Literatura y Viaje
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DE
MADRID A TOMBUCTÚ
©Rodolfo
Franco (Brújula) 2003 Viajar
con los pies, con las palabras. Dejar huellas en la arena de una playa de
Sulawesi o en un papel con el que liaremos el cigarro de la memoria. Para unos, el viaje se desarrolla en un metro cuadrado; para otros, no
conoce fronteras o atraviesa todas las fronteras. Pilar
Adón, Jesús
Alonso,
Sonia Antón, Cristina
Aparicio, Miguel Baquero, Cristina
Cerrada ,Antonio Cordero, Gonzalo
Cordero, Leopoldo Díaz Mayoral, Benjamín
Escalonilla, Rodrigo
Eduardo Galarza, Miguel Angel Gara, Diego
Martín Merino,
Enrique
Mercado, Antonio Paniagua, Ana Pérez
Cañamares, Beatriz Pérez-Moreno,
Alfonso Ruiz de
Aguirre y Marta Santos siguen
caminos nunca hollados hasta ahora. Tras su regreso, se reúnen en torno a la
hoguera de este especial para contarse y contarnos sus historias
extraordinarias.
Con
una colaboración de diseñador gráfico Rodolfo Franco. Todos
los relatos inéditos para Literaturas.com El experimentado expedicionario permanece sentado en
las escaleras que dan al camino que llevará al bosque, mientras le dice a su
joven amigo recién llegado de Londres: -Si presionas el dedo pulgar contra el pecho de un muñeco, puedes sentir los latidos del corazón y llegar a pensar que aquello que sostienes entre tus manos es en realidad un ser vivo. Pero se trata tan sólo de un engaño. De una falsa sensación de vida, porque el latido es el de tu propio corazón y el muñeco, por mucho que te mire con sus ojitos brillantes y negros, jamás podrá verte. –El experimentado expedicionario mira a su joven amigo, y añade con una sonrisa no muy amplia–: Pues bien. Ése es el engaño al que se somete voluntariamente el viajero. Su desafío a su propia sensatez. Creer que todo lo inanimado que le rodea está dotado de vida. Un barco, estas botas, aquel rifle… Creer que incluso la espesura advierte su presencia y se apiada de él. De otra forma no podrá continuar y se refugiará entre las protectoras paredes de su cálido hogar, espeluznado ante la insalvable soledad del viajero. © PILAR ADÓN Tuve muchas, muchas pesadillas. Fui al baño y al mirarme en el espejo descubrí que tenía la barba afilada, la cara muy larga y la mano derecha pegada al pecho. Con la izquierda hice como pude mis maletas y decidí no volver a dormir nunca más en la pensión El Greco.
©JESÚS ALONSO.
“Encontrar esta nota dentro de tu consigna, donde hace apenas unos minutos acabas de dejar tu maleta roja, imagino que te sorprenderá. No me conoces, o quizá sí, no sé, ahora lo dudo. Te llamas Carmen. Hemos venido en el mismo avión, yo me sentaba casi a tu lado. No te has dado cuenta, claro. En fin, se podría decir que siempre me he sentado a tu lado. En el autobús que nos llevaba al colegio, después, en el de la facultad, e incluso, en algunas asignaturas que teníamos comunes. También hemos coincidido en Ankara, en una tetería, y en Atenas, en el aeropuerto. Siempre muy cerca, justo detrás. Pero, visto lo visto, a la distancia de dos países en las antípodas. Sólo sé tu nombre, por lo de las clases, ya sabes. No pretendo nada, sólo que me hacen gracia estas coincidencias, sólo eso. Hasta pronto. Estoy seguro”. Introdujo la nota en la consigna y después su bolsa en otra cercana. A las horas volvió a por ella. Allí estaba Carmen concentrada, leyendo la nota. Ernesto cogió la bolsa y se marchó pasando junto a ella.
Salió
del compartimento a fumar un cigarrillo. Desde hacía varios meses, aquel se
había convertido en su momento preferido: cuando, en lo más cerrado de la
noche, eludía las piernas estiradas, rígidas, del viajero del extremo y salía
al estrecho pasillo del tren, solitario e iluminado apenas por las luces de
emergencia. Le gustaba ver pasar, mecido por el traqueteo, tras la ventana la
extensa y oscura mole de los campos, en la que apenas si se distinguía, a lo
lejos, la figura de una montaña, de un cerro, o, más cercana, la forma de
un almiar. Le gustaba ver cómo cruzaba el tren, sin detenerse, más rápido
incluso, frente a apeaderos dormidos en los que la luz de cuatro farolas
dispersas brillaba amarilla y triste, confundida con el reflejo de la llama
del mechero en el cristal; cómo el ritmo monocorde de las ruedas y el ulular
del aire de pronto se rasgaba, se hacía más grave, el paisaje se espesaba
por completo, y era que estaban atravesando un túnel…
Le pareció oír un ruido en el interior del
compartimento. Se asomó con cautela. Todo seguía como cuando salió: los
ocupantes callados e inmóviles, vencida la cabeza sobre el hombro de su
compañero, y el último de ellos apoyada contra el cristal; igual que fichas
de dominó que se hubieran ido volcando sucesivamente. Se mojó el índice con saliva y lo pasó por la punta de su botín, donde creía haber visto una pequeña mancha de sangre. © MIGUEL BAQUERO
Tras la última curva lo vimos. Mi madre viajaba a mi lado en el asiento trasero. A mi padre le corrían por el cogote gruesas gotas de sudor. Detuvo el coche junto al único árbol del camino, un pino enclenque con las raíces como dedos agarrándose penosamente al terraplén. Mi padre me tomó en sus brazos y se acercó. Yo me apretaba contra él mientras oía a las gaviotas sobre nuestras cabezas, volando alto y luego dejándose caer al vacío. Me asomé. Todavía no había amanecido del todo y el mar, allá abajo, era tan grande y estaba tan quieto que parecía un inmenso campo de maíz. © CRISTINA CERRADA
Un gol y una tarde de barrio. Me fascina el
movimiento marino de la red cuando recibe el balón. Cierto es que algo más
lo disfruto si es en la portería contraria donde termina, pero no puedo
negar la belleza cuando le zumban esos cabrones. Se diluye la brea de la vida cuando el balón se pone
en marcha, el El partido se ha acabado y mi cuerpo de alfeñique
agotado se derrumba sobre la hamaca.
La luna avanza rasgando la gasa de nubes altas. Una salamanquesa
recorre despacio los escondrijos de las macetas. Sobre ella revolotea un
murciélago . Hoy no quisiera estar en Tombuctú. © GONZALO CORDERO Atardece una cultura lejana y oblicua. Soy el aroma húmedo que transpiran las lajas, la luz que se filtra por las costillas de la selva. Estoy donde no estoy, más allá del Sur, seguro como la espuma del río. Mi alma viaja a través de la cerbatana. © LEOPOLDO DÍAZ MAYORAL (Abril
2002) Lishboa
de mis cojones te
voy a merendar como si fueses caldeirada y
a beber como la cerveza sagres que llevamos en el coche.
4 colegas, música sin compasión ni perdón, noches hasta altas
horas de la madrugada, en el mirador del barrio alto.
©
BENJAMÍN ESCALONILLA
Estando en su habitación, sintió una inmensa necesidad de mirarse al
espejo.
Antes de terminar mi sinfonía ya estaba abucheando. Era un hombre
Viajé a otro continente donde esperaba no volver a escuchar jamás
sus alaridos. En el concierto, al aproximarme a los últimos compases, con
terror entreví que ese día iba a estar allí también. Después de un
minuto dejé de tener miedo, me abandonó el odio; ¿era un encendido aplauso
lo que se percibía bajo la barahúnda de bramidos de mi terco censor? Al
abrir el periódico al día siguiente ya me imaginaba la reseña del crítico:
“La
propuesta del barítono desde el auditorio es el complemento de una sinfonía
que de otro modo sería de todo punto incompleta”
Una tarde fría de un otoño adolescente, víspera del día de Todos los Santos, y mientras papá dormía plácidamente la siesta, sentados alrededor de una mesa y después de una larga discusión, mi hermano menor, Fredo, y yo, con la bendición de mamá, cuya elección entre el amor conyugal y el amor maternal le supuso el mayor esfuerzo de su vida, decidimos adelantar la hora de la muerte de papá, un honrado ciudadano propietario de una tienda de barrio que mamá y nosotros atendíamos con la rectitud, diligencia y esfuerzo de un esclavo, los doce meses del año, mientras él dedicaba su tiempo y sudor a ejercer de director de márketing del negocio, lo cual le obligaba a pasar gran parte de la jornada laboral en el bar, en reuniones con los amigos o leyendo prensa especializada. Con la muerte de papá, víctima de un aparente suicidio, y la posterior venta de la tienda, mamá consiguió realizar el sueño de su vida: veranear. ©DIEGO MARTÍN MERINO
Paisaje
acorazado. STOP. La expiración de chimeneas esteparias. STOP. Pasado de
revoluciones y Urales. STOP. No se detiene el transiberiano.
Fustigó al caballo y tiró de las riendas para
enderezar el camino que tomaba el animal. Lo encabritó sin necesidad, a
sabiendas de que la montura se hallaba exhausta. En un mes Víktor Illariónovich
había reventado veintisiete caballos. Atrás quedaban torbellinos de polvo,
cabalgadas por riscos, tierras yermas, huertos feraces, amaneceres de
escarcha, tormentas de granizo y ríos desbordados. Al alba se despertaba con
sobresalto después de horas galopando con la cara hundida entre las crines.
Todo su afán se reducía a llegar al bosque lejano donde sabía que habían
acampado los partisanos bolcheviques. Aunque
el camino se iba haciendo más angosto y aumentaba el número de personas
harapientas que encontraba a su paso, comerciantes y artesanos que huían del
hambre de la ciudad, picó espuelas. Por fin oyó un tiroteo que provenía de
la torre de un fortín y hacia allá se dirigió. Cuando se disponía a
desmontar, con un pie en el
estribo y otro en el aire, cayó de bruces, atravesado el pecho por dos
balas. Los abetos comenzaron a parpadear. El niño pulsó de nuevo el
“play” para jugar otra partida. Recorrer las calles de mi ciudad como si fueran las
de una ciudad © ANA PÉREZ CAÑAMARES
Cayó del armario una camisetita que no recordaba, pero cuyo olor me
hizo revivir una sensación antigua. Un verano, la playa, la arena, el calor.
Lo eché de menos y me extrañó no haberlo añorado antes. Probablemente había
sido el mejor verano de mi vida. Mi hermana me la arrebató. "Ah, ésta
era mía", dijo "ya me acuerdo de ella, creo que fueron las mejores
vacaciones de mi vida". © BEATRIZ PÉREZ-MORENO Le cambié el aceite, me monté. Arranqué el monovolumen y conduje por los tres pisos de mi chalé adosado. Mi mujer, pegada a la ventanilla, hizo fotos.
Sumario Literatura y Viaje
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