Literatura y Viaje
Fast Food, Fast World por ©Enrique Mercado
|
(Comida rápida, mundo rápido)
Cuando bajé
a la cámara sepulcral de Lenin, comprendí por
qué los enterradores no pierden el apetito
tras desembarazarse del cadáver. Un difunto no
invita a ser acompañado a la tumba, a un más
allá de incertidumbres y fantasmas sin
dientes. Un difunto, y sobre todo uno de la
categoría de Lenin, invita a salir a la luz, a
hacer la revolución y darse un gran banquete
para festejarlo. Eso nos
proponíamos Varasek y yo un día de octubre,
creo que dos o tres antes del aniversario de la
revolución bolchevique. Dejamos atrás la
momia con perilla y salimos a la Plaza Roja. Ya
se podía caminar por allí y disparar fotos
sin que te disparasen a su vez los
francotiradores invisibles del Kremlin. Esta
vez no tuvimos que abrirnos paso por la galería
comercial del edificio que bordea la plaza. Los
nuevos rusos ya pueden vestir de marca y fingir
que se encuentran en la Europa no del Este,
sino del aquel, y eso a pesar de su aire a lo tío
Vania o Valentina Tereskova, según sexo. Así que
dimos la espalda al reconstruído templo de Kazán
y alcanzamos la siguiente plaza. Nuestro
objetivo era un puesto de salchichas de todos
los tamaños y estilos, lo mejor que se puede
comer en Moscú teniendo en cuenta la afición
de los rusos a sazonar sus guisos con requesón
y leche agria. Esa peculiaridad gastronómica
impregna sin duda el carácter de los
moscovitas, a tenor de la mala leche que exhibían
cada vez que les preguntabas algo, sobre todo
las taquilleras del metro y no te digo ya las
que venden boletos para el transiberiano. Pero antes de llegar a ese punto, Varasek y yo estábamos dando buena cuenta de una salchicha cuando se nos acercó un pobre, no a pedir dinero, lo que le honra, sino simplemente otra salchicha. Aquel pobre distinguido derrochaba amabilidad y hablaba inglés con bastante corrección. Según nos contó, había plantado los pies en Boston y tenía buenos amigos entre los yanquis: a la vista estaba. Sea como fuere, sus palabras me llevaron a imaginar un Moscú muy distinto, un Moscú sin banderas, plazas rojas ni momias revolucionarias. Y de pronto, todos los puestos de salchichas que puntean la ciudad, se transformaron en kioscos de perritos calientes con mucho ketchup y mucha mostaza, por favor. Aquella visión venía a coincidir con otra que tuve dos años antes en San´a, la capital del Yemen. Después
de doce días recorriendo el país arábigo,
habíamos entrado en San’a por la zona de las
embajadas, al atardecer, con ganas de llegar a
un restaurante y devorar un pescado sobre papel
de periódico, y si no un plato de arroz con
carne. Pero mientras se nos hacía la boca
agua, lo vimos sobresalir entre un laberinto de
azoteas y banderas de países europeos. Allí
había un flamante Mac Donals recién construído,
¡preparado, listo y ya! para convertir en
hamburguesa hasta el balido de los corderos. Y entonces
ocurrió. O con más exactitud, sucedió media
hora después, ya sentados en un restaurante de
la vieja San’a. Mientras
los comerciantes extendían sus esterillas y
cachivaches en el exterior del establecimiento,
tuvimos una clara visión del futuro. No había
sido el qat consumido a lo largo del viaje, ni
las especias que acompañaron a todo buen
guiso, ni mucho menos el alcohol, que no
tomamos, pero porque no había. Lo teníamos ahí
delante, simplemente. Un ciego
se llevaba a la boca grandes puñados de arroz.
Muy pronto, la ceguera se extendería por el
Yemen y todo el mundo consumiría con voracidad
perritos calientes y hamburguesas. Por no
hablar del cocinero que amasaba pan al fondo
del local. Dentro de unos años, serían
pizzas, y no tortas, las que voltease en el
aire hasta conseguir un disco perfecto. En Moscú,
los Mac Donals ya se habían hecho dueños del
centro de la ciudad. Sólo faltaba que los
moscovitas tuvieran dinero para ir allí todas
las tardes o que los taxistas pudiesen comprar
coches como la Ford o la Opel mandan. Por
cierto por cien rublos te llevaban al otro
extremo de la city
si era preciso. Y a dos metros de donde
estuvieras también, pero eso sí: extranjero
igual a cien rublos. Un taxi al
que Varasek logró limar veinte rublos, nos
devolvió a la Travellers
Guest House, un albergue juvenil que el
propio Varasek consiguió limando la edad en
los pasaportes (diez años más o menos). Por
la ventana de nuestra habitación, veíamos
todas las mañanas a unos obreros que
arrancaban placas de alquitrán de la azotea de
un edificio. Las tiraban a un contenedor de la
calle casi sin miramientos. En Moscú se
respira esa sensación de provisionalidad, de
mundo por hacer sobre las viejas cenizas y
consignas. Después de
comer algo en el restaurante del albergue,
ahora sí una rica ensalada de col y remolacha,
las hortalizas preferidas de los rusos, salimos
rumbo a la estación de tren. En el
vestibulo principal, había varias taquillas
para sacar billetes a cualquier punto de Rusia,
varias taquillas atestadas de avinagrados que
discutían entre ellos y especialmente con las
taquilleras. Claro que las sargento les
abroncaban al estilo de viejos comisarios de la
Revolución y hasta se ponían a leer entre
billete y billete Ana Karenina o cualquier otro
tocho. Cuando al
fin conseguimos llegar ante una de ellas, se
hizo la sueca por lo menos y después de duras
negociaciones en lenguaje no verbal –el inglés
estaba en desuso en toda Rusia e incluso el
esperanto gozaba de un mayor número de
hablantes- no hubo manera de que nos deportaran
a Siberia.
De no ser por las gestiones telefónicas
de la chica del albergue, no habríamos cogido
el transiberiano al atardecer del otro día, qué
duda cabe que cargados de caviar y vodka para
sobrellevar los cuatro días de viaje hasta
Irkutsk. Cada cierto tiempo, el tren paraba en
alguna población que se anunciaba a kilómetros
con sus chimeneas monumentales, bien echando
humo o bien –la mayoría- apagadas por el
cese de toda actividad industrial en la zona.
Las viejecitas chejovianas asaltaban el tren
con sus bolsas atiborradas de patatas rellenas,
embutidos, salazones varios y salchichas
radiactivas. Completábamos la dieta en el
restaurante del transiberiano con alguna
ensalada, y una noche cenamos syrniki
(tortillas de requesón), oladi (tortillas de hígado)
y de primer plato shchi (sopa de col fresca). En Moscú
no era tan fácil hincarle el diente a la auténtica
comida rusa. Lo intentamos una tarde, después
de dejar atrás el paseo que corona la
imponente estatua negra de Gogol. Lo mejor que
encontramos por allí fue un restaurante tirolés,
donde no había mesa para nosotros, pero sí
una barra donde apuramos dos tanques de cerveza
afrutada y unos aperitivos de rábanos cortados
en espiral. Nos clavaron, naturalmente, y los
estómagos seguían tan vacíos como al
principio. Por el
centro había más animación. Tenderetes
vendiendo banderas de la antigua URSS a cifras
desorbitadas y con el rostro de los padres
fundadores de aquel mamotreto. Por otro lado, músicos
callejeros hendían la fría noche con destreza
de balalaika. Y a lo largo de toda la calle,
restaurantes de comida rápida e indicios de neón.
Entramos en uno que tenía música en directo,
con un tipo bigotudo al sintetizador y una
cantante marcando las erres del Born
in the USA, de Bruce Springteen. Varasek y
yo fuimos agasajados con hamburguesas dobles -y
no con filetes rusos- por espectaculares
camareras, ataviadas con las peores galas de
todo el estado de Texas, y en los monitores de
televisión había vídeos de Enrique Iglesias,
su padre y Ricky Martin. Yo tenía la impresión
de que, al salir a la calle, nos íbamos a
encontrar un rodeo de estúpidos cawboys o bien
un refulgente casino de Las Vegas. Sin embargo,
todavía hace frío en Moscú y algunos nostálgicos
sueñan con despertar de la pesadilla del nuevo
mundo. Y en un local de copas que abría hasta
la madrugada, un marinero borracho quiso pegar
una paliza a Varasek por no invitarle a un
vodka. Tal vez quería vengar a la tripulación
del submarino hundido en el ártico.
© Enrique Mercado
Sumario Literatura y Viaje
|