|
|
OPINION -
COLABORACIONES 2001
Intertextualidad:
algunas aclaraciones
Por
©Joaquín
Mª Aguirre Romero
Profesor Titular - Dpto. Filología Española III
Facultad Ciencias Información - Universidad Complutense Madrid – España.
aguirre@eucmax.sim.ucm.es
Articulo
exclusivo para Literaturas.com
Ilustración
de ©Manuel
Girón
Artista Visual

Por
motivos que todos conocemos, el término “Intertextualidad” ha
sido puesto de moda por algunas personas para justificar su forma
especial de trabajar con los textos que producen. Como
supongo que muchos se habrán sentido perplejos ante las
explicaciones dadas, me gustaría abordar el término y sus
implicaciones para deshacer los equívocos que se pudieran haber
producido en la mente de algunos lectores inocentes. Creo que la
idea de intertextualidad es lo suficientemente importante en la Teoría
literaria como para que sea tratada con ligereza o usada, como es el
caso, como cortina de humo para tapar los desmanes intelectuales de
algunos.
Para
fijar inicialmente la idea de intertextualidad, lo mejor es
comenzar por su introducción formal en el panorama de la crítica y
el análisis literario. Comúnmente se acepta que fue Julia Kristeva
la que tomó el concepto del crítico y teórico ruso Mijaíl Bajtín.
El destino de los textos de Bajtín, como sabrán algunos lectores,
fue complicado debido a las especiales condiciones que se daban en
la Unión Soviética. La historia es bastante compleja y bástenos
aquí señalar que Bajtín es recuperado por la crítica occidental
de forma bastante tardía respecto a la fecha de producción de los
escritos. Veamos cómo
expresa Kristeva la idea de Bajtín:
“[...] la palabra (el texto) es un cruce de palabras (de
textos) en que se lee al menos otra palabra (texto). En Bajtín,
además, esos dos ejes, que denomina respectivamente diálogo
y ambivalencia, no aparecen claramente diferenciados. Pero
esta falta de rigor es más bien un descubrimiento que es Bajtín el
primero en introducir en la teoría literaria: todo texto se
construye como mosaico de citas, todo texto es absorción y
transformación de otro texto. En lugar de la noción de intersubjetividad
se instala la de intertextualidad, y el lenguaje poético se
lee al menos como doble.” (Julia Kristeva: Semiótica
1, Madrid, 1981 2ª ed, p. 190)
La
noción de intertextualidad ha sido reformulada con algunas
variaciones y extensiones, pero básicamente está aquí expresada
de forma clara. Pero, aunque se han dado múltiples explicaciones
textuales y se ha aplicado al análisis, a mi entender, no se ha
profundizado demasiado en lo que el concepto implica respecto a la
dimensión del sujeto [i].
Trataremos de aclarar algo esto.
La
idea de intertextualidad tiene una implicación evidente: ningún
sujeto puede producir un texto autónomo. Al decir “autónomo”
nos referimos a un texto en el que no existieran vínculos con otros
textos, un texto que surgiera límpido, impoluto de la mente del
sujeto que lo produjera. Esto implica que los sujetos producen sus
textos desde una necesaria, obligada, vinculación con otros
textos. El sujeto, pues, no es una entidad autónoma, sino un cruce,
una intersección discursiva, un “diálogo”, en última
instancia. Como señalaba Kristeva, “absorción” y
“transformación” pasan a ser los dos momentos de la secuencia
productiva textual.
El
primero de ellos, la absorción, es un mecanismo que funciona
de forma consciente e inconsciente, voluntaria e involuntaria. La
absorción es el medio por el que los seres humanos nos
desarrollamos en el seno de una cultura; es el aprendizaje. Aprender
no es solo aquello que hacemos de forma ordenada, más o menos
sistemática u organizada. Aprender es algo que nos es
natural, consustancial, puesto que nos permite desarrollarnos en el
seno de una cultura. El ser humano es un ser que aprende, un ser que
transmite culturalmente. Aprender es recibir un legado, un
conjunto de instrucciones textualizadas —verbales, escritas,
ritualizadas— que nos sirven para desarrollarnos en un contexto
sincrónico dado, en un aquí y un ahora. Aprender es, también,
acumular junto a lo recibido las propias experiencias, que son
enmarcadas en los patrones recibidos o dan lugar a nuevos patrones.
El
segundo momento, el de la transformación, es precisamente
aquel en el que se permite a los sujetos desarrollarse históricamente;
es el componente dinámico que posibilita que los patrones
aprendidos se adapten a las nuevas situaciones o contextos. También
es el componente que permite el desarrollo específico de los
sujetos. Es en la transformación donde los seres humanos
podemos volcar nuestra capacidad individual —nuestro potencial
transformador—, donde podemos ser nosotros, en donde nos
definimos como sujetos específicos, en donde nos reconocemos
como nosotros mismos. Ser nosotros mismos es, desde este supuesto,
ser desde los otros; es ser una contestación, una respuesta
a los contenidos textuales en los que los otros se nos dan. Cuando
hablamos, respondemos.
Aprendemos
y transformamos, pues. Este es el movimiento básico del proceso de
la cultura, su dinámica. Afecta a todos los parámetros y
dimensiones de la actividad humana individual y socialmente. La
culturas están vivas en la medida en que son capaces de transformar
su capital informativo, que es el conocimiento acumulado o
tradición. De igual forma, los individuos son capaces de
evolucionar en la medida en que integran lo recibido y lo introducen
en sus propias vidas transformándolo.
Esta
es la dimensión existencial de la intertextualidad,
entendiendo que no es un proceso referido únicamente a los textos,
sino que, en la medida en que los textos forman parte de la producción
y experiencia humana a través de su elemento más específico —el
lenguaje—, se rigen por el mismo principio. Para mí es evidente,
aunque puede que para otros no, que el lenguaje no es solo el
resultado de nuestra evolución como especie, sino su motor
principal. Lo es no solo porque tiene una dimensión individual,
sino porque además es la base de la sociabilidad en la
medida en que permite la transmisión de experiencias y
conocimientos del individuo al grupo y del grupo al individuo. El
lenguaje permite codificar información, transmitirla y compartirla.
La Naturaleza nos dio el lenguaje y el lenguaje nos mantiene
unidos y dependientes como especie. Nuestra evolución es la que ha
sido gracias a nuestra capacidad de transmitirnos nuestras
experiencias unos a otros y de legarlas a las siguientes
generaciones. Otras especies también aprenden, también tienen
experiencias, pero sus vías de transmisión son mucho más lentas
que las nuestras.
Quizá
recuerden la crítica de Platón a la escritura: permitiría solo la
apariencia de sabiduría porque las personas podrían
absorber los conocimientos que otros hubieran adquirido por sus
propios medios, sin el esfuerzo que los primeros realizaron. Lo que
en Platón tenía una fundamentación negativa, es un hecho capital
para el desarrollo cultural, y la Cultura es nuestra segunda
naturaleza, nuestro nicho grupal. Gracias a que podemos
aprovechar las experiencias de otros podemos avanzar más deprisa,
evitar errores y sacar rendimiento a los aciertos.
Volviendo
a la dimensión literaria de la intertextualidad, el conflicto
principal se produce con uno de los lemas de la modernidad que surge
en el siglo XVIII: el mito de la originalidad o, más específicamente,
la cuestión del genio. El genio es aquel que produce sus
propios patrones, sus propias reglas, en abierta oposición a lo
existente. Al genio se le sigue, mientras que él, como
fuerza de la naturaleza, está destinado a la creación
original. Toda la valoración estética desde el romanticismo se
basa en la idea del genio, de su capacidad innovadora,
revolucionaria, de su originalidad. El genio, al igual que la
Naturaleza de la que es hijo predilecto, produce de forma original:
es origen y no tradición. La tradición es la que se
genera después del genio que crea, es la legión de imitadores
sin genio. No imitar y ser imitado es el destino del genio.
Como
puede apreciarse, esta idea de la genialidad (como autonomía)
casa mal con la de intertextualidad. O, al menos, lo parece.
Solo desde una idea radical de la genialidad —la revolución
absoluta— existe la incompatibilidad. La teoría de Harold Bloom
sobre la angustia (o ansiedad) de las influencias es
una forma de entender cómo los textos tratan de disfrazar su
vinculación (su intertextualidad) con otros textos, de cómo la
tradición se disfraza de genialidad para lograr el reconocimiento.
La Poesía sería el escenario de un combate por imponerse luchando
con otros textos. La idea de Bloom es que solo puede entenderse
un poema descubriendo cúal es el rival con el que mantiene la
relación agonística, descubriendo con qué poema se está
enfrentando. Esto no tiene ningún sentido negativo; por el
contrario, es el motor de la evolución literaria.
La
intertextualidad es un estado necesario del texto, una condición básica.
También lo es de la condición humana. Como humanos recibimos un
legado y dialogamos con él. Tejemos nuevos textos con los hilos que
recibimos. Los tejidos resultantes son valiosos en la medida en que
mantienen ese equilibrio entre “lo dado y lo creado”, por
utilizar una expresión bajtiniana. Un texto es tanto más valioso
cuando es capaz de producir transformaciones que sirvan, a su vez,
para estimular nuevas aperturas dialógicas. Así se teje la
Cultura, como eslabones de una cadena, no como aros sueltos.
Decía
un autor —al que no mencionaré— para defender su actos
presuntamente intertextuales que qué se podía decir de Grecia
que no se hubiera dicho ya.[ii]
La respuesta es muy sencilla: solo debería hablar de Grecia aquel
que sienta que tiene algo nuevo que decir. “Nuevo” debe
ser entendido conforme a lo dicho anteriormente: una voz que entre
en el debate de las ideas, en el coro polifónico (otro término
caro a Bajtín) de la Cultura. Pero algunos de los textos que han
sido objeto de escándalo y ridículo últimamente no son voces en
ese coro, sino simples espectáculos de ventriloquía, es decir,
unos muñecos sin vida a los que otros les ponen las voces. Parecen
que son ellos los que hablan, pero enseguida se capta el truco.
El
problema parece estar en que ya no escribe el que tiene algo que
decir, sino al que le pagan por ello. Antes se decía de algunos
escritores, cuando se les agotaba la imaginación, que se copiaban a
sí mismos. Ahora ya ni eso.
[i]
Un
ejemplo interesante de esto es el ofrecido por James V. Wertsch
en su obra Vygotsky y la formación social de la mente
(Barcelona, Paidos Ibérica, 1988), en la que se relacionan las
ideas de Bajtín con las de L.S. Vygotsky señalando las
concordancias existentes entre ambos. Por otro lado, los
intereses de Bajtín iban más allá de los simples análisis
textuales. Los textos son un trampolín hacia la Cultura y el
ser humano.
[ii]
El
problema se puede extender más allá: quién encarga un
libro sobre Grecia a alguien que no tiene nada que decir sobre
Grecia. En el fondo, todo esto no es más que el efecto de
la sustitución de la figura del autor por lo que podríamos
pasar a denominar los “abajofirmantes”, ya que su papel se
limita al que nos suelen dejar en los contratos: firmar. Lo peor
es cuando tratan de dar explicaciones. A través de las
pantallas de televisión hemos visto todo tipo de confesiones.
Gente que confiesa, sin pudor, ante millones de personas que ha
robado, estafado, violado, torturado, asesinado, etc. Jamás he
visto a nadie confesar que ha copiado. Podríamos
aventurar que quizá esta pertinaz negativa esté vinculada con
barreras psicológicas producidas en la infancia por haber sido pillados
en alguna acción similar en los exámenes escolares. En el
fondo, son como niños.
©Joaquín
Mª Aguirre Romero. Septiembre 2001


Noticias
Literarias | Libros
| Entrevistas
| La
Polémica | Opinión
| Rutas
Literarias |
Escaparate
| Documentos
| Memoria
| Monográficos
|
Tablón
Literario |
Lectores
Opinan | Galería
de Letras
| Vistazos Literarios
| Sabías Qué
|
Editores
| Asociados
| Quiénes
somos |
Escríbenos
| Publicidad
|
|
|