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OPINION -
COLABORACIONES 2001
“EL
BRINDIS DE AUDEN: o tomando Whisky con Esteban Moore”
por
©Osvaldo
Picardo
Poeta, traductor y periodista. En poesía
ha publicado: La noche en llamas (1982), Providencia terrenal
(1983), Con Bogey en Casablanca (1987), Poemas 1982-1987 (1988),
Tiempos que van (1994), Instantáneas de fin de siglo (Montevideo,
1999), Partes Mínimas y otros poemas (Mar del Plata, 1999).
I
En un poema titulado “ángeles caídos”, este poeta de
las pampas desiertas y las ciudades desbordadas, Esteban Moore,
imagina un brindis de la mano de otro poeta,
“...Auden
en vísperas de un nuevo año
propone un brindis alza su copa
elevo dice
en el agrio aroma del licor
el peso de los planetas
la mutabilidad del universo
no busquemos en el pasado
edenes ilusorios
menos aún
la seguridad de las jerarquías
el siglo nos presentará
las imaginadas ruinas
Rimbaud arrastrará
su gangrena de oros
el cuerpo de Alejandra
sus oscuros labios de sangre quieta
callarán nunca la última palabra”
¿Qué raro ardor etílico -en su sentido etimológico- ha
entusiasmado a Moore? ¿La no menos rara composición del poema
puede ser que sufra también de esa suerte de materia del éter?
Veamos.
Con el mismo brindis concluye -pero sin terminar- su poema. A
su vez, cuando lo inicia con la minúscula de la primera palabra,
representa un no-comienzo:
la difícil idea del continuum
, de lo que no tiene principio ni fin, una especie de in
media res sin resolución.
La imagen del brindis no es, por cierto, menos significativa,
porque , con un brindis, más que cerrar algo se abre un nuevo ciclo
que no es sino continuidad y reanudación celebrada de los “ángeles
caídos”.
El poema discurre, sin comas ni puntos finales, a través de
la evocación de otros poetas, sin que esa ennumeración guarde un
orden y dando la idea no del caos, sino del ritmo eterno y ubicuo de
reiteradas epifanías (o bien testimonios) de la palabra poética.
En sus versos se dan cita, alcóholica y amistosa, Dylan, Vallejo,
Lowry, Kerouac, Bukowski, Carver, Pound, Michaux, Julio Huasi,
Perlongher y el extraño “ nosotros/
desde Montevideo observamos...” .
Con ellos, el vino californiano, Sunset Boulevard, la
madrugada y el ardiente sol de los parajes sureños, Cuernavaca, la
caipira y el sabor deseado, Londres, etc. Desde la voracidad
de Dios hasta el calembour
de Joyce, el poema refleja el caleidoscopio del aleph mítico.
En este caso, aleph indescriptible de la indescriptible poesía.
Un desafío poco original si lo pensamos desde la poesía de
Ezra Pound y Jorge Luis Borges, pero ¿qué tiene que ver ese
tipo de originalidad con un poema como éste, que reanuda la
celebración de la palabra poética como una insistencia en
y frente a la
historia?
En este punto, la escritura de Moore ha demostrado otra clase
de preocupación, que ha sido una marca generacional de algunos
poetas que inician sus publicaciones en los años 80 y que se
instalan en los márgenes de la poesía institucionalizada o
emergente. Los mismos escriben con gran independencia de grupos
editoriales y de poéticas epigonales como las neobarrocas, nerrománticas
u objetivistas, conformando cada uno por su lado, esa otra escritura
silenciosa que se muestra más preocupada por resolver históricamente
su relación con las fuentes originarias de la palabra poética, que
por ostentar públicamente originalidad en los temas y las
estrategias. Todo ese proceso fue acompañado con una práctica artística
volcada de lleno a una intensa traducción y relectura de la tradición
literaria y, a su vez, con grandes esfuerzos por salvar el abismo
entre poeta y lector, que venía devorando gran parte de lo escrito
durante décadas, en el círculo de intercambios entre poetas y
amigos. Es así que la escritura con sordina, que o se perdía en
los correos o se enmohecía bajo las sombras de las celebridades
legitimadas por diarios, revistas, críticos y universitarios,
intenta desde los rincones más lejanos abrirse camino con perfomances, publicaciones alternativas, talleres, encuentros,
videopomas, canciones, recitales, cafés literarios, etc. Los años
de la democracia fueron testigo de la polución infinita de esta práctica
artística que en buena medida fue tapizada por el polvo del olvido
o por la gloria de un puñado de consagrados. Y, aunque no faltó la
metapoesía, faltó desde las propias filas reflexionar sobre esa
escritura, ya no desde la teoría literaria sino desde la propia
poesía. Sin embargo,
en todo ello había una gran esperanza en la palabra poética, a
veces, anticuada y “másdelomismo”, a veces, desafiante y
parricida.
Creo oportuno, entonces, detenerme en esta diferenciación
que bien puede hacernos saborear mejor el
brindis de Auden.
II
“La palabra poética
-dice Hans Georg Gadamer en un libro en que relee la poesía de Paul
Celan- se distingue radicalmente de las formas efímeras del lenguaje, que
sirven, por lo demás, de soporte al proceso comunicativo. Lo
peculiar de todas esas formas del lenguaje es el autoolvido en la
palabra misma. Siempre desaparece la palabra en cuanto tal frente a
aquello que evoca...”
Me permito aclarar que no creo que lo anterior deba pasar por
la trillada cuestión de coloquialismo versus puristas del lenguaje,
o peor aún, entre vanguardistas y postmodernos. Ambos debates y
ambas tendencias no son sino reducciones historicistas que exigen
para sí el dominio exclusivo de la escritura de la época y no
logran sino convertir toda novedad y originalidad en pieza de museo,
a poco más de pasados unos años.
La diferencia entre las
formas efímeras del lenguaje y la
palabra poética no siempre son claras a la hora del poema.
Muchas veces ésta se sirve de lo cotidiano y también de lo
informativo y hasta científico. El mismo Gadamer señala que en
nuestra coyuntura histórica la palabra del poeta “tendrá
que tener afinidad con el reportaje, con el tono casual y la extrema
frialdad del lenguaje técnico”, sin que por eso se convierta
en reportaje u otra cosa. Hay un poema de la uruguaya Circe Maia, Las
Palabras, que en la línea de la preocupación de Anna Ajmátova,
dice con gran acierto y belleza: “
A veces se presentan, enemigas./¿Cómo atacar o cómo huir? Aún
este / comenzar a escribir, ahora mismo,/ o la charla común, que
bien podría/ ser entablada entre computadoras:/ a tal pregunta van
tales respuestas/ posibles, y no otras.//
Y sin embargo,/ hay algo más, en los pequeños diálogos/ del
momento. Veloces,/ al vuelo del instante...” O más cercanos a
los de los 80, Raúl Mansilla, expresa “yo no quería descifrar carteles,/ quería que los signos viniesen a
mí/ con sus manos descubiertas”
Y también, desde Francia donde se exilara en los años de la
dictadura, Abel Robino, en el hermoso poema El
Texto y la perla, con que termina su libro Hiel
por Hiel dice: “Lector,/
si este hecho, refiere a algún texto/ aquí, obstinado al
esplendor/ pido un alto en el olvido/ (mácula que nos funda)/ sea
cual fuere la perfección de tu silencio”.
El poeta rescata de su autoolvido la palabra, en el torrente
mismo de la lengua, sirviéndose de la cotidianeidad del lenguaje y
de su improbable capacidad de comunicación. Lo original, por lo
tanto, no es la simple novedad del poema, sino la visita que nos
propone al origen de donde la palabra recobra ese algo
más, en los pequeños diálogos del momento. Los caminos son
innumerables y en todos, parece estar la nostalgia de una comunidad
originaria, de un silencio que contiene y traiciona. La experiencia,
entonces, se desnuda ante la forma de decirla y construye, a su vez,
otra experiencia: la experiencia poética que se repite, insiste,
perdura.
III
Hay ahí, un quiebre o grieta de las formas efímeras del
lenguaje, que permite, en el caso de Esteban Moore, la aparición
con vida de los desaparecidos, representados por Dylan, Vallejo,
Kerouac, Pound, Michaux, Julio Huasi, Perlongher... No es casual que
ya en uno de los primeros poemas de la obra de Moore, podamos leer
observa
quieto...
el féretro
que arderá
en
el reino de la rosa
observa
quieto...
el
silencio de la tierra
ahogando
húmeda el césped
observa
quieto...
haz
de este muerto
una
voz que sobreviva
(encargo para el poeta, de La Noche en Llamas)
Sin embargo, el contrapunto formal de esta observación
desde la quietud se intensifica con su libro de 1987, Con Bogey en Casablanca, donde desde la mitología cinematográfica
y tanguera, vemos acriollarse lo diverso y ajeno“con la entonación propia de un reo del abasto”. La relectura
anglosajona de Borges y de los poetas del 60 así como la traducción
de la beat generation, de los irlandeses, de Pound, de Auden,etc.
exigían una síntesis en su poética. Y esa síntesis parece
haberse forjado principalmente en el oído.
Si, a simple vista, revisamos los libros de poemas de Moore
observaríamos gráficamente un despliegue de medidas y diseños del
verso que manifiestan la búsqueda de una métrica personal, como en
la obra de James Laughlin o en la de William Carlos Williams, tan
apreciadas por el poeta. En cuanto a esto, debemos señalar que la
traducción, como se sabe, es un fenómeno constructivo de la
escritura, en sus múltiples aspectos, aunque, por el momento, el
que más merece nuestra atención no es sino el del fraseo rítmico
que se intenta trasladar al castellano rioplatense desde mundos
musicales como A Coney Island of the Mind de Lawrence Ferlinghetti,
Scattered poems de
Jack Kerouac, White
Shroud de Ginsberg, o City
without Walls de Auden, etc.
Esa experiencia, con las dificultades conocidas, ha
producido, junto con la adhesión a las formas vanguardistas y la
influencia misma de las poéticas norteamericanas, una prosodia
personal, que no deja, sin embargo, de intentar expresar el
habla de la calle y el
lenguaje efímero, con un tono que se resiste a abandonar cierta
resonancia lírica y romántica, en el sentido que le da Hugo
Friederich de “romanticismo
desromantizado”.
Una relectura de sus primeros poemas hasta Partes
Mínimas permite rastrear la fabricación de un ámbito musical
que pudiera hospedar las preocupaciones metafísicas y existenciales
de su experiencia poética. Entre la celebración épica de la patria
sobreviviente en las “pequeñísimas
cosas”, y el tono elegíaco de lo metafísico con que hurga en
las grietas del lenguaje, se eleva finalmente con el
viento que sopla desde el desierto cristalino. Lo mínimo y su
grandeza en el lienzo de la Patagonia desierta, que le sirve de
sustento y soporte, tiene su contrapartida en el diálogo contínuo,
infinito, con una red de citas entrecortadas que sirven de epígrafe
a cada breve poema de Partes Mínimas. Y así como en “ángeles
caídos” se convocaban los testimonios de los poetas
desaparecidos para desembocar en ese brindis augural, acá las citas
que recorren un espectro heterógeneo en la serie literaria de su poética
-desde Paul Celan, John Cage, León Felipe, Rodolfo Alonso, Seamus
Heaney, hasta Góngora y Santa Teresa-, abren, fragmentaria y
contrapuntísticamente, el inusitado diálogo con la palabra poética
universal. Un feliz baile que cruza y une las orillas distantes del
gran río de la poesía, salpicando de pequeños poemas el silencio
patagónico donde el infinito se hace microcóspico en cada detalle
mínimo. Métafora de la propia búsqueda.
La imagen del viento que sopla recorre
todo el cuerpo de esta escritura. Adquiere las resonancias del Logos
velado y revelado, cubierto y descubierto, ausente y presente.
Parecería que Moore sigue las enseñanzas de William Blake
cuando en el primer cuarteto de Augurios de Inocencia, aconsejaba:
“para concebir un mundo en un grano de arena/ y un cielo en una
flor silvestre/ agarra la infinitud en la palma de tu mano/ y la
eternidad en una hora”
O quizás, simplemente, con su romanticismo desromantizado,
siga sin fin buscando decir lo que ya ha encontrado. Mientras tanto
alcemos la copa en su amigable y hermoso brindis de Auden.
Mar del Plata, junio del 2000
©Osvaldo
Picardo es
poeta, traductor y periodista


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