FARONÍPOLIS

Maio de 1930: chegada do Graf Zeppelin ao Rio de Janeiro, sobrevoando a Av. Rio Branco, no centro da cidade.

por

© Ignacio Vázquez Moliní

Ignacio Vázquez Molini es Jefe de Protocolo del Círculo Cultural Faroni. "Faronípolis" es el prologo del libro "Galería de Hiperbreves" Editorial Tusquets 2000. Por primera vez y en exclusiva mundial este texto sale a la red. Faronípolis es la ciudad imaginaria que ve Dacio Gil Monroy -viajero  no vocacional- en su encuentro con Faroni ("Juegos de le edad tardía" Luis Landero). D. Ignacio gracias por su grandeza y generosidad literaria..

 

 Demasiado tiempo por esos caminos del Señor, con la maleta a cuestas, protegido apenas por una triste gabardina empapada y los zapatos siempre arrastrando por el barro, sin una mala brizna de tabaco con la que llenar la cazoleta.

¡Cómo se agradece haber por fin llegado!

Todo ha cambiado desde aquellos remotos años en los que estuve en la ciudad. No reconozco las calles. Los modernos edificios, que albergan las más altas creaciones de la Humanidad, han transformado el paisaje urbano.

Incluso el río, antes triste arroyo, se ha convertido ahora en moderna vía de comunicación por donde navegan los grandes paquebotes del progreso.

Todas y cada una de las plazas están embellecidas por hermosos monumentos que ensalzan las grandes figuras del pensamiento contemporáneo.

Se pasea sosegadamente por las aceras. Se saludan con reverencias académicas los distintos grupos que van escuchando atentamente las doctas palabras de los maestros.

En perfecta armonía silenciosa, surcan los cielos grandes zeppelines de brillo azulado, llevando a los estudiosos de una tertulia a otra. Se ha instaurado la definitiva república de las letras.

A pesar del cansancio, me apresuro para encontrar cuanto antes cualquier albergue donde dejar mis tristes pertenencias y salir rápidamente a disfrutar de esta nueva Atenas.

Llego a una pensión que por el aspecto humilde parece adecuarse a mis limitados recursos.

Al subir la escalera veo que la policía sale de levantar un atestado. La dueña, una venerable anciana, me informa de lo acaecido. Un cliente, del que ya habían sospechado algo a lo largo de los días anteriores, ha intentado fugarse sin pagar lo que debía. Al ser descubierto por la criada, el bandido la ha golpeado con furia hasta dejarla inconsciente en un charco de sangre. Afortunadamente, la chica ha recuperado el sentido y la herida es sólo una pequeña brecha sin mayor importancia. No todo es paz todavía en la ciudad del progreso.

Convenimos el precio del cuarto, que hay que pagar por adelantado, y sin más demora salgo a la calle con las ansias de llenar tantos años de abandono por esos desiertos culturales que son los caminos de provincias.

Lo primero que hago es preguntar por el Café de los Artistas. El grupo de jóvenes estudiosos, al que me dirijo con una evidente timidez, no sólo me indica el camino sino que también, deduciendo por mi desaliñado aspecto que acabo de llegar a la ciudad de los prodigios, me da calurosamente la bienvenida.

El maestro que les dirige me estrecha efusivamente la mano, deseándome todo tipo de éxitos en la nueva vida que voy a comenzar.

Uno de los jóvenes se ha situado en medio de la calzada y con un gesto preciso ha parado uno de los hermosos zeppelines azulados, que se ha detenido suavemente a pocos metros por encima de la avenida.

Los jóvenes me ayudan a subir la breve escalerilla metálica que ha descendido con un silencioso sistema hidráulico. Le indican al piloto mi destino y apenas sin darme tiempo a despedirme, me veo ya surcando los cielos de la ciudad.

El zeppelín vuelve a descender en una hermosa plaza, enfrente del Café de los Artistas. Al bajar, veo que los miembros de la tertulia salen a la acera.

Al pie de la escalerilla está Gregorio Olías, el insigne biógrafo, que se funde conmigo en un fraternal abrazo. Luego, me toma del brazo y me lleva a la entrada del Café.

Me reciben con aplausos calurosos. Después de tanto tiempo anhelando este reencuentro, no puedo contener unas lágrimas que me nublan la vista. Nunca había podido imaginar un recibimiento como éste.

Me instalan en un sitio de honor, mientras un camarero servicial me trae un café con leche y un vaso de agua.

La tertulia se reanuda. Me piden que hable, que les cuente todas las desventuras que he padecido en estos años, y sobre todo, que les ilustre sobre mis dos pensamientos.

Son los dos únicos pensamientos que he tenido en toda mi vida y que, en su magnanimidad, les ha transmitido puntualmente Gregorio Olías.

Todavía más aplausos llenan la sala cuando me levanto para decir que no merezco tanto. La emoción me impide hablar. Antes de volver a sentarme, sólo consigo balbucear un gracias a todos. Gracias por haberme permitido que, desde la distancia, siguiera con mis pocas fuerzas el desarrollo de las ideas y de las artes que emanan sin descanso desde esta tertulia, como si de un certero faro se tratara, hacia los rincones más remotos de los caminos de provincias.

Gregorio Olías toma la palabra. Explica entonces que mi primer pensamiento consiste en revisar la fábula de la zorra y el cuervo, de tal manera que se ponga de manifiesto que es perfectamente posible hablar por un lado de la boca, sin tener por tanto que renunciar a las uvas.

El segundo pensamiento se refiere a que para dejar de fumar lo que hay que hacer, en lugar de plantearse el problema como una tarea gigantesca para la que siempre nos faltarán fuerzas, es vencer a ese único cigarrillo que llevamos siempre en el bolsillo.

La asistencia irrumpe en nuevos aplausos, que intento acallar torpemente. La señorita Marilín, asistente del maestro, levanta acta de las explicaciones. Mis pensamientos, por fin, han quedado recogidos en los documentos oficiales de la tertulia. Podrán contribuir, aunque sea humildemente, al progreso de la ciudad de las letras.

Una vez levantada la sesión, Gregorio Olías me conduce lentamente por las nuevas calles de la ciudad. Me va enseñando los grandes logros que se han conseguido en todo este tiempo. La Biblioteca de Autores Noveles, el Museo Zeppelín, la Pirámide de las Letras Libres, y el Obelisco de la Lámpara Incandescente.

Comprendo ahora que mi ausencia, con todos sus sacrificios, no ha sido en vano. Arrastrando los pies por los charcos de los caminos, durmiendo muchas veces en pensiones inmundas, otras al raso, buscando desesperadamente un teléfono para comunicarme con la ciudad, bajo la triste apariencia de un anodino viajante de aceitunas y encurtidos que realiza sus pedidos comerciales, he mantenido vivo el soplo de esa brisa mágica de un ideal de oro que ha sido la esencia de nuestra entrega.

Hemos conseguido, a la postre, acabar con aquel régimen perverso que, al amparo de una siniestra fuerza policíaca, liquidaba todo progreso embrionario, aun antes de que pudiera llegar a manifestarse en cualquier círculo público.

Se acabaron para todos nosotros los años de exilio. Debo incluso considerarme afortunado. Al fin y a cabo, ¿qué han sido estos años deambulando por los caminos de  provincias, ausente de todo contacto con las artes y las letras? Comparados con los enormes sacrificios que han soportado los demás, muy poca cosa.

No podré estar nunca a la altura de los grandes mártires de la causa del progreso; la señorita Marilín, pidiendo limosna a orillas del Ganges, Gregorio Olías, torturado por la policía en lóbregos sótanos, el maestro injuriado y tratado públicamente de invertido, y sobre todo, Faroni, asesinado en tierras lejanas por los esbirros del régimen.

Gregorio Olías, después de este primer paseo, me lleva a su casa. Allí, su dulce esposa, la afamada poetisa, prepara una tortilla de patatas que comemos en compañía de la suegra, ahora con la cabeza algo perdida, pero antaño ilustre traductora de las sagas nórdicas.

Casi lloro de nuevo ante lo poco que se ha salvado de las obras completas del gran Faroni. Son los restos de esa ingente obra rescatados de las garras de los esbirros con gran riesgo para estos héroes.

Veo las fotografías de Faroni en los remotos lugares a los que le llevó su afán de aventuras y su sed de conocimientos. En ésta está en el Polo, en aquella en las selvas tropicales. En otra, se ve al malogrado paladín del progreso, con las perneras remangadas, en una exótica playa del Caribe.

Subimos a la azotea. La noche nos ofrece una nueva perspectiva de la ciudad. Gregorio Olías me va señalando una a una las maravillas iluminadas que marcan los triunfos de las letras y las artes mientras fumamos pausadamente nuestras pipas.

Son las nuevas luces que han triunfado definitivamente sobre la tristeza de los años de infortunio.

Nada me atrevo a decir. Temo romper el encanto y la magia en la que vivo desde que llegué a la ciudad.

Fumo con calma, asintiendo a las palabras sabias de mi amigo Gregorio.

 

© Ignacio Vázquez Moliní 2000

 

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