La Alberca

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© José Ángel Barrueco 

Lo primero que sorprende al visitante cuando vislumbra los alrededores del pueblo es la escasa afinidad de sus calles, plazas y hogares con cualquier idea que pueda asociarse a la palabra progreso. Desde la distancia, La Alberca (España) remite a un poblado que no ha sufrido los trastornos implacables del tiempo, sumido en una antigüedad de siglos sin que la mano pecaminosa del hombre altere su estructura. Esta sensación de paraíso perdido es reforzada cuando uno pone sus pies en el entramado sugerente de sus callejuelas y se maravilla con un ocaso que baña las casas con una capa de irrealidad. Pero antes de que la noche oculte los tejados con su manto, el viajero habrá embriagado su paladar y sus pulmones con las delicias que le aguardan en su periplo por esta reliquia anclada en la Edad Media.

Situada a los pies de la Peña de Francia, al sur de Salamanca, es uno de los pueblos con mayor afluencia de turismo, hasta el punto de que este es uno de los pilares sobre los que se sustenta su economía. Declarado Conjunto Histórico-Artístico en el año de 1940 por sus características urbanas, siglos atrás perteneció a la Orden de Santiago (uno de cuyos miembros fue el maestro de Quevedo), hasta pasar a las manos del duque de Alba. Perteneciente a la región conocida como Las Batuecas, cuyo nombre deriva de baturro, que viene a significar agreste, rústico, arrastra, junto al resto de poblados y valles, una serie de leyendas que acrecientan su interés, y que maravillaron a autores del calibre de Lope de Vega o don Miguel de Unamuno. Este territorio fue propicio para ladrones y fugitivos que buscaban el anonimato entre lo escarpado y desconocido de sus laderas, hasta la llegada de la Guardia Civil en 1923, para, entre otras razones, impedir que fuera el refugio imprescindible de bandidos y rateros.

El visitante se ve transportado muchos años atrás cuando recorre el laberinto de sus callejuelas angostas, sembradas de guijarros, muchas de ellas inclinadas en su desembocadura hacia la Plaza Mayor. Las viviendas que las adornan, apretadas entre sí y no más altas de dos o tres pisos, son férreas construcciones en las que predominan la piedra y la madera, con sus ancianos sentados a las puertas, y una mirada en los ojos que contiene toda la memoria de la comarca y la historia de sus antepasados. La mayoría de sus muros no contemplan la ceremonia de bautizar con una placa los nombres asignados a las arterias que la constituyen (o se ocultan ante el despistado turista), antes bien, uno descubre absorto los enigmáticos números, pintados con brocha, como si el sistema numérico fuese el único medio para distinguir un camino de otro.

La Alberca, aunque se sostiene también con la apicultura, el cultivo de patatas, cereales y remolacha, obtiene su gran fuente de ingresos de la chacinería. Así, casi todas sus tiendas ofrecen un aroma mixto a embutido que es de imaginar que las grietas de sus fachadas lo tengan asimilado como una capa invisible y deliciosa; aquí y allá se apilan los atados de lomo, de chorizo, los quesos blancos que son un regalo para la vista, el farinato y las morcillas. Y, predominando entre todos, las patas de jamón de bellota, las patas de Guijuelo que se agolpan en cada establecimiento. Junto a otras maravillas culinarias, y precedidos de innumerables souvenirs, cuelgan los jamones serranos del techo como lámparas de carne y hueso que transforman cada comercio con su urdimbre insólita y de mercaduría. Junto al olor que desprenden estas piernas curadas al humo, al forastero le llegan los primeros síntomas de que la civilización trata de encontrar un resquicio invasor: y lo hace en forma de camisetas de dibujos animados y de ídolos del rock, de postales, de recuerdos de las montañas, de fotografías de la estrella de moda, que le restan una pizca de encanto a la vejez de sus callejas.

En uno de los rincones, cercano a la Plaza Mayor, e invadido por el tráfago de turistas con cámara al hombro y la cartera dispuesta a vaciarse en la adquisición de viandas típicas, se encuentra una estrecha escalera de piedra, anexa a la pared de una iglesia. Al poner el pie en el último peldaño, la vista queda a la altura de tres oquedades labradas en la roca; en su interior, y protegidas del acoso de los extraños y vándalos, descansan tres calaveras que un día formaron parte de los ciudadanos de la localidad. Una cruz y una vieja leyenda dan fe de que, todas las noches del año, una mujer, con una palmatoria en la mano, recorre las calles sin descanso, y, durante su peregrinación nocturna, alza plegarias en recuerdo de los muertos de La Alberca.

Otra de las peculiaridades de esta zona, que cuenta con una población de cerca de 1.137 habitantes, es la imaginería religiosa que la invade. En las afueras, en las calzadas, o frente al Ayuntamiento, puede admirarse una gran cantidad de cruces de granito que fortalecen esa atmósfera de la Edad Media que late en cada uno de sus recodos. Esa simbología cristiana remite inmediatamente a la Orden de Santiago, y en la Plaza Mayor no falta este requisito. Rodeando a este crucero, se observan las hermosas construcciones de madera y adobe que, durante las fiestas, son el mayor punto de concentración de forasteros y aldeanos.

La gente de los alrededores es amable y servicial, como lo demuestra un vecino que pasea, a la caída de la noche, por los caminos de las inmediaciones, por esas vías que acompañan a las pequeñas fincas y sus cultivos. El individuo en cuestión, favorecido por las sombras de la oscuridad y el deambular de perros, gatos y otros animales noctámbulos, se presenta ante el desconocido como el señor Navarro, y afirma, con el desparpajo obtenido con los años, las manos resecas por toda una vida sometida a trabajos ingratos y el rostro esculpido a golpe de cincel y polvo de los senderos, que él es un hombre hospitalario y honesto al que gusta de informar y favorecer al viajero. Calza una boina a la que se contrapone un traje de chaqueta sin una sola arruga, y asegura que es conocido en todo el pueblo, y que sus zapatos han recorrido gran parte de Europa, y sus ojos se han enriquecido con los dones que aportan la experiencia y el mucho viajar a la deriva por las tierras de España o Francia. El hombre de mundo se despide con un apretón que reconforta, pero el perro meloso que le seguía, y que parece provenir de un caserón cercano, aproxima su cabeza para que el turista la acaricie. En La Alberca, parece decir, nadie es hostil.

Pero es durante la temporada veraniega de fiestas cuando el pueblo agrupa mayor cantidad de excursionistas. Las estrechas callejuelas ven invadidas sus piedras con el terco caminar de gentes naturales de Salamanca, de Madrid o de Zamora. Los puestos consagrados a la venta de miel pura, turrón en grandes bloques y obleas, se aglomeran en las esquinas, y la llegada a la Plaza Mayor, cuando la noche ha cerrado sobre sus habitantes, sorprende por la muchedumbre jovial que danza a los compases de una orquesta enfervorizada por el calor de su público. A una señal del solista, todos aquellos dispuestos a moverse al ritmo que marcan sus instrumentos siguen idénticos pasos de baile, tal que si se tratase de una coreografía improvisada pero que entusiasma por el fervor y la alegría con que la Plaza entera se la toma. Al mismo tiempo, los bares de moda convocan a una juventud dispuesta a ver el amanecer en los brazos de Baco, hasta que el alba traiga consigo un pequeño encierro de cabestros y toros.

 En estas noches todo el mundo es cortés y confiesa al visitante sus lugares de origen, y mientras los niños y los mayores bailan al compás de la orquesta, los jóvenes se sientan en las aceras, en los escalones que preceden a los portales, en cualquier lugar en donde puedan descansar, durante unos minutos, del trasiego nocturno. Pero es en los tramos sin tabernas y cafeterías en las que uno siente el pálpito de La Alberca; y es cuando el clamor festivo se convierte en una música lejana que difiere de estas zonas que nadie frecuenta, en las que puede olfatearse la piedra, la antigüedad de sus casas, y donde el visitante parece haber sido transportado a una villa en la que, al volver de una esquina, no le sorprendería encontrarse con un caballero sobre su montura, o a un hidalgo con ansias de respirar luna.

La mañana contempla las carreras de los mozos y los más experimentados delante de varios morlacos, en un corto trayecto que culmina en el armazón de madera recién instalado en la Plaza Mayor, donde la multitud trasnochadora insiste en alargar la jarana. Los vendedores ambulantes tampoco han abandonado sus puestos, obligados a una vigilia que quizá sea compensada por el comercio con los turistas.

Cuando uno abandona la localidad, atrás queda la iglesia parroquial que data del siglo XVIII, con su Cristo del Sudor tallado en madera, quedan los bosques frondosos que la rodean, y uno regresa a ese paisaje cautivador, el de los valles de Las Batuecas, donde una fábula cuenta que fueron poblados por una tribu de salvajes, en los albores del XVI, que desconocían la periferia y su mundo de ciudadanos, leyes y progreso. Al fondo se recorta la Peña de Francia, con una altitud de 1.723 metros, lugar imprescindible para visitar, y en la que está construido el santuario dedicado a la Virgen de la Peña. En el mismo, un guía reconstruye un hecho histórico, según el cual, en el siglo XV, un caballero francés conocido como Simón Roland encontró la imagen de la santa y la consagró edificando una pequeña capilla. Junto a la iglesia, se encuentran el convento y la hospedería, y no falta el inevitable Pozo de los Deseos, con el fondo colmado de monedas brillantes. El mirador de Santo Domingo y los balcones del Fraile y Santiago, además, permiten obtener excelentes vistas de la belleza del paisaje. El sosiego que proporcionan, sin embargo, es roto por la invasión de excursionistas con la cámara de fotos y su cháchara interminable.

El visitante, entonces, abandona las leyendas y los mitos, deja atrás los impresionantes precipicios, los riscos y el atractivo de los valles, y toda la vegetación que es el distintivo de la magia que desprenden Las Batuecas, y en su recuerdo persisten, como una huella indeleble, los aires medievales de ese pueblo fantástico sobre el que se agolpan tantas fábulas.           

 

© José Ángel Barrueco 

Sumario Literatura y Viaje