Literatura y Viaje
FARONÍPOLIS
Maio de 1930:
chegada do Graf Zeppelin ao Rio de Janeiro, sobrevoando a Av. Rio Branco, no
centro da cidade. por©
Ignacio
Vázquez Moliní
¡Cómo
se agradece haber por fin llegado! Todo
ha cambiado desde aquellos remotos años en los que estuve en la ciudad. No
reconozco las calles. Los modernos edificios, que albergan las más altas
creaciones de la Humanidad, han transformado el paisaje urbano. Incluso
el río, antes triste arroyo, se ha convertido ahora en moderna vía de
comunicación por donde navegan los grandes paquebotes del progreso. Todas
y cada una de las plazas están embellecidas por hermosos monumentos que
ensalzan las grandes figuras del pensamiento contemporáneo. Se
pasea sosegadamente por las aceras. Se saludan con reverencias académicas
los distintos grupos que van escuchando atentamente las doctas palabras de
los maestros. En
perfecta armonía silenciosa, surcan los cielos grandes zeppelines de brillo
azulado, llevando a los estudiosos de una tertulia a otra. Se ha instaurado
la definitiva república de las letras. A
pesar del cansancio, me apresuro para encontrar cuanto antes cualquier
albergue donde dejar mis tristes pertenencias y salir rápidamente a
disfrutar de esta nueva Atenas. Llego
a una pensión que por el aspecto humilde parece adecuarse a mis limitados
recursos. Al
subir la escalera veo que la policía sale de levantar un atestado. La dueña,
una venerable anciana, me informa de lo acaecido. Un cliente, del que ya habían
sospechado algo a lo largo de los días anteriores, ha intentado fugarse sin
pagar lo que debía. Al ser descubierto por la criada, el bandido la ha
golpeado con furia hasta dejarla inconsciente en un charco de sangre.
Afortunadamente, la chica ha recuperado el sentido y la herida es sólo una
pequeña brecha sin mayor importancia. No todo es paz todavía en la ciudad
del progreso. Convenimos
el precio del cuarto, que hay que pagar por adelantado, y sin más demora
salgo a la calle con las ansias de llenar tantos años de abandono por esos
desiertos culturales que son los caminos de provincias. Lo
primero que hago es preguntar por el Café de los Artistas. El grupo de jóvenes
estudiosos, al que me dirijo con una evidente timidez, no sólo me indica el
camino sino que también, deduciendo por mi desaliñado aspecto que acabo de
llegar a la ciudad de los prodigios, me da calurosamente la bienvenida. El
maestro que les dirige me estrecha efusivamente la mano, deseándome todo
tipo de éxitos en la nueva vida que voy a comenzar. Uno
de los jóvenes se ha situado en medio de la calzada y con un gesto preciso
ha parado uno de los hermosos zeppelines azulados, que se ha detenido
suavemente a pocos metros por encima de la avenida. Los
jóvenes me ayudan a subir la breve escalerilla metálica que ha descendido
con un silencioso sistema hidráulico. Le indican al piloto mi destino y
apenas sin darme tiempo a despedirme, me veo ya surcando los cielos de la
ciudad. El
zeppelín vuelve a descender en una hermosa plaza, enfrente del Café de los
Artistas. Al bajar, veo que los miembros de la tertulia salen a la acera. Al
pie de la escalerilla está Gregorio Olías, el insigne biógrafo, que se
funde conmigo en un fraternal abrazo. Luego, me toma del brazo y me lleva a
la entrada del Café. Me
reciben con aplausos calurosos. Después de tanto tiempo anhelando este
reencuentro, no puedo contener unas lágrimas que me nublan la vista. Nunca
había podido imaginar un recibimiento como éste. Me
instalan en un sitio de honor, mientras un camarero servicial me trae un café
con leche y un vaso de agua. La
tertulia se reanuda. Me piden que hable, que les cuente todas las desventuras
que he padecido en estos años, y sobre todo, que les ilustre sobre mis dos
pensamientos. Son
los dos únicos pensamientos que he tenido en toda mi vida y que, en su
magnanimidad, les ha transmitido puntualmente Gregorio Olías. Todavía
más aplausos llenan la sala cuando me levanto para decir que no merezco
tanto. La emoción me impide hablar. Antes de volver a sentarme, sólo
consigo balbucear un gracias a todos. Gracias por haberme permitido que,
desde la distancia, siguiera con mis pocas fuerzas el desarrollo de las ideas
y de las artes que emanan sin descanso desde esta tertulia, como si de un
certero faro se tratara, hacia los rincones más remotos de los caminos de
provincias. Gregorio
Olías toma la palabra. Explica entonces que mi primer pensamiento consiste
en revisar la fábula de la zorra y el cuervo, de tal manera que se ponga de
manifiesto que es perfectamente posible hablar por un lado de la boca, sin
tener por tanto que renunciar a las uvas. El
segundo pensamiento se refiere a que para dejar de fumar lo que hay que
hacer, en lugar de plantearse el problema como una tarea gigantesca para la
que siempre nos faltarán fuerzas, es vencer a ese único cigarrillo que
llevamos siempre en el bolsillo. La
asistencia irrumpe en nuevos aplausos, que intento acallar torpemente. La señorita
Marilín, asistente del maestro, levanta acta de las explicaciones. Mis
pensamientos, por fin, han quedado recogidos en los documentos oficiales de
la tertulia. Podrán contribuir, aunque sea humildemente, al progreso de la
ciudad de las letras. Una
vez levantada la sesión, Gregorio Olías me conduce lentamente por las
nuevas calles de la ciudad. Me va enseñando los grandes logros que se han
conseguido en todo este tiempo. La Biblioteca de Autores Noveles, el Museo
Zeppelín, la Pirámide de las Letras Libres, y el Obelisco de la Lámpara
Incandescente. Comprendo
ahora que mi ausencia, con todos sus sacrificios, no ha sido en vano.
Arrastrando los pies por los charcos de los caminos, durmiendo muchas veces
en pensiones inmundas, otras al raso, buscando desesperadamente un teléfono
para comunicarme con la ciudad, bajo la triste apariencia de un anodino
viajante de aceitunas y encurtidos que realiza sus pedidos comerciales, he
mantenido vivo el soplo de esa brisa mágica de un ideal de oro que ha sido
la esencia de nuestra entrega. Hemos
conseguido, a la postre, acabar con aquel régimen perverso que, al amparo de
una siniestra fuerza policíaca, liquidaba todo progreso embrionario, aun
antes de que pudiera llegar a manifestarse en cualquier círculo público. Se
acabaron para todos nosotros los años de exilio. Debo incluso considerarme
afortunado. Al fin y a cabo, ¿qué han sido estos años deambulando por los
caminos de provincias, ausente
de todo contacto con las artes y las letras? Comparados con los enormes
sacrificios que han soportado los demás, muy poca cosa. No
podré estar nunca a la altura de los grandes mártires de la causa del
progreso; la señorita Marilín, pidiendo limosna a orillas del Ganges,
Gregorio Olías, torturado por la policía en lóbregos sótanos, el maestro
injuriado y tratado públicamente de invertido, y sobre todo, Faroni,
asesinado en tierras lejanas por los esbirros del régimen. Gregorio
Olías, después de este primer paseo, me lleva a su casa. Allí, su dulce
esposa, la afamada poetisa, prepara una tortilla de patatas que comemos en
compañía de la suegra, ahora con la cabeza algo perdida, pero antaño
ilustre traductora de las sagas nórdicas. Casi
lloro de nuevo ante lo poco que se ha salvado de las obras completas del gran
Faroni. Son los restos de esa ingente obra rescatados de las garras de los
esbirros con gran riesgo para estos héroes. Veo
las fotografías de Faroni en los remotos lugares a los que le llevó su afán
de aventuras y su sed de conocimientos. En ésta está en el Polo, en aquella
en las selvas tropicales. En otra, se ve al malogrado paladín del progreso,
con las perneras remangadas, en una exótica playa del Caribe. Subimos
a la azotea. La noche nos ofrece una nueva perspectiva de la ciudad. Gregorio
Olías me va señalando una a una las maravillas iluminadas que marcan los
triunfos de las letras y las artes mientras fumamos pausadamente nuestras
pipas. Son
las nuevas luces que han triunfado definitivamente sobre la tristeza de los años
de infortunio. Nada
me atrevo a decir. Temo romper el encanto y la magia en la que vivo desde que
llegué a la ciudad. Fumo
con calma, asintiendo a las palabras sabias de mi amigo Gregorio.
©
Ignacio
Vázquez Moliní 2000
Sumario Literatura y Viaje
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