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OPINION -
COLABORACIONES 2001
Thomas
Bernhard
GEOGRAFÍA
DEL FRÍO
POR
©
CRISTINA
SÁNCHEZ-ANDRADE
Es
autora de dos libros Las Lagartijas Huelen a Hierba (Lengua de Trapo
1999) y su más reciente obra Rosas y Bueyes Dormían (Siruela 2001)
Todo esto hace que
en los climas fríos el hombre tenga más conocimiento de la propia
superioridad, menos rencor, menos deseo de venganza, menos doblez,
menos astucias, en fin, más fineza y más franqueza. ( El Espíritu de
las Leyes. Montesquieu )
En cierta ocasión dijo Thomas Bernhard que él no escribía
para zoquetes a los que hubiera que servir todo en bandeja, « ahí
crece la hierba, ahí hay un naranjo con naranjas, y las naranjas
son al principio verdes, luego se vuelven amarillas y por fin se
ponen naranjas » ya que él, cuando escribía, siempre
había tenido la impresión de que « estaba en un lugar que
todo el mundo conocía y que, por tanto, se ahorraba el resto ».
Estas palabras, pronunciadas en el curso de una entrevista
que tuvo lugar en España, son muy significativas para conocer la
filosofía de este autor austriaco. Por un lado, expresan su
voluntad - que no sólo puede ser considerada como estilo literario
sino también estilo de vida- de rentabilizar, de omitir por
completo las cosas que todo el mundo sabe ( « sólo estorban,
carecen de interés. Los procesos interiores,
que nadie ve, son lo único interesante en la literatura »
). Por otro, nos sitúan en un punto de partida. Porque si todo
libro está instalado en un paisaje –dicen que en el paisaje de la
infancia- ese lugar que todo lector de Bernhard reconoce al
adentrarse en sus libros es, sin lugar a dudas, el paisaje del frío.
Helada, El sótano, El frío,
El aliento, En las alturas, son algunos de sus títulos que inmediatamente
nos remiten a esta geografía.
Con
todo, no hablo de paisaje en el sentido estricto del término, de
paisaje como documento aséptico de una realidad determinada, tan
presente en el naturalismo literario austriaco y alemán del siglo
XIX. Hablo del paisaje interior. Del frío como falta de afecto y de
cariño, del frío como « aislamiento, extravío,
solilocuacidad mortal ». Del frío como enfermedad. La
trayectoria literaria de Thomas Bernhard es desde sus comienzos un
claro exponente de la llamada literatura Antiheimat
o antirregional en la que se invierte el motivo de la patria y
el paisaje idílicos, a una naturaleza cruel y destructora que,
desde la intimidad de la conciencia, desde ese frío incubado en la
infancia, conduce indefectiblemente a la aniquilación. Los también
austriacos Sigmund Freud, Arthur Schnitzler o Robert Musil ya habían
abierto brecha en este sentido.
En un intenso y magnífico pasaje de la novela Trastorno
de 1967, el príncipe Sarau, un noble decadente y patético pero
inequívocamente genial, que vive en el gélido castillo de
Hochgobertnitz, dice así: « En el mundo hay caracteres
totalmente distintos que, de forma totalmente independiente entre sí
evolucionan en función de las circunstancias climáticas. De muchos
se puede decir que se han criado en una casa seca; de muchos, que en
una húmeda, una calurosa, una fría.
Se
podría decir de muchos : en casa de sus padres hacía frío ;
de muchos otros : proceden
de un hogar seco (...). Hay filosofías que podrían surgir en
casas secas, pero no en casas húmedas, construcciones intelectuales
que tienen su origen en unas paredes frías. ( ...) Sin embargo, de
nada sirve dejar el edificio que lo aniquilará a uno, salir de
Hochgobernitz, por ejemplo; Hochgobernitz lo rodea a uno donde
quiera que vaya, sea Londres o París, lo aplasta a uno. Marcharse
muy lejos no tiene sentido (...) El frío está dentro de mí, de
modo que da igual a dónde vaya, el frío entra en
mí conmigo. Me congelo de dentro afuera. »
Partiendo de estas palabras, me propongo acercarme a Thomas
Bernhard y a su obra analizando hasta qué punto su filosofía y sus
circunstancias vitales tuvieron origen en « unas paredes frías ».
Hasta qué punto él mismo, consciente de ello, huyó de su patria
buscando la calidez de otros países como Italia y España para
finalmente, poco antes de morir, retornar a Austria.
Cuando a finales de los sesenta, se comienza a indagar sobre
su vida poco se sabía de Thomas Bernhard: « que era un hombre
solitario que no concedía entrevistas ni se dejaba fotografiar, que
vivía recluido en una especie de « granja fortificada »
en un perdido pueblo austriaco, que estaba muy enfermo y que había
tenido una vida atroz », nos dice Miguel Sáenz, su biógrafo
y traductor. En 1990 aparece su primera biografía en Francia. El
comienzo dice así: « Thomas Bernhard. Austriaco. Realiza
estudios de violín y canto, interrumpidos, en su juventud, por la
tuberculosis. Fue musicólogo, actor, cronista judicial, poeta. Y, a
partir de los treinta años, con fervor exclusivo, novelista y
dramaturgo ».
Hoy
los manuales de literatura, además de situarlo entre los escritores
de la « nueva subjetividad » ( esa corriente literaria
de los años 70 que se plasma en textos que aúnan la experiencia
social e individual y a la que también se adscriben los austriacos
Peter Hanke o Elias Canetti ) dicen que fue actor, músico,
articulista, biblitecario, poeta, dramaturgo...
Thomas Bernhard nace un gélido 9 de febrero de 1931 en
Heerlen ( Países Bajos ), una zona minera en donde, debido al
terreno y según él mismo contó, « las casas están torcidas pero
las cortinas cuelgan derechas », ciento doce años después de
que Schopenhauer publicara El
mundo como voluntad y representación, diecinueve años después
de que Trakl diera a conocer su desgarrado poema De
profundis, o veintiún
años antes de que falleciera el noruego
Knut Hamsum, por citar
a alguno de los autores que más tarde le influirían. O, lo que es
más importante, dos años antes de que el Nacionalsocialismo
llegara al poder y siete antes de que Austria fuera anexionada por Alemania.
La madre, Herta Bernhard, al quedar embarazada sin estar
casada, se ve obligada a huir a un convento para « madres caídas »
que es donde da a luz. En Un niño, último de los cinco libros que componen su autobiografía,
Bernhard describe las relaciones con su madre: « Cuando ella
me veía, veía a mi padre, su amante, que la dejó plantada. Veía
en mí con demasiada claridad a quien la destruyó, el mismo rostro
(...) El parecido era asombroso. Mi cara no sólo se parecía a la
cara de mi padre, sino que era la misma cara (...) Yo sentía como es natural su amor por mí, pero
al mismo tiempo siempre también su odio hacia mi padre, que se
interponía en ese amor de mi madre por mí ».
Del padre, Alois Zuckerstätter, poco se sabe salvo que
nunca, a pesar de haber sido obligado por un tribunal a pagar los
alimentos del niño, quiso responsabilizarse de su paternidad. En
1940, muere en circunstancias poco claras. « La policía habló de
una intoxicación por humo » cuenta Bernhard en su novela Extinción. « Yo
creo que fue un accidente : sin duda, Alois estaba borracho y,
fumando, se quedó dormido y se produjo un incendio sin llama. »
Hasta los siete años vive Seekirchen con sus abuelos
maternos sin tener mucho contacto con su madre, subsistiendo a duras
penas con los parcos ingresos de la familia. Su abuelo, Johannes
Freumbichler, un escritor medio anarquista, fue quizá la figura que
más influyó en su vida. Con él disfruta el pequeño Bernhard de
enormes caminatas y él fue el que le introdujo en la filosofía de
Shopenhauer que comenzó a leer a los doce años. « Mi
abuelo era el único de
mis maestros por mí reconocido y, en muchos aspectos, lo sigue
siendo hasta hoy », dice el propio Bernhard en su novela El
frío. Esta falta de afecto y la necesidad de encontrar
respuestas que pudieran aliviarle se reflejaría después: « El
amor es un absurdo y no existe en la Naturaleza » (...),
mis parientes deambulan como muertos y a veces tengo ganas de
llamarlos y gritarles a la cara que dejen de estar muertos »
dice el príncipe Sarau. O, ante la pregunta de la periodista Krista
Fleischmann de si alguna vez le dio rabia el no tener padre:
« nunca lo eché en falta porque nunca estuvo ahí« . O,
su filosofía acerca de los hijos que nunca tuvo: « ...hacer
niños propios significa hacer una desgracia, y, por consiguiente,
hacer un niño propio no es otra cosa que una infamia ».
En 1938 Thomas Bernhard va a vivir con su madre y su tutor a
Traunstein. Allí nace su hermanastro Peter Fabjan que sería más
tarde su médico, y años después, en Berlín (aunque Bernhard no
lo llegaría a saber) otra hermanastra : Hilda Zucherstätter.
Acude a la escuela (aunque los maestros no eran para él más que
« deformadores, destructores, demoledores
«) e, inducido por la familia, ingresa en las Juventudes
Hitlerianas. Pero su personalidad independiente, difícilmente
sometida a disciplina alguna, hace que sea por un periodo corto :
« yo estaba acostumbrado a ser independiente, a estar solo la
mayor parte del tiempo, odiaba el rebaño, detestaba la masa,
los cientos y miles de rugidos que salían de una sola boca. »
De 1942 hasta 1947, aunque con interrupciones, vive
internado. Primero por una estancia breve en un reformatorio en
Saalfeld (Turingia), luego en un centro nacionalsocialista en
Salzburgo y finalmente en el mismo lugar convertido más tarde en
centro católico.
En
El origen, Bernhard cuenta
que los alumnos están sometidos a tal presión psicológica que
muchos no encuentran otra solución que el suicidio. Como es de
suponer, durante estos años alejado de su familia, Bernhard tampoco
recibe mucho cariño. Salzburgo, por otra parte, le parece una
ciudad asfixiante (« su inhumana atmósfera provoca el ahogo y
nada más que el ahogo »).
Ha
comenzado la ineludible experiencia en comunidad, primero con la
escuela y los centros educativos, y mas tarde, a medida que avanza
su enfermedad, con los hospitales. A este respecto es interesante su
opinión vertida en la novela Aliento acerca de estos círculos o comunidades « como un
hospital, una cárcel o un monasterio » que él denomina
« decisivos para la vida y necesarios para la existencia del
artista » y por los que, especialmente el escritor, debía
pasar para tener bien presente donde no volver nunca.
Lo que está claro es que se está fraguando una
personalidad, un estado de ánimo que se debate, tomando la imagen
que ofrece un personaje de uno de sus relatos, entre el frío y la
asfixia : « Mientras que Oehler tiene la costumbre de
llevar el abrigo totalmente cerrado, yo llevo el abrigo totalmente
abierto » (...) Oehler tiene
realmente un miedo continuo a helarse, mientras que yo tengo un
miedo continuo a ahogarme »
Ese miedo continuo a helarse o a ahogarse hace que durante
estos años comience a escribir poesía ( « en aquella época me
había refugiado ya en la escritura (...) y aunque esos poemas no
tuvieran valor lo significaban todo para mí ») .Ahí ya está
reflejada la influencia de Trakl, Valéry, Rilke, Baudelaire, o de
sus amigas poetas Ingeborg Bachmann y Christine Lavant.
En
aquella época también recibe
lecciones de canto y música que más tarde completaría con sus
estudios en el Mozarteum en la especialidad de interpretación y
dirección teatrales. Siempre se ha dicho que la enfermedad –en
1948 Bernhard contrae una pleuresía que más tarde deriva en una
tuberculosis- truncó su carrera musical.
Lo
cierto es que todo nos lleva a pensar que era un cantante más bien
mediocre. Miguel Sáenz aporta en su biografía una anécdota
ilustrativa. Josep Krips, el director del Mozarteum, le concede un día
una audición ( al parecer por mediación de un amigo común ) y,
después de oírlo, le dice que se dedique a carnicero, porque nunca
será cantante. Y cuando la periodista Krista Fleischmann le
recuerda en una entrevista en Madrid que él quería ser cantante,
también parece tenerlo claro : « No, yo quería ser César ».
En cualquier caso, lo que es
cierto es que sus estudios musicales sí dejan una huella clara en
su estilo literario. La escasez de diálogos, esa voz que
incesantemente monologa
con el yo, la repetición y las explicitaciones casi asfixiantes, la frase añadida, el
salto brusco de un tono a otro y las elipsis son recursos literarios
fácilmente asimilables a los musicales. Y El
malogrado, una de sus mejores novelas, se inicia precisamente
con unos párrafos breves que simulan los ajustes de un virtuoso
delante de su instrumento en los momentos previos a la ejecución.
Pero no sólo hay una gran influencia de la música en el estilo
sino también en los contenidos. Este libro cuenta la historia de
tres amigos -el narrador, Wertheimer y el famoso Glenn Gould- que
siguen un curso de virtuosismo pianístico. El genio de Gould, del
que Bernhard hace un superhombre zarathustriano, es tan aplastante
que obliga a los otros dos a renunciar a sus carreras.
Hay un fenómeno curioso que apoya la tesis de que el
frío como falta de afecto acompañó a Bernhard durante toda su
vida. En su literatura
la mujer desempeña siempre un papel secundario hasta el punto de
que, en los pocos casos en que aparece, suelen ser personajes sin
nombre. Tampoco en su vida real tuvo ninguna amante y el único
« ser de su vida » como él la llamaba fue una mujer
treinta y siete años mayor que él, Hedwig Staviancicek, que conoce
en 1950 y que luego se convierte en su mecenas.
Hasta
tal punto es sorprendente esta ausencia de mujeres en la obra y vida
del autor austriaco de que algunos estudiosos hayan sugerido que era
homosexual. A este respecto, Miguel Sáenz es tajante :
« Yo creo que no lo era. Ni tampoco bisexual, si es que se
habla de preferencias. En cuanto a si tuvo alguna relación
homosexual, no podría pronunciarme, pero nada me impide exponer
algunos datos objetivos ».En sus conversaciones con Krista
Fleischmann, con ese sarcasmo e ironía que siempre le
caracterizaron, confiesa lo siguiente : « Las mujeres son
demasiado emocionales (...) su inteligencia, en realidad,
no es más que un sentimiento ».
Pero para conocer realmente ese empeño ironizar, provocar y
escandalizar que, junto al sentimiento de total ruptura con las raíces
y con la patria, le acompañaron durante toda su vida, vayamos al
discurso de agradecimiento que pronuncia con ocasión de un premio
del Estado Austriaco en 1968. « El Estado es una figura
siempre condenada al fracaso, el pueblo otra ininterrumpidamente
condenada a la infamia y a la debilidad mental (...) Somos austríacos,
somos apáticos (...) No tenemos por qué avergonzarnos, pero no somos
ni merecemos más que el caos «. Como es lógico, el ministro
de cultura del momento se siente ofendido y abandona la sala. El público,
arrastrado por la provocación y la euforia, aplaude. Como
consecuencia del incidente, se queda sin otro premio, el Anton
Wildgans de la Industria Austriaca que en realidad se le había
concedido.
Vemos, pues, que durante estos años sigue reiterándose en
la actitud hostil de su niñez y juventud. Se añade a ello el hecho
de que su enfermedad, o más bien sus múltiples dolencias -que
fueron desde una pleuresía, hasta trastornos renales, pasando por
distintos procesos tuberculosos y tumores-, siguen presentes. El
resultado de ello es su literatura más patológica y quiza, también
más desgarrada si cabe : El
aliento, El frío y Hormigón. Aunque una cosa sí le enseña la
enfermedad: el propio
enfermo es quién debe tomar la iniciativa de su propia curación ya
que «el alma y la inteligencia dominan el cuerpo ».
A partir de 1978, año en el que se publica El
imitador de voces y
Sí, aconsejado por los médicos,
comienza Bernhard a buscar la calidez del clima de países como
Italia, España y Portugal. En ese mismo año, se publica su primera
novela en España. Y a este respecto, la historia de cómo llego
Thomas Bernhard a nuestro país es muy interesante.
Un
joven Javier Marías, que por entonces formaba parte del consejo
asesor de Alfaguara, después de haber sido deslumbrado por la
lectura de una traducción al francés de la novela Trastorno,
presenta el libro para su publicación. Pero la primera lectura
que se hace desde la editorial es desoladora. Se le tacha de autor
decadente, enfermizo, reaccionario, nihilista, aristocratizante y
pesimista. Ante la insistencia de Javier Marías, se hace una
segunda lectura. El encargado de hacerla es Miguel Sáenz que por
entonces no conoce al autor. Su dictámen fue determinante. El libro
merecía realmente la pena y debía ser publicado. A pesar de la
opinión negativa de Bernhard sobre las traducciones en general (« todo
libro traducido es como un cadáver destrozado por un coche hasta
resultar irreconocible »), el libro se traduce al español. El
propio Sáenz se encargaría de hacerlo. Por cierto que, como con
libros posteriores, impecablemente.
Comienza, como hemos dicho, la huída. Huída hacia la
calidez que siempre le faltó, con viajes a Creta, Mallorca, Madrid,
Lisboa, Sintra, Oporto y las islas Madera. « Tengo frío »,
dice el príncipe Sarau casi al final del libro Trastorno,
« y mis hermanas me traen un sobretodo. Repito que tengo
frío y me traen un abrigo ; y digo nuevamente que tengo frío
y me traen las botas y el gorro de piel, y entonces empiezo a
desvestirme y a sentirme bien : estoy salvado, pienso, ya no
tengo frío ; estoy totalmente desnudo, ya no tengo frío y eso
les intranquiliza «
¿ Por qué escogió Bernhard estos lugares para pasar
la última etapa de su vida ? ¿ Por qué escogió Bernhard Mallorca
para su entrevista con Krista Fleischmann ? El dió dos
explicaciones : « porque la isla está llena de ancianos
y enfermos « y
« porque siempre hay que ir donde haya contraste con
lo de uno ».
Definitivamente,
aunque la primera esté más a tono con su sarcasmo, nos quedamos
con la segunda. El 18 de diciembre de 1988, Bernhard inicia su último
viaje a España si bien, según cuenta Vicente Molina Foix, ya se le
había visto mucho por Mallorca leyendo El País y oliendo a perfume
catalán...En esta ocasión acaba de tener un ataque cardíaco y,
una vez más, busca las costas españolas para reponerse.
Quiere
un hotel donde los periodistas lo dejen tranquilo y elige La
Barracuda de Torremolinos. Nadie, ni él mismo, sospecha la gravedad
de su estado. Menos de dos meses después, su salud se agrava
y su hermano, el doctor Fabjan, tiene que trasladarse a
Torremolinos, porque es dudoso que Bernhard pueda regresar solo a
Austria. Muere el 12 de febrero de ese mismo año, perfectamente
consciente de que volvía a su patria para ello ( « volver
a casa significa morir » ).
Es curioso que durante bastante tiempo, por voluntad propia,
la tumba de Thomas Bernhard estuviera sin inscripción alguna.
« Uno no sabe nunca quién es », diría él en
cierta ocasión. Pero « quién es y qué es se lo dicen los
otros, ¿ no ? Y como, si vive lo suficiente, se lo dicen
millones de veces, acaba por no saber en absoluto quién es. Cada
uno dice algo distinto. Y uno mismo dice también, a cada momento,
algo distinto ».
©CRISTINA
SÁNCHEZ -ANDRADE es autora de dos libros Las Lagartijas Huelen a
Hierba (Lengua de Trapo1999) y su más reciente obra Rosas y Bueyes Dormían
(Siruela 2001)


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