

semiológicos de muy distinta procedencia9.

 

Al elegir como criterio de selección la brevedad (y en este caso se trata de

relatos que van de una línea a una página), el rasgo más precario entre los

que suelen considerarse al fundamentar una teoría o una poética del cuento

como género, se corre el riesgo de validar implícitamente ese rasgo como una

categoría distintiva de la minificción en tanto sub especie del cuento

literario.

 

En todo caso, el criterio fundamental para reconocerlos como relatos no es

su brevedad sino su estatuto ficticio, atendiendo específicamente al estrato

del mundo narrado. Creemos que lo que distingue a estos textos como relatos

es la existencia de una situación narrativa única formulada en un espacio

imaginario y en su decurso temporal, aunque algunos elementos de esta triada

(acción, espacio, tiempo) estén simplemente sugeridos. El conocido cuento de

Augusto Monterroso “El dinosaurio” es un ejemplo propicio: “Cuando despertó,

el dinosaurio todavía estaba allí”. Aquí la narración está reducida al

mínimo posible, a un eje clave de la tensión narrativa, mostrando el quiebre

de las fronteras entre la realidad y el sueño, la súbita irrupción de lo

fantástico. Pero en esta hay un decurso temporal (fijado en los verbos) y

una referencia a la situación espacial (“allí”, el lugar donde ocurre la

experiencia). Hay otros relatos donde no están explicitados todos los

elementos básicos que concurren a particularizar el estrato del mundo

narrado (algo que hace o le ocurre a alguien en algún lugar), pero donde hay

al menos uno de ellos sosteniendo la concreción de lo narrado, convocando o

aludiendo implícitamente a los otros para consolidar sus connotaciones de

sentido.

 

Para este volumen especial de la Revista Interamericana de Bibliografía

hemos invitado a destacados especialistas en el cuento latinoamericano a

proponer aproximaciones teóricas y críticas para el deslinde genérico y

estético del cuento brevísimo. Sus contribuciones constituyen un aporte

substancial a la tarea intelectual de inventariar, jerarquizar y definir el

estatuto literario de este canon en ascenso.

 

David Lagmanovich, destacado especialista en el cuento hispanoamericano, se

aboca en el estudio que incluímos aquí a las técnicas discursivas que

singularizan estos textos.

 

Atendiendo al proceso histórico de constitución de los géneros, Violeta Rojo

analiza en su ensayo “El minicuento, ese des-generado” la formación

distintiva de la ficción brevísima como una modalidad de reformulación

escritural en proceso de decantarse como sub-género. Para la autora, la

marca intertextual y de fagocitación paródica que distingue estos textos,

fenómeno cultural que predomina en las épocas de derogaciones y

rearticulaciones canónicas, explican su naturaleza proteica y transgenérica.

 

Los ensayos “La minificción como clase textual transgenérica”, de Graciela

Tomassini y Stella Maris Colombo, “Micro-relato y postmodernidad: textos

nuevos para un final de milenio”, de Francisca Noguerol Jiménez, y “El

microcuento hispanoamericano ante el próximo milenio”, de Enrique Yepes,

sitúan sus propuestas de caracterización en el marco coyuntural de un fin de

siglo signado por la desautomatización o desestabilización de los códigos

culturales de la modernidad y por la segmentación discursiva de la

expresividad reciente.

 

En su artículo “El cuento ultracorto: Hacia un nuevo canon literario”, Lauro

Zavala propone una taxonomía de esta modalidad narrativa, atendiendo tanto a

sus rasgos estructurales, a su extensión como a sus relaciones con diversas

formas fronterizas. Su análisis se fundamenta en un extenso corpus

contemporáneo, particularmente de la tradición mexicana, cuya preeminencia

en el surgimiento del cuento ultracorto estaría dada por la publicación, en

1917, del texto “A Circe” de Julio Torri.

 

Francisca Noguerol Jiménez,  quien ha publicado ya varios artículos sobre el

micro-relato en Hispanoamérica, analiza el auge reciente de esta modalidad

literaria y su establecimiento canónico como un fenómeno vinculado a la

estética posmoderna.

 

Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo se hacen cargo de la variada

nomenclatura propuesta tanto por los creadores como por la crítica para

diferenciar esta narrativa, lo cual pone de manifiesto la dificultad de su

especificación genérica, y configuran un modelo de jerarquización y deslinde

estructural de sus múltiples variantes configurativas.

 

Tomando como punto de partida el ensayo de Italo Calvino “Seis propuestas

para el próximo milenio”, Enrique Yepes destaca las opciones estéticas del

microcuento como una operación discursiva que textualiza las hibridaciones

multiculturales de la sociedad postmoderna y particularmente el estatuto

heterogéneo del mundo latinoamericano.

 

“El cuento breve desde la perspectiva de quienes lo practican” es un

original ensayo dialogante en el cual Andrea Bell reúne y ordena las

opiniones de varios creadores sobre el proceso creativo, el ars poético y

las expectativas de validación literaria del cuento breve.