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“Asia,
luz y Laberinto”

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Jesús
Aller
Me
contaba su experiencia en un inglés
rudimentario, pero luminoso: “No, yo no nací
monje”. Aquel joven de modales correctos tenía
a veces la mirada de un sabio; otras, su alma
naufragaba en una sonrisa sin detalles, sin
precio. Lo encontramos en una aldea cerca de
Yangón, viviendo con otros monjes en un
chamizo con pretensiones de monasterio. “Era
un niño normal. Demasiado travieso a juicio de
la hermana mayor que me cuidaba. Mis padres
murieron cuando yo era muy pequeño”. Quise
saber qué experiencia había torcido el curso
de su vida, le había llevado a dedicarla a la
atención de los pobres, de los más enfermos.
“Sí. Desde muy pequeño me inquietaba la
multiplicidad de los seres, la oculta armonía
del cosmos. Llegó a hacérseme insoportable no
entender, llevar una existencia perdida en
rutinas como espuma en el rostro de un mar
profundo. Una tarde me senté en postura de
meditación, y prometí que no me levantaría
hasta haber resuelto el enigma, hasta haber
descifrado el abigarrado e implacable latido
del mundo. Las nubes del monzón viajaban hacia
el norte preñadas de lluvia, los arrozales
reflejaban la dorada tramoya del ocaso. Pensé
entonces que sería una noche fría, y fue en
aquel momento cuando ocurrió. Tuve el
convencimiento de que frío y calor, dolor y
gozo, éxtasis y miseria eran igualmente ajenos
a la esencia profunda que buscaba, igualmente
engañosos. Supe que debía mirarlos
condescendiente y apartarlos a un lado si quería
llegar a lo profundo. No era muy complicado.
Todos los seres se aprestaban al ritual subterráneo
de la noche. Leí en su corazón como en un
libro abierto. La misma angustia, el mismo
miedo, la misma secreta esperanza me hablaba en
cada uno. Comprendí que su alma y la mía eran
sólo un espejo vacío que reflejaba ecos en la
noche”.
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Jesús Aller
Nacido y criado en esta arrogante península
de Asia que llamamos Europa, temprano descubrí,
sin embargo, que cuando buceamos en busca de
los hilos profundos que gobiernan la Historia,
o si queremos seguir el rastro a las
intuiciones fundamentales que nos han enseñado
a ver el mundo, no tenemos más remedio que
volvernos hacia ese Oriente de donde nos llega
todavía el sol cada mañana. Y ahí esta para
probarlo la imagen imborrable del
Buda rebelándose contra los brahmanes y
poniendo en marcha un mensaje liberador cuya
solidez intelectual aún resplandece hoy día.
Y ahí está también el orgullo blasfemo de
los filósofos jónicos que se atrevieron a
pensar por sí mismos y poner las bases del
estudio racional de la naturaleza. En Asia se
encendieron unas lámparas que todavía nos
alumbran. Y el atractivo de estas tempranas
muestras de osadía, de las que no sé si es
mayor la de los pensadores griegos o la del príncipe
indio, es especial en una época como la
nuestra en que todas las ideas parecen
derrumbarse a nuestro alrededor.
Este libro es la crónica de un intento
de buscar con los ojos y con el corazón los
lugares donde echaron a andar algunas de las
viejas ideas que más nos enorgullece llevar en
la mochila: el culto a la razón, la compasión
por todos los seres vivos. El mismo entusiasmo
que nos hizo acopiar, desde muy jóvenes, páginas
y sueños, nos lleva desde 1995 a peregrinar
incansables, siempre que podemos, por los
caminos y los aeropuertos de Asia. Y en esta búsqueda,
Asia nos ha seducido con mil voces y mil imágenes
que han sabido desvelarnos lo más viejo de
nosotros mismos, lo más valioso también. Un
viaje de trabajo a Rusia en 1995 es el arranque
del libro. Siguen otros por Oriente Próximo
(Jordania, Siria y Líbano en un capítulo, y
Turquía en otro), India, Nepal, Tíbet,
Birmania, Singapur, Camboya y China.
Completa
el libro una sección que pone en orden las
deslavazadas alusiones que se hacen a lo largo
del texto con una breve síntesis de los
principios del budismo y el vedanta. Cuando
esta recapitulación ya estaba escrita,
casualmente, una vieja idea que me rondaba y se
resistía a tomar forma desde hacía meses, se
materializó al fin en lo que resultó ser una
especie de imitación de un sutra budista. Todo
él fue escrito de corrido en un par de horas
un día por la mañana nada más despertar. Dándole
vueltas después, pensé que podía ser un buen
remate para el libro. De todas formas,
considero que la lectura de este capítulo
final de reflexiones budistas puede alternarse
con la de los restantes.
El
viajero se dispone a partir. Un largo camino lo
aguarda. De las verdes y suaves montañas rusas
al árido roquedo del Turquestán, de los
desiertos de Siria a la selva que drena el
Mekong. Y verá a los hombres construir sus
vidas en cada lugar, encender sus hogares,
elevar incienso a sus dioses que construyeron
el mundo. Deseémosle un feliz viaje. Tal vez
traiga de allá una mirada nueva. No dilatemos
la partida.
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Jesús Aller
Yangón
La
capital de Birmania es una vieja ciudad
colonial extensa y desteñida, abandonada al
desmadre vegetal del trópico, a árboles y
hierbajos que crecen irreverentes sobre añosos
edificios del Imperio
Británico. No deja de llover mientras
recorremos las calles ruidosas llenas de
bicicletas, vendedores callejeros, confusión y
sonrisas. Tampoco es raro encontrar monjes que
caminan descalzos con una gran vasija,
mendigando su comida. Los hombres visten una
especie de falda llamada longi,
y las mujeres llevan las mejillas decoradas con
thanaka, una pasta hecha de madera
aromática. Proclives a toda suerte de
complicidades, preguntamos si se nos permitirá
usar este adorno. La respuesta es tajante: “sólo
mujeres y niños”. Bueno, por lo menos nos
dejarán ponernos la falda.
Shwedagón
es el stupa
más grande y hermoso del mundo, y es también
el símbolo inconfundible de Yangón. Elevado
sobre una pequeña colina, su destello dorado
es visible desde muchos rincones de la capital.
Pasear descalzo sobre el pavimento de mármol que rodea la
gigantesca mole recubierta de oro es una
experiencia inolvidable. La pagoda Sule y
muchas otras diseminadas por toda la ciudad,
repiten el modelo a menor escala. Junto a una
de ellas, se nos acercó un hombre que portaba
una enorme jaula llena de pájaros. El griterío
de las avezuelas, la mayor parte gorriones, era
indescriptible. Los capturan para que la gente
pague por liberarlos junto a los lugares
sagrados. Por el equivalente de cien pesetas,
media docena de ellos fueron devueltos a su
hogar en las altas esquinas del éter. Nunca
olvidaré el debatirse ansioso de sus
cuerpecillos entre mis manos.

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Jesús Aller
Desde
la colina de Mandalay
Anochece.
Contemplamos desde la colina el extenso valle
inundado. Las aguas reflejan los tonos dorados
del crepúsculo. A nuestros pies también, la
ciudad de nombre de ensueño, Mandalay. El
amplio cuadrado del estanque que rodea el
palacio se distingue claramente, también
edificios, avenidas rectas, pagodas. Hacia el
norte, campos inundados donde madura el arroz,
y el desbordado Irrawaddy en su máxima extensión
anual. Del gran lago dorado asoman árboles
como trazos negros, letras de un poema
incomprensible de belleza infinita.
Hay un placer profundo en dejar vagar el
teleobjetivo por este mar en llamas, y apretar,
y apretar, y apretar el disparador de la cámara,
sabiendo que de algún modo eternizamos este
instante, capturamos la belleza que se pierde
sin remedio en el corazón de la noche.

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Jesús Aller
Mandalay, moderna ciudad envejecida,
rectas avenidas por donde avanzan enjambres de
bicicletas. Gentes sonrientes; hindúes y
musulmanes también. El Mahamuni, un buda
antiquísimo cuya parte inferior se ha
convertido en una masa informe por los trocitos
de pan de oro que todo el mundo le pega;
nosotros no quisimos ser menos, y nos acercamos
respetuosos; un militar que vigilaba la escena
nos sugirió, señalando una bandeja con
dinero, la conveniencia de dejar también
alguna ofrenda más consistente; la multitud
llenaba los pasillos que llegan a la imagen
desde los cuatro puntos cardinales; rezaban
fervorosos, cuidadosamente sentados en el suelo
de forma que las plantas de los pies nunca se
dirigieran hacia la imagen. Mandalay, un lago
delicioso que cruzamos en barca. Un monasterio
con una biblioteca de escrituras budistas que
olía a naftalina, y otro donde largas filas de
monjes se acercaban al refectorio. Mandalay, un
tosco taller donde trabajan en la penumbra
cuatro princesas birmanas, cuatro doncellas
sonrientes que cortan con cuidado los cuadrados
de pan de oro con los que los mortales nos
acercamos a honrar las imágenes del señor
Buda. Por 150 kyats diarios (unas 75 pesetas) y
una comida, y sin ningún derecho laboral, las
muchachas trabajan sonrientes nueve horas
diarias aguzando sus ojos en la penumbra.

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Jesús Aller
Bagán
En
el aire todavía, nos saluda el primer
resplandor de Bagán. Volamos a baja altura
sobre el río de aguas terrosas, y en un
momento surge el acantilado de la orilla, y
aterrizamos en una sabana tropical donde una
gran pagoda dorada refleja el sol de la mañana.
Tras
dejar el equipaje en el hotel, comienza la
visita. Hay pagodas por todas partes, de todos
los tamaños y formas, aunque predominan
plantas con una cruz griega superpuesta a un
cuadrado, y volúmenes piramidales rematados
por shíkharas
o stupas.
La cubierta original de estuco habitualmente se
ha perdido, y la estructura de ladrillos
aparece al descubierto. Estas pagodas fueron
construidas durante el reino de Bagán, entre
los siglos XI y XIII, y son santuarios budistas
que custodian imágenes doradas del Buda y, en
ocasiones, deliciosas pinturas.
Pasan
las horas, y no acaba uno de comprender por qué
propios y extraños aseguran que este es uno de
los emplazamientos arqueológicos esenciales
del sudeste de Asia. Tal vez influye en nuestro
desconcierto el madrugón que arrastramos, o
que el calor es agobiante y el sol fulgura en
el cielo, o que los ladrillos abrasan los pies
que nos obligan a desnudar para poder pisar el
suelo sagrado de las pagodas.
El día transcurre agotador de pagoda en
pagoda. No hay dos iguales. Sus nombres
impronunciables combinan donosamente las
treinta y dos consonantes del alfabeto birmano.
Shwezigón es el gran stupa
recubierto de oro que veíamos al aterrizar;
Ananda, la más graciosa, muestra una suave
ascensión hacia un radiante shíkhara
dorado; Dhamma-yan-gyi es una enorme y
misteriosa pirámide egipcia con cuatro pórticos;
en That-byin-nyu domina un impulso vertical con
volúmenes cúbicos superpuestos.
Ha pasado el día y no hemos resuelto la
ecuación que plantea Bagán con su delirante
acumulación de pagodas. Estamos cansados y el
atardecer invita a buscar un sitio elevado
desde donde contemplar el conjunto. Con este
fin, ascendemos los empinados peldaños de Shwe-hsan-daw,
otra pirámide, rematada en este caso por un
amplio y hermoso stupa.
Nos recobramos y miramos alrededor.
El sol se pone ya tras las montañas, al
otro lado del Irrawaddy, que es sólo una cinta
dorada a lo lejos. A nuestro alrededor,
centenares de pagodas se extienden hasta donde
alcanza la vista. Todas han acudido a la cita,
Ananda con su brillo de estuco y oro, Dhamma-yan-gyi
enigmática, That-byin-nyu esbelta. Grandes y
pequeñas, con sus formas variadas, se yerguen
todas orgullosas en la amplia llanura, y
reciben los rayos del sol poniente que arranca
de ellas tonos dorados. El enigma se ha
resuelto. Hay una embriaguez religiosa en el
ambiente, que procede de todos estos edificios
misteriosos que pueblan la llanura reseca. Un
pueblo compitió durante siglos para dejar aquí
constancia de su fe. Una asombrosa fuerza se
desplegó para dejar aquí esta armonía que
resiste el paso de los siglos.

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Jesús Aller
Caminos
de Birmania
Carretera solitaria, entre arrozales,
recta, siguiendo el Irrawaddy entre Mandalay y
Bagán, flanqueada por montañas. Cerca de una
aldea, niños uniformados caminan hacia la
escuela en una larga hilera. Al sur de Bagán
nos desviamos hacia el monte Popa. Adelantamos
camiones y autobuses abarrotados que van también
al santuario. Las gentes nos saludan
bulliciosas al pasar. Al doblar una curva,
descubrimos el mogote basáltico. Sobre las
paredes negras brilla risueño el oro de los stupas.
Carreteras
del territorio Shan, al este del país. El
paisaje de montes y prados podría ser el de
Asturias si no fuera por las curvas elásticas
y plumosas de los bambúes, por los colosales Ficus.
Es un país fértil, pero en las aldeas de
casas de madera no suele haber trazas de
tendido eléctrico. En Pindaya hay una gruta kárstica
donde alguien no se sabe cuándo colocó budas
por todas partes. Su resplandor dorado y rojo
contrasta con la húmeda palidez de las
estalactitas. Al atardecer llegamos al lago
Inle, donde las casas y los talleres y los
monasterios son palafitos erguidos sobre
incorruptibles postes de teca, donde los
cultivos son largas islas flotantes, donde los
niños aprenden a remar antes que a andar.
Anochece mientras ruidosas motoras alargadas
nos llevan a nuestro alojamiento en una zona
del lago colonizada por la vegetación. En el
bungalow que me ha tocado, y a la luz paupérrima
de una bombilla alimentada por un pequeño
generador, deshago la maleta y extiendo el
mosquitero rodeado por todos los sonidos de la
jungla. Fuera, enjambres de insectos luminosos
vuelan enloquecidos sobre el hotel, dibujan en
el cielo breves espasmos de luz que por un
momento se confunden con las estrellas.

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Jesús Aller
Singapur
De
Yangón volamos a Singapur para hacer el enlace
a Camboya. Singapur es un sitio realmente
especial. Está situada prácticamente sobre el
ecuador terrestre, y podría definirse como una
ciudad con nombre indio (lit. la ciudad del león)
habitada por chinos que se empeñan en vivir
como ingleses en el extremo sudeste de Asia. La
población es mayoritariamente de origen chino,
pero uno siente la sensación de estar en
territorio rigurosamente británico al
encontrar el muestrario completo de las manías
inglesas, desde la conducción por la izquierda
hasta las extrañas clavijas de los enchufes.
Las pocas horas que estuvimos en Singapur nos
permitieron descubrir una gran ciudad-estado
hermosa y moderna, y con una renta per
capita superior a la española, todo hay
que decirlo. En ella ninguna cultura deja de
tener su representación y su acomodo, y las
mezquitas coexisten con iglesias cristianas en
perfecta armonía, al lado de hermosos templos
hindúes y chinos. Vimos también una gran
avenida, la Orchard road, que recuerda
los Campos Elíseos por el lujo y el glamour,
formidables rascacielos y edificios que parecen
arrancados de Londres. Pocas veces en nuestros
viajes tuvimos tan intensamente como en
Singapur la impresión de que la convivencia
pacífica de razas y culturas puede ser un
juego de niños. Y no se nos escapó lo
importante que parece ser la prosperidad
material, como complemento necesario del buen
juicio espiritual, para que los humanos no nos
tiremos los trastos a la cabeza.

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Jesús Aller
En
el país de Pol Pot
Camboya
durante el monzón del sudoeste. Desde el avión
cuesta trabajo distinguir el trazado de los ríos
a través del país inundado; las curvas de los
meandros se dibujan apenas en el marjal.
Tomamos tierra en el aeropuerto Pochentong, y
el primer contacto con la fonética jemer es
ciertamente hilarante. Cuando creemos habernos
recobrado, aparece nuestro guía camboyano, Pol,
que con su español cubano descarta cualquier
preocupación por el paradero de nuestras
valijas.
Cuando
uno llega a Camboya procedente de Birmania, el
contraste en la actitud de la gente salta a la
vista. Si en Birmania un pueblo noble y pacífico
soporta casi estoicamente (guerrillas tribales
aparte) los atropellos de una dictadura rapaz y
estúpida, en Camboya se percibe en los rostros
el recuerdo indeleble de un viaje colectivo al
infierno. Muchos camboyanos no hablan de ello.
Se adivinan en su conversación terrenos
prohibidos, zonas donde el recuerdo no penetra
impunemente. Los pocos que hablan cuentan
historias tan atroces que sólo sabemos
responderles con un silencio respetuoso.
Phnom
Penh (la colina Penh), patrullas de lisiados
acechan en todos los lugares frecuentados por
los turistas, como el Museo Nacional, que tiene
una colección de antigüedades que impresiona
a cualquiera. Phnom Penh, el monumento a la
Victoria, amplias avenidas, un gran mercado
amarillo que hicieron los franceses, y un
palacio de opereta. Las bicicletas birmanas se
han transformado en motos. Hay un museo del
genocidio, que decidimos no visitar, y un hotel
flotante que es también un casino y tampoco
visitamos. Concha y Mario querían dar un paseo
por el río y nos pusimos a ello. No fue difícil
organizar una pequeña excursión en barca.
Ciertamente,
las largas orillas del Tonlé Sap y el Mekong
son lo más agradable de la ciudad. El Mekong
nace en China y va a morir a Viet Nam, y es uno
de esos grandes ríos asiáticos que hacen al
Ebro y al Duero arroyuelos. El Tonlé Sap
confluye con él justamente en Phnom Penh, y
viene del gran lago de Camboya, que también se
llama Tonlé Sap (este nombre significa en
realidad gran lago). De todas formas, esto de
que confluye debe ser matizado. Es cierta tal
cosa desde noviembre hasta junio, pero en
junio, con las lluvias del monzón del
sudoeste, el Mekong crece y el flujo del Tonlé
Sap se invierte, llevando parte de las aguas
del Mekong hacia el gran lago del interior de
Camboya. Esto justamente sucedía en agosto,
cuando nosotros visitamos el país. Navegamos
por el río la tarde anterior al regreso, una
tarde cenicienta rasgada por un viento templado
que presagiaba lluvia. El agua parda del Mekong
en su máximo aforo se encrespaba con un oleaje
rápido y menudo, y en la zona de la falsa
confluencia, al pie de Phnom Penh, refluía
pesada hacia el Tonlé Sap, batiendo y
espumando nerviosa entre los embarcaderos y las
casas flotantes de la orilla. La reedificada
ciudad mártir pasaba ante nosotros como en un
documental. Desfilaban sus monumentos, sus
edificios, las casas de madera en las que miles
de seres humanos tejen su vida sobre las aguas
terrosas. Sin embargo, la única evidencia
cierta era la del largo regreso que se nos venía
encima. Miraba la ciudad y no podía dejar de
repetirme: “nada de esto es real”.
Ángkor
Ángkor
(lit. la ciudad). El imperio jemer tuvo aquí
su capital entre los siglos IX y XIII. Las
casas y palacios de aquel tiempo lejano,
construidos de madera, hace mucho que se
perdieron, pero escondidos en la selva, y
martirizados por la incuria y la vegetación
tropical, sobreviven aún decenas de templos
soberbios en cuyas paredes, además, hay
relieves con algunas de las más hermosas imágenes
que describen la mitología hindú. Cada templo
es un hallazgo, una sorpresa. Todos tienen
detalles que los caracterizan.
Banteay
Srei, por ejemplo, es una preciosa miniatura en
arenisca roja. Aunque visitarlo exige un largo
viaje a través de la selva y los amplios
arrozales por carreteras que merecen poco tal
nombre, es imperdonable no hacerlo. Todos los
edificios que lo componen, desde los gópuras
que dan entrada al recinto, hasta los
edificios auxiliares y el templo central, están
completamente recubiertos de una decoración
que constituye una lección insuperable de
mitología hindú. Todo se ha conjugado para
que sea así, desde el delicioso tono rosado de
la piedra, hasta su prodigiosa resistencia a la
alteración, que hace que los relieves parezcan
muchas veces recién ejecutados, pasando por la
habilidad de los artistas y la prodigiosa
riqueza simbólica de los motivos. Banteay Srei
es algo ciertamente único en el mundo, y
estando donde está, su futuro no deja de
producir una intensa inquietud.
Ángkor
Vat es el edificio más emblemático del
conjunto, y está formado por una asociación
de tres amplios recintos cuadrados que se
envuelven con un impulso ascendente, culminando
en una auténtica montaña central de la que
surgen las cinco torres famosas. El simbolismo
cósmico de estos templos, desde el estanque
que siempre los rodea hasta el elevado
santuario central, es su característica
esencial. Aunque el edificio original era un
templo hinduista consagrado a Vishnu, en la
actualidad el santuario central alberga una
imagen del Buda. Tras la ascensión trabajosa
por las escaleras casi verticales, estar allí
arriba, donde sólo a los sacerdotes les estaba
permitido llegar, es una experiencia
inolvidable. A nuestros pies, los tejados de
los sucesivos niveles del templo se extienden
hasta una línea lejana donde el gris de la
piedra deja paso al verde luminoso de la
vegetación.
Hay
muchos otros templos en los alrededores de Ángkor,
joyas incomparables engastadas en el verde
radiante de la selva, joyas de piedra y sangre.
En Ta Prohm, asistimos a una lucha titánica
entre piedra y vegetación. Las higueras de
agua crecen sobre las piedras mismas del
templo, produciendo juegos asombrosos el
contraste de las raíces sobre la arenisca
oscura. En otro templo memorable, el Bayón,
hay además un lugar especial para el misterio,
para el viaje más allá de lo catalogado.
Presenta el Bayón un soporte sencillo, otra
vez tres recintos que se envuelven con una dinámica
ascendente, culminando en este caso en una
torre central cilíndrica. El interior es un
laberinto de pasillos y escaleras empinadas.
Merecen destacarse los relieves de los muros
exteriores con escenas guerreras y deliciosos
cuadros de la vida cotidiana en la vieja Ángkor,
pero lo extraordinario del Bayón es que de
todas partes se elevan de la fábrica torres
misteriosas, cincuenta y cuatro torres que
muestran rostros humanos dirigidos hacia los
cuatro puntos cardinales. El efecto que produce
contemplar estas torres extrañas va más allá
de lo que esperamos de un edificio; la sensación
es la de estar ante algo irrepetible, casi mágico.
Poco nos interesa la discusión académica
sobre si estas cabezas simbolizan la
omnipresencia del Buda o el supremo control de
un monarca absoluto. Nos seducen más estos
rostros con su gesto sonriente y vagamente extático,
porque intuimos en ellos una imagen universal y
poderosa. Sonrisas y ojos entornados de
arenisca negra yerguen su encantamiento frente
al verde, indescifrable y pródigo. En medio de
la selva y sobre el dédalo de pasillos, estas
cabezas elevan al cielo una metáfora
inquietante de nuestra propia condición.
Sobre el terreno, lamentamos la ruina de
algunas partes del templo, torres convertidas
en muñones que muestran sólo una desolada
geometría de sillares. Soñamos con una
gloriosa restauración, perfectamente posible
porque los bloques de arenisca negra caídos se
ven frecuentemente por el suelo. En el
santuario central, una imagen del Buda recibe
las ofrendas de los fieles. Cuando nosotros
visitamos el Bayón, a la entrada del santuario
un anciano profetizaba el futuro a los
visitantes, mirándoles las manos y doblando
palillos que luego extendía sobre un
recipiente con arena.
Epílogo
budista
Habría
mucho que decir sobre la majestad de estos pájaros
metálicos que nos transportan bonachones en su
vientre. Cerrada noche sin luna diez kilómetros
sobre el mar Caspio. Oscuridad casi completa. Y
en un instante, miles de luces dibujan una gran
ciudad a la orilla del mar. Bakú
inconfundible, con la Icharí Shahar (la vieja
ciudadela) y las torres petrolíferas en la bahía.
Se adivinan las calles de la ciudad moderna,
los barrios satélites, la carretera que
contornea la costa; todo brillando con
perezosas luces doradas. Lentamente, vamos
dejando atrás la ciudad que dormita, hermosa
isla de luz en medio de la noche.
Pensamos algunos que el mundo es una
colección de enigmas interrelacionados. Y una
ciudad que nos fascina en medio de la noche es
un signo suficiente de la naturaleza azarosa y
fugaz de la belleza. Pocas armas tenemos para
hacer frente a este desafío. Nadie que quiera
ser considerado en su sano juicio discutirá el
prestigio y la seducción del paradigma
dominante, esa imagen del espíritu del mundo
como agitada proliferación de yos en continua
pugna. Sin embargo, mirando atentamente dentro
de nosotros mismos, veremos sorprendidos que
vivir es compartir, pensar es compartir, ser es
compartir; y despertaremos al fin al vacío
gozoso que es nuestro padre y nuestra madre.
Sabremos descifrar entonces esas luces
bulliciosas, seductoras e inciertas, que
deslizan su enigma en medio de la noche.
©Jesús
Aller
Muchas especies
de coleópteros tropicales emiten luz, en
general como parte de su ritual de galanteo.
Habitualmente, las hembras permanecen en
reposo en un lugar visible, desde el que envían
señales luminosas a los machos. Estos vuelan
en enjambres emitiendo luz con frecuencias e
intervalos característicos (los espasmos que
yo veía), y son seleccionados por las
hembras mediante un centelleante diálogo que
acaba juntando a los que están hechos el uno
para el otro.
Sumario
Literatura y Viaje

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