Capitulo de Birmania por ©Jesús Aller 

 

“Asia, luz y Laberinto”

 

         © Fotografía Jesús Aller

 Me contaba su experiencia en un inglés rudimentario, pero luminoso: “No, yo no nací monje”. Aquel joven de modales correctos tenía a veces la mirada de un sabio; otras, su alma naufragaba en una sonrisa sin detalles, sin precio. Lo encontramos en una aldea cerca de Yangón, viviendo con otros monjes en un chamizo con pretensiones de monasterio. “Era un niño normal. Demasiado travieso a juicio de la hermana mayor que me cuidaba. Mis padres murieron cuando yo era muy pequeño”. Quise saber qué experiencia había torcido el curso de su vida, le había llevado a dedicarla a la atención de los pobres, de los más enfermos. “Sí. Desde muy pequeño me inquietaba la multiplicidad de los seres, la oculta armonía del cosmos. Llegó a hacérseme insoportable no entender, llevar una existencia perdida en rutinas como espuma en el rostro de un mar profundo. Una tarde me senté en postura de meditación, y prometí que no me levantaría hasta haber resuelto el enigma, hasta haber descifrado el abigarrado e implacable latido del mundo. Las nubes del monzón viajaban hacia el norte preñadas de lluvia, los arrozales reflejaban la dorada tramoya del ocaso. Pensé entonces que sería una noche fría, y fue en aquel momento cuando ocurrió. Tuve el convencimiento de que frío y calor, dolor y gozo, éxtasis y miseria eran igualmente ajenos a la esencia profunda que buscaba, igualmente engañosos. Supe que debía mirarlos condescendiente y apartarlos a un lado si quería llegar a lo profundo. No era muy complicado. Todos los seres se aprestaban al ritual subterráneo de la noche. Leí en su corazón como en un libro abierto. La misma angustia, el mismo miedo, la misma secreta esperanza me hablaba en cada uno. Comprendí que su alma y la mía eran sólo un espejo vacío que reflejaba ecos en la noche”.

 

 

© Fotografía Jesús Aller

           Nacido y criado en esta arrogante península de Asia que llamamos Europa, temprano descubrí, sin embargo, que cuando buceamos en busca de los hilos profundos que gobiernan la Historia, o si queremos seguir el rastro a las intuiciones fundamentales que nos han enseñado a ver el mundo, no tenemos más remedio que volvernos hacia ese Oriente de donde nos llega todavía el sol cada mañana. Y ahí esta para probarlo la imagen imborrable del  Buda rebelándose contra los brahmanes y poniendo en marcha un mensaje liberador cuya solidez intelectual aún resplandece hoy día. Y ahí está también el orgullo blasfemo de los filósofos jónicos que se atrevieron a pensar por sí mismos y poner las bases del estudio racional de la naturaleza. En Asia se encendieron unas lámparas que todavía nos alumbran. Y el atractivo de estas tempranas muestras de osadía, de las que no sé si es mayor la de los pensadores griegos o la del príncipe indio, es especial en una época como la nuestra en que todas las ideas parecen derrumbarse a nuestro alrededor.

          Este libro es la crónica de un intento de buscar con los ojos y con el corazón los lugares donde echaron a andar algunas de las viejas ideas que más nos enorgullece llevar en la mochila: el culto a la razón, la compasión por todos los seres vivos. El mismo entusiasmo que nos hizo acopiar, desde muy jóvenes, páginas y sueños, nos lleva desde 1995 a peregrinar incansables, siempre que podemos, por los caminos y los aeropuertos de Asia. Y en esta búsqueda, Asia nos ha seducido con mil voces y mil imágenes que han sabido desvelarnos lo más viejo de nosotros mismos, lo más valioso también. Un viaje de trabajo a Rusia en 1995 es el arranque del libro. Siguen otros por Oriente Próximo (Jordania, Siria y Líbano en un capítulo, y Turquía en otro), India, Nepal, Tíbet, Birmania, Singapur, Camboya y China.

           Completa el libro una sección que pone en orden las deslavazadas alusiones que se hacen a lo largo del texto con una breve síntesis de los principios del budismo y el vedanta. Cuando esta recapitulación ya estaba escrita, casualmente, una vieja idea que me rondaba y se resistía a tomar forma desde hacía meses, se materializó al fin en lo que resultó ser una especie de imitación de un sutra budista. Todo él fue escrito de corrido en un par de horas un día por la mañana nada más despertar. Dándole vueltas después, pensé que podía ser un buen remate para el libro. De todas formas, considero que la lectura de este capítulo final de reflexiones budistas puede alternarse con la de los restantes.

El viajero se dispone a partir. Un largo camino lo aguarda. De las verdes y suaves montañas rusas al árido roquedo del Turquestán, de los desiertos de Siria a la selva que drena el Mekong. Y verá a los hombres construir sus vidas en cada lugar, encender sus hogares, elevar incienso a sus dioses que construyeron el mundo. Deseémosle un feliz viaje. Tal vez traiga de allá una mirada nueva. No dilatemos la partida.

 

 

© Fotografía Jesús Aller

 Yangón

La capital de Birmania es una vieja ciudad colonial extensa y desteñida, abandonada al desmadre vegetal del trópico, a árboles y hierbajos que crecen irreverentes sobre añosos edificios del Imperio Británico. No deja de llover mientras recorremos las calles ruidosas llenas de bicicletas, vendedores callejeros, confusión y sonrisas. Tampoco es raro encontrar monjes que caminan descalzos con una gran vasija, mendigando su comida. Los hombres visten una especie de falda llamada longi, y las mujeres llevan las mejillas decoradas con thanaka, una pasta hecha de madera aromática. Proclives a toda suerte de complicidades, preguntamos si se nos permitirá usar este adorno. La respuesta es tajante: “sólo mujeres y niños”. Bueno, por lo menos nos dejarán ponernos la falda.

Shwedagón es el stupa más grande y hermoso del mundo, y es también el símbolo inconfundible de Yangón. Elevado sobre una pequeña colina, su destello dorado es visible desde muchos rincones de la capital. Pasear descalzo sobre el pavimento de mármol que rodea la gigantesca mole recubierta de oro es una experiencia inolvidable. La pagoda Sule y muchas otras diseminadas por toda la ciudad, repiten el modelo a menor escala. Junto a una de ellas, se nos acercó un hombre que portaba una enorme jaula llena de pájaros. El griterío de las avezuelas, la mayor parte gorriones, era indescriptible. Los capturan para que la gente pague por liberarlos junto a los lugares sagrados. Por el equivalente de cien pesetas, media docena de ellos fueron devueltos a su hogar en las altas esquinas del éter. Nunca olvidaré el debatirse ansioso de sus cuerpecillos entre mis manos.

 

© Fotografía Jesús Aller

 Desde la colina de Mandalay

Anochece. Contemplamos desde la colina el extenso valle inundado. Las aguas reflejan los tonos dorados del crepúsculo. A nuestros pies también, la ciudad de nombre de ensueño, Mandalay. El amplio cuadrado del estanque que rodea el palacio se distingue claramente, también edificios, avenidas rectas, pagodas. Hacia el norte, campos inundados donde madura el arroz, y el desbordado Irrawaddy en su máxima extensión anual. Del gran lago dorado asoman árboles como trazos negros, letras de un poema incomprensible de belleza infinita.

            Hay un placer profundo en dejar vagar el teleobjetivo por este mar en llamas, y apretar, y apretar, y apretar el disparador de la cámara, sabiendo que de algún modo eternizamos este instante, capturamos la belleza que se pierde sin remedio en el corazón de la noche.

 

© Fotografía Jesús Aller

            Mandalay, moderna ciudad envejecida, rectas avenidas por donde avanzan enjambres de bicicletas. Gentes sonrientes; hindúes y musulmanes también. El Mahamuni, un buda antiquísimo cuya parte inferior se ha convertido en una masa informe por los trocitos de pan de oro que todo el mundo le pega; nosotros no quisimos ser menos, y nos acercamos respetuosos; un militar que vigilaba la escena nos sugirió, señalando una bandeja con dinero, la conveniencia de dejar también alguna ofrenda más consistente; la multitud llenaba los pasillos que llegan a la imagen desde los cuatro puntos cardinales; rezaban fervorosos, cuidadosamente sentados en el suelo de forma que las plantas de los pies nunca se dirigieran hacia la imagen. Mandalay, un lago delicioso que cruzamos en barca. Un monasterio con una biblioteca de escrituras budistas que olía a naftalina, y otro donde largas filas de monjes se acercaban al refectorio. Mandalay, un tosco taller donde trabajan en la penumbra cuatro princesas birmanas, cuatro doncellas sonrientes que cortan con cuidado los cuadrados de pan de oro con los que los mortales nos acercamos a honrar las imágenes del señor Buda. Por 150 kyats diarios (unas 75 pesetas) y una comida, y sin ningún derecho laboral, las muchachas trabajan sonrientes nueve horas diarias aguzando sus ojos en la penumbra.  

 

© Fotografía Jesús Aller

Bagán

En el aire todavía, nos saluda el primer resplandor de Bagán. Volamos a baja altura sobre el río de aguas terrosas, y en un momento surge el acantilado de la orilla, y aterrizamos en una sabana tropical donde una gran pagoda dorada refleja el sol de la mañana.

Tras dejar el equipaje en el hotel, comienza la visita. Hay pagodas por todas partes, de todos los tamaños y formas, aunque predominan plantas con una cruz griega superpuesta a un cuadrado, y volúmenes piramidales rematados por shíkharas o stupas. La cubierta original de estuco habitualmente se ha perdido, y la estructura de ladrillos aparece al descubierto. Estas pagodas fueron construidas durante el reino de Bagán, entre los siglos XI y XIII, y son santuarios budistas que custodian imágenes doradas del Buda y, en ocasiones, deliciosas pinturas.

Pasan las horas, y no acaba uno de comprender por qué propios y extraños aseguran que este es uno de los emplazamientos arqueológicos esenciales del sudeste de Asia. Tal vez influye en nuestro desconcierto el madrugón que arrastramos, o que el calor es agobiante y el sol fulgura en el cielo, o que los ladrillos abrasan los pies que nos obligan a desnudar para poder pisar el suelo sagrado de las pagodas.

            El día transcurre agotador de pagoda en pagoda. No hay dos iguales. Sus nombres impronunciables combinan donosamente las treinta y dos consonantes del alfabeto birmano. Shwezigón es el gran stupa recubierto de oro que veíamos al aterrizar; Ananda, la más graciosa, muestra una suave ascensión hacia un radiante shíkhara dorado; Dhamma-yan-gyi es una enorme y misteriosa pirámide egipcia con cuatro pórticos; en That-byin-nyu domina un impulso vertical con volúmenes cúbicos superpuestos.

            Ha pasado el día y no hemos resuelto la ecuación que plantea Bagán con su delirante acumulación de pagodas. Estamos cansados y el atardecer invita a buscar un sitio elevado desde donde contemplar el conjunto. Con este fin, ascendemos los empinados peldaños de Shwe-hsan-daw, otra pirámide, rematada en este caso por un amplio y hermoso stupa. Nos recobramos y miramos alrededor.

            El sol se pone ya tras las montañas, al otro lado del Irrawaddy, que es sólo una cinta dorada a lo lejos. A nuestro alrededor, centenares de pagodas se extienden hasta donde alcanza la vista. Todas han acudido a la cita, Ananda con su brillo de estuco y oro, Dhamma-yan-gyi enigmática, That-byin-nyu esbelta. Grandes y pequeñas, con sus formas variadas, se yerguen todas orgullosas en la amplia llanura, y reciben los rayos del sol poniente que arranca de ellas tonos dorados. El enigma se ha resuelto. Hay una embriaguez religiosa en el ambiente, que procede de todos estos edificios misteriosos que pueblan la llanura reseca. Un pueblo compitió durante siglos para dejar aquí constancia de su fe. Una asombrosa fuerza se desplegó para dejar aquí esta armonía que resiste el paso de los siglos.

 

© Fotografía Jesús Aller

 Caminos de Birmania

            Carretera solitaria, entre arrozales, recta, siguiendo el Irrawaddy entre Mandalay y Bagán, flanqueada por montañas. Cerca de una aldea, niños uniformados caminan hacia la escuela en una larga hilera. Al sur de Bagán nos desviamos hacia el monte Popa. Adelantamos camiones y autobuses abarrotados que van también al santuario. Las gentes nos saludan bulliciosas al pasar. Al doblar una curva, descubrimos el mogote basáltico. Sobre las paredes negras brilla risueño el oro de los stupas.

Carreteras del territorio Shan, al este del país. El paisaje de montes y prados podría ser el de Asturias si no fuera por las curvas elásticas y plumosas de los bambúes, por los colosales Ficus*. Es un país fértil, pero en las aldeas de casas de madera no suele haber trazas de tendido eléctrico. En Pindaya hay una gruta kárstica donde alguien no se sabe cuándo colocó budas por todas partes. Su resplandor dorado y rojo contrasta con la húmeda palidez de las estalactitas. Al atardecer llegamos al lago Inle, donde las casas y los talleres y los monasterios son palafitos erguidos sobre incorruptibles postes de teca, donde los cultivos son largas islas flotantes, donde los niños aprenden a remar antes que a andar. Anochece mientras ruidosas motoras alargadas nos llevan a nuestro alojamiento en una zona del lago colonizada por la vegetación. En el bungalow que me ha tocado, y a la luz paupérrima de una bombilla alimentada por un pequeño generador, deshago la maleta y extiendo el mosquitero rodeado por todos los sonidos de la jungla. Fuera, enjambres de insectos luminosos** vuelan enloquecidos sobre el hotel, dibujan en el cielo breves espasmos de luz que por un momento se confunden con las estrellas. 

© Fotografía Jesús Aller

Singapur

De Yangón volamos a Singapur para hacer el enlace a Camboya. Singapur es un sitio realmente especial. Está situada prácticamente sobre el ecuador terrestre, y podría definirse como una ciudad con nombre indio (lit. la ciudad del león) habitada por chinos que se empeñan en vivir como ingleses en el extremo sudeste de Asia. La población es mayoritariamente de origen chino, pero uno siente la sensación de estar en territorio rigurosamente británico al encontrar el muestrario completo de las manías inglesas, desde la conducción por la izquierda hasta las extrañas clavijas de los enchufes. Las pocas horas que estuvimos en Singapur nos permitieron descubrir una gran ciudad-estado hermosa y moderna, y con una renta per capita superior a la española, todo hay que decirlo. En ella ninguna cultura deja de tener su representación y su acomodo, y las mezquitas coexisten con iglesias cristianas en perfecta armonía, al lado de hermosos templos hindúes y chinos. Vimos también una gran avenida, la Orchard road, que recuerda los Campos Elíseos por el lujo y el glamour, formidables rascacielos y edificios que parecen arrancados de Londres. Pocas veces en nuestros viajes tuvimos tan intensamente como en Singapur la impresión de que la convivencia pacífica de razas y culturas puede ser un juego de niños. Y no se nos escapó lo importante que parece ser la prosperidad material, como complemento necesario del buen juicio espiritual, para que los humanos no nos tiremos los trastos a la cabeza.

 

© Fotografía Jesús Aller

 En el país de Pol Pot

Camboya durante el monzón del sudoeste. Desde el avión cuesta trabajo distinguir el trazado de los ríos a través del país inundado; las curvas de los meandros se dibujan apenas en el marjal. Tomamos tierra en el aeropuerto Pochentong, y el primer contacto con la fonética jemer es ciertamente hilarante. Cuando creemos habernos recobrado, aparece nuestro guía camboyano, Pol, que con su español cubano descarta cualquier preocupación por el paradero de nuestras valijas.

Cuando uno llega a Camboya procedente de Birmania, el contraste en la actitud de la gente salta a la vista. Si en Birmania un pueblo noble y pacífico soporta casi estoicamente (guerrillas tribales aparte) los atropellos de una dictadura rapaz y estúpida, en Camboya se percibe en los rostros el recuerdo indeleble de un viaje colectivo al infierno. Muchos camboyanos no hablan de ello. Se adivinan en su conversación terrenos prohibidos, zonas donde el recuerdo no penetra impunemente. Los pocos que hablan cuentan historias tan atroces que sólo sabemos responderles con un silencio respetuoso.

Phnom Penh (la colina Penh), patrullas de lisiados acechan en todos los lugares frecuentados por los turistas, como el Museo Nacional, que tiene una colección de antigüedades que impresiona a cualquiera. Phnom Penh, el monumento a la Victoria, amplias avenidas, un gran mercado amarillo que hicieron los franceses, y un palacio de opereta. Las bicicletas birmanas se han transformado en motos. Hay un museo del genocidio, que decidimos no visitar, y un hotel flotante que es también un casino y tampoco visitamos. Concha y Mario querían dar un paseo por el río y nos pusimos a ello. No fue difícil organizar una pequeña excursión en barca.

Ciertamente, las largas orillas del Tonlé Sap y el Mekong son lo más agradable de la ciudad. El Mekong nace en China y va a morir a Viet Nam, y es uno de esos grandes ríos asiáticos que hacen al Ebro y al Duero arroyuelos. El Tonlé Sap confluye con él justamente en Phnom Penh, y viene del gran lago de Camboya, que también se llama Tonlé Sap (este nombre significa en realidad gran lago). De todas formas, esto de que confluye debe ser matizado. Es cierta tal cosa desde noviembre hasta junio, pero en junio, con las lluvias del monzón del sudoeste, el Mekong crece y el flujo del Tonlé Sap se invierte, llevando parte de las aguas del Mekong hacia el gran lago del interior de Camboya. Esto justamente sucedía en agosto, cuando nosotros visitamos el país. Navegamos por el río la tarde anterior al regreso, una tarde cenicienta rasgada por un viento templado que presagiaba lluvia. El agua parda del Mekong en su máximo aforo se encrespaba con un oleaje rápido y menudo, y en la zona de la falsa confluencia, al pie de Phnom Penh, refluía pesada hacia el Tonlé Sap, batiendo y espumando nerviosa entre los embarcaderos y las casas flotantes de la orilla. La reedificada ciudad mártir pasaba ante nosotros como en un documental. Desfilaban sus monumentos, sus edificios, las casas de madera en las que miles de seres humanos tejen su vida sobre las aguas terrosas. Sin embargo, la única evidencia cierta era la del largo regreso que se nos venía encima. Miraba la ciudad y no podía dejar de repetirme: “nada de esto es real”.

Ángkor

Ángkor (lit. la ciudad). El imperio jemer tuvo aquí su capital entre los siglos IX y XIII. Las casas y palacios de aquel tiempo lejano, construidos de madera, hace mucho que se perdieron, pero escondidos en la selva, y martirizados por la incuria y la vegetación tropical, sobreviven aún decenas de templos soberbios en cuyas paredes, además, hay relieves con algunas de las más hermosas imágenes que describen la mitología hindú. Cada templo es un hallazgo, una sorpresa. Todos tienen detalles que los caracterizan.

Banteay Srei, por ejemplo, es una preciosa miniatura en arenisca roja. Aunque visitarlo exige un largo viaje a través de la selva y los amplios arrozales por carreteras que merecen poco tal nombre, es imperdonable no hacerlo. Todos los edificios que lo componen, desde los gópuras que dan entrada al recinto, hasta los edificios auxiliares y el templo central, están completamente recubiertos de una decoración que constituye una lección insuperable de mitología hindú. Todo se ha conjugado para que sea así, desde el delicioso tono rosado de la piedra, hasta su prodigiosa resistencia a la alteración, que hace que los relieves parezcan muchas veces recién ejecutados, pasando por la habilidad de los artistas y la prodigiosa riqueza simbólica de los motivos. Banteay Srei es algo ciertamente único en el mundo, y estando donde está, su futuro no deja de producir una intensa inquietud.

Ángkor Vat es el edificio más emblemático del conjunto, y está formado por una asociación de tres amplios recintos cuadrados que se envuelven con un impulso ascendente, culminando en una auténtica montaña central de la que surgen las cinco torres famosas. El simbolismo cósmico de estos templos, desde el estanque que siempre los rodea hasta el elevado santuario central, es su característica esencial. Aunque el edificio original era un templo hinduista consagrado a Vishnu, en la actualidad el santuario central alberga una imagen del Buda. Tras la ascensión trabajosa por las escaleras casi verticales, estar allí arriba, donde sólo a los sacerdotes les estaba permitido llegar, es una experiencia inolvidable. A nuestros pies, los tejados de los sucesivos niveles del templo se extienden hasta una línea lejana donde el gris de la piedra deja paso al verde luminoso de la vegetación.

Hay muchos otros templos en los alrededores de Ángkor, joyas incomparables engastadas en el verde radiante de la selva, joyas de piedra y sangre. En Ta Prohm, asistimos a una lucha titánica entre piedra y vegetación. Las higueras de agua crecen sobre las piedras mismas del templo, produciendo juegos asombrosos el contraste de las raíces sobre la arenisca oscura. En otro templo memorable, el Bayón, hay además un lugar especial para el misterio, para el viaje más allá de lo catalogado. Presenta el Bayón un soporte sencillo, otra vez tres recintos que se envuelven con una dinámica ascendente, culminando en este caso en una torre central cilíndrica. El interior es un laberinto de pasillos y escaleras empinadas. Merecen destacarse los relieves de los muros exteriores con escenas guerreras y deliciosos cuadros de la vida cotidiana en la vieja Ángkor, pero lo extraordinario del Bayón es que de todas partes se elevan de la fábrica torres misteriosas, cincuenta y cuatro torres que muestran rostros humanos dirigidos hacia los cuatro puntos cardinales. El efecto que produce contemplar estas torres extrañas va más allá de lo que esperamos de un edificio; la sensación es la de estar ante algo irrepetible, casi mágico. Poco nos interesa la discusión académica sobre si estas cabezas simbolizan la omnipresencia del Buda o el supremo control de un monarca absoluto. Nos seducen más estos rostros con su gesto sonriente y vagamente extático, porque intuimos en ellos una imagen universal y poderosa. Sonrisas y ojos entornados de arenisca negra yerguen su encantamiento frente al verde, indescifrable y pródigo. En medio de la selva y sobre el dédalo de pasillos, estas cabezas elevan al cielo una metáfora inquietante de nuestra propia condición.

            Sobre el terreno, lamentamos la ruina de algunas partes del templo, torres convertidas en muñones que muestran sólo una desolada geometría de sillares. Soñamos con una gloriosa restauración, perfectamente posible porque los bloques de arenisca negra caídos se ven frecuentemente por el suelo. En el santuario central, una imagen del Buda recibe las ofrendas de los fieles. Cuando nosotros visitamos el Bayón, a la entrada del santuario un anciano profetizaba el futuro a los visitantes, mirándoles las manos y doblando palillos que luego extendía sobre un recipiente con arena.

 Epílogo budista

Habría mucho que decir sobre la majestad de estos pájaros metálicos que nos transportan bonachones en su vientre. Cerrada noche sin luna diez kilómetros sobre el mar Caspio. Oscuridad casi completa. Y en un instante, miles de luces dibujan una gran ciudad a la orilla del mar. Bakú inconfundible, con la Icharí Shahar (la vieja ciudadela) y las torres petrolíferas en la bahía. Se adivinan las calles de la ciudad moderna, los barrios satélites, la carretera que contornea la costa; todo brillando con perezosas luces doradas. Lentamente, vamos dejando atrás la ciudad que dormita, hermosa isla de luz en medio de la noche.

            Pensamos algunos que el mundo es una colección de enigmas interrelacionados. Y una ciudad que nos fascina en medio de la noche es un signo suficiente de la naturaleza azarosa y fugaz de la belleza. Pocas armas tenemos para hacer frente a este desafío. Nadie que quiera ser considerado en su sano juicio discutirá el prestigio y la seducción del paradigma dominante, esa imagen del espíritu del mundo como agitada proliferación de yos en continua pugna. Sin embargo, mirando atentamente dentro de nosotros mismos, veremos sorprendidos que vivir es compartir, pensar es compartir, ser es compartir; y despertaremos al fin al vacío gozoso que es nuestro padre y nuestra madre. Sabremos descifrar entonces esas luces bulliciosas, seductoras e inciertas, que deslizan su enigma en medio de la noche.

 ©Jesús Aller

 

* Principalmente, Ficus bengalensis (en castellano, higuera de agua o baniano) y Ficus religiosa (llamado pipal, o árbol del Buda porque bajó uno de ellos el Buda consiguió la iluminación).

** Muchas especies de coleópteros tropicales emiten luz, en general como parte de su ritual de galanteo. Habitualmente, las hembras permanecen en reposo en un lugar visible, desde el que envían señales luminosas a los machos. Estos vuelan en enjambres emitiendo luz con frecuencias e intervalos característicos (los espasmos que yo veía), y son seleccionados por las hembras mediante un centelleante diálogo que acaba juntando a los que están hechos el uno para el otro.

 

Sumario Literatura y Viaje