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Cartel de ©Manolo Valdés
Max
Aub o los placeres de la ficción
Sobre la muerte de Grijalbo y otras verdades póstumas

por
©Sebastiaan Faber
Sebastiaan Faber (1969), licenciado por la Universidad de Amsterdam y doctorado por la Universidad de California, Davis. Es profesor de lengua y literaturas hispánicas en Oberlin College (EE.UU.). Es autor de Exile and Cultural Hegemony: Spanish Intellectuals in Mexico, 1939-1975 (Vanderbilt University Press, 2002) y ha publicado numerosos artículos sobre literatura española y latinoamericana en revistas europeas y americanas. En la actualidad, está escribiendo un libro sobre la reacción ante la Guerra Civil Española de hispanistas ingleses, holandeses y norteamericanos.
Uno
de los privilegios del escritor de ficción —ya
lo decía Unamuno— es el gusto de matar a las
propias criaturas; y si se trata de un personaje
sacado de la realidad, este privilegio puede
convertirse en un auténtico placer. Bien lo
demostró Max Aub en 1960 cuando empleó un cuento
para realizar, freudianamente, el deseo de toda la
comunidad exílica:
asesinar a Francisco Franco (en el cuento lo mata
un camarero mexicano, harto de la presencia de los
exiliados españoles
en su café).
Desafortunadamente, el poder “vudú” de este
tipo de ejercicio literario parece limitado, dado
que, en el caso del dictador, la realidad tardó
unos quince años en imitar a la ficción. En el
caso de Joan Grijalbo i Serres, la muerte
verdadera tardó más de un
cuarto de siglo en alcanzar a la ficcional: Aub
mató al editor en 1964, pero Grijalbo no murió
hasta hace poco, el 22 de noviembre de 2002, a los
91 años de edad.
Desde luego, no es seguro que el cuento
“Entierro de un gran editor” —publicado
por primera vez en Los
sesenta,
revista fundada por el propio Aub— se refiera a
Juan Grijalbo. Pero el parecido entre el título
del relato y las cabeceras que dieron noticia del
fallecimiento del editor catalán —“El adiós
a un gran editor”, se leía por ejemplo el
Terra.com <http://www.terra.com.ar/canales/libros/57/57992.html>—
son demasiado coincidentes como para descartar la
posibilidad de que Aub se dejara inspirar por la
figura real de Grijalbo. También
son sugerentes los demás paralelos entre éste y
el protagonista de Aub, Gabriel Solá, apodado el Mapamundi:
Solá nació en Valencia, Grijalbo en Gandesa
(Tarragona), ambos en el seno de una familia
humilde, con padres que valían poco; los dos se
destacaron por sus dotes comerciales; ambos
desempeñaron una función importante en un
sindicato (Grijalbo en la UGT, Solá en la CNT);
los dos se casaron más de una vez; y los dos
fundaron una empresa editorial poco después de
llegar a México, especializándose en un
principio en las obras de referencia.
Además,
no puede ser casual que Aub decidiera narrar la
muerte del editor ficcional Solá precisamente
cuando el Grijalbo real se disponía a
establecerse definitivamente en la España de
Franco —decisión, en esa época, bastante mal
vista por la comunidad exílica y que bien podría
interpretarse como una muerte metafórica: ¿qué es el des-destierro si no un en-tierro?
(Grijalbo se mudó a España de forma oficiosa a
finales de los cincuenta, radicándose allí de
forma oficial a mediados de los sesenta). Cuando,
en 1969, también el propio Aub vuelve a España,
aunque sólo para visitar, se encuentra con el
editor y apunta en su diario: “¡Nunca vi hombre
más orondo!” (Diarios
538).
“Entierro de un gran editor” es un
cuento aubiano ejemplar. De estructura
aparentemente sencillo y argumento a primera vista
trivial, se trata en realidad de un texto complejo
que acaba por socavar más de un mito fundacional
del exilio. El narrador, un exiliado en México
identificado en la última página como un cierto Jaime Moltó, escribe en
primera persona una especie de necrología crítica
de Gabriel Solá, al que acusa de haber hecho su
fortuna en el exilio mexicano a expensas de sus
compañeros desterrados: “El difunto se había
hecho muy rico aprovechando como parias a mil
refugiados republicanos españoles. De algo había
de servir tanto licenciado. […] Catedráticos,
profesores, periodistas, escritores, músicos,
bibliotecarios, militares, magistrados, doctores,
ingenieros, directores de archivo, de museos, etc.
Todos metimos mano en la Historia
general del mundo, al igual que la Historia
de la marina española o en el famoso Diccionario
de frases hechas y por hacer” (452). Habiéndose
convertido en gachupín —nos informa el
narrrador— Solá naturalmente “se volvió
franquista”: “Los últimos años de su vida
iba cada verano a España, fundó allí una gran
editorial de libros técnicos” (457).
En un espacio de cinco páginas, Moltó nos
cuenta toda la vida del editor difunto, al que
considera “[l]acayo, vil, servil […], humilde
y rastrero con los que le podían servir para
algo; altanero, despreciativo, desdeñoso y avaro
con los que le servían […]” (456). Nacido en
Valencia, hijo de un “chamarilero y
prestamista”, dejó la carrera de Derecho para
poder casarse —y acostarse— más pronto con su
querida. Entró en el negocio del padre y se puso
a copiar pasajes literarios de otros autores para
atribuírselos a sí mismos, acabando por
“tomarse en serio y creer que todo lo que
antologiaba había salido de las manos de sus
autores por métodos parecidos al suyo”
—convicción, por otra parte, que resultó ser
“un adiestramiento espléndido para sus futuras
aventuras editoriales”: “Jamás se le ocurrió
pagar derechos de autor” (455).
Es
obvio que el narrador, que se revela como un
antiguo empleado de Solá, lo conoció bien; lo
demuestran sus informaciones detalladas acerca de
su historia familiar. Aun así, no se nos ocurre
dudar de su objetividad como informante, aunque en
el último párrafo admite que el rencor que le
tiene a Solá proviene en parte de una doble
rivalidad amorosa. La credibilidad del narrador
está basada no sólo en sus conocimientos y el
aparente estatus testimonial de su texto, sino
también en la superioridad natural de los vivos
sobre los muertos: a fin de cuentas, éstos no
hablan. Inesperadamente, sin embargo, esta
credibilidad de Jaime Moltó se ve minada hacia el
final del relato por un texto póstumo del propio
Solá. Se trata de una carta dirigida a Moltó,
escrita poco antes de morir el editor, en que éste
no sólo resulta haber anticipado las acusaciones
necrológicas de Jaime, sino que las refuta:
“Muero del corazón […] pero que no te dé
gusto. […] ¿Cuántas veces no procuraste acabar
conmigo? Hasta supongo que escribirás un relato
[…] para ensañarte en mi retrato y mi biografía”
(457-8).
El testimonio de Solá además nos revela que la
rivalidad amorosa a que Jaime aludía era más
significativa de lo que éste quería admitir, lo
que, a su vez, pone en tela de juicio su
objetividad: “[T]uve siempre las mujeres que
deseaste y algunas más. /
[…] Nunca supiste, infeliz, gozar —y
hacer gozar— a las mujeres. […] Conste que
cuanto has ido proclamando por ahí de mi
franquismo es mentira. Con la política, mi pobre
Jaime, te pasó igual que con las mujeres: no
entendiste ni papa” (457-9). En
realidad, entonces, Jaime se pasó la vida entera
torturado por la envidia amorosa hacia el editor
—al que, por otra parte, sobrevivió sólo
tres semanas, como nos afirma en la última oración
del texto un tercer narrador, tal vez el propio
Aub.
El
poder de la indecisión
Al final, el lector no sabe
a quién creer. Aunque es evidente que la falta de
sinceridad de Moltó desvalida de algún modo sus
juicios críticos sobre el editor, la actitud
arrogante de éste hacia su rival no desmiente de
ninguna manera el retrato antipático inicial. Aún
así, en cuanto a la actitud política del editor
—¿franquista o no?—no sabemos si creer a
Jaime o a Solá. En realidad, sin embargo, esta
indecisión final, tan típica de la cuentística
aubiana, constituye la gran fuerza del cuento: Aub
subraya la imposibilidad de separar lo político
de lo personal. La verdad es siempre relativa; no
existe juicio que no sea desinteresado o retrato
que no sea parcial. “Entierro de un gran
editor” también nos enseña a tener sumo
cuidado a la hora de leer memorias y homenajes
—dos géneros preferidos de los exiliados— ya
que es imposible que estén exentos de olvidos,
envidias y rencores.
La
resolución del relato es magistral, pero allí no
acaba su interés. El texto de Aub destruye, o al
menos matiza, dos de los mitos fundacionales del
destierro: la actitud desinteresada de la que
hicieron gala los exiliados para distinguirse de
los emigrantes económicos o gachupines—“los
desterrados republicanos españoles no vienen a América
a enriquecerse”, se escribía en Romance—
y la pureza absoluta de su postura política.
Elogio
del egoísmo
Tres meses antes del fallecimiento de
Grijalbo, el historiador norteamericano Michael
Seidman publicó
una historia revisionista de la Guerra Civil Española,
titulada La república de los egos, en que
arguye que lo que más impulsó a la mayoría de
los republicanos no fueron los ideales sociales o
la lealtad política, sino el mero instinto de
supervivencia: el egoísmo del individuo o, a lo más,
la preocupación por el entorno directo familiar.
“Muchos si no la mayoría de los trabajadores,
campesinos y soldados”, escribe Seidman, “no
eran militantes sino más bien oportunistas que
entraron a los partidos y sindicatos de los
militantes no por convicción sino más bien
porque se necesitaba ser miembro de un partido o
sindicato para obtener empleo, comida y asistencia
médica […]
Hasta el compromiso con la causa de los famosos
milicianos […] era en muchos casos dudoso”
(11-2). De la misma manera, afirma Seidman que los
colectivos agrarios no eran “colmenas de
solidaridad, como los han pintado sus apólogos”,
ya
que “muchos de los campesinos, si no la
mayoría, daban prioridad a sus propias
necesidades y sólo después consideraban las de las
comunidades más grandes que la de sí mismos y su
familia” (235-6). Más que solidaridad y
convicción, lo que reinaba en la zona republicana
eran “el oportunismo y el cinismo” (237). Es más:
afirma el autor que, en el contexto más
amplio de la historia española, el individualismo
del hombre común en el campo republicano, “los
impulsos adquisitivos, consumistas y empresariales
que muchos individuos exhibieron durante el
conflicto constituyen la fundación de la sociedad
de consumo de hoy” (13).
Aunque su argumento no deja de ser
interesante, es difícil evitar la sospecha de que
Seidman pretenda aprovechar la Guerra Civil Española
para hacer una apología neoliberal del
individualismo consumista. Según el propio autor, su acercamiento a la
historia de la guerra es nada menos que
revolucionaria, ya que sobrepasa tanto la
historiografía tradicional, que sólo considera a
los “grandes hombres”, como la más reciente,
de orientación marxista o feminista, que sólo ve
a los individuos en función de su clase o género.
Lo que Seidman no parece tomar en cuenta,
sin embargo, es que la ficción literaria dedicada a la Guerra Civil,
sobre todo la del exilio —de Aub, Sender, Barea,
etc.— lleva seis décadas demostrando la misma
tesis: a saber, que lo personal no es
separable de lo político y que, en efecto, muchos
que lucharon en la guerra o dejaron de hacerlo, lo
hicieron por un complejo de motivos en que los
personales contaban tanto o más que los
“puramente” políticos. Pocos textos lo
ilustran mejor que las novelas y cuentos de El
laberinto mágico de Max Aub, muchos de cuyos
personajes pretenden, sencillamente, sobrevivir.
Así también, en Campo
del moro, el joven médico Julián Templado
admite ser comunista menos por convicción que por
conveniencia o capricho: “¿Soy comunista? ¿Quién
sabe? […]
Comunista porque saben, o parecen saber a
cualquier hora, lo que tienen que hacer: para un médico
es un consuelo. […] El médico paticojo cree,
ahora, a media mañana del 7 de marzo de 1939, que
se ha ‘hecho’
comunista para protestar contra la manera de ver y
entender el mundo de su amigo Manuel Azaña.” (Campo
del moro
208, 214).
Ahora bien, Seidman aprovecha su
“revelación” para desmitificar la imagen de
la causa republicana como la causa popular por
antonomasia. Dados el egoísmo, el oportunismo y
la falta de solidaridad que cree percibir en la
mayoría de los obreros y campesinos republicanos,
duda que la Guerra Civil pueda interpretarse como
una lucha popular contra las oligarquías; según
Seidman, éstas en el fondo se mostraron mucho más
solidarias entre sí que el propio pueblo (240).
Aub, sin embargo, representa la verdad histórica
de la guerra —concebida también como un sinfín
laberíntico de historias personales acumuladas,
una auténtica “república de egos”— para reforzar
la razón de los republicanos frente a la traición
de los facciosos. Para Aub, la verdad —la
verdad humana y completa, con debilidades y
todo—
es el arma más poderosa de los republicanos,
tanto moral como políticamente. (Cabe recordar
que, para Aub, un intelectual es alguien para
quien “los problemas políticos son problemas
morales”.)
Fue en esta fe en el poder de la verdad
donde Aub más discrepó con sus amigos
comunistas, para quienes la verdad era a menudo lo
de menos dada la importancia de su lucha política.
El 15 de junio de 1948, Aub usa el espacio privado
de su diario para dirigirse de la forma siguiente
a sus amigos del PCE:
¿No os dais cuenta de que perdéis de
vista los hechos por “no enmendarla”, de que
porfiando por una dialéctica
materialista os dejáis envarar, a veces, en el más
rígido idealismo? ¿Es que seguimos teniendo ejército,
es que vivimos hace quince años (sic)?
Que
hace quince años no se debía decir, conformes, estábamos
en una guerra viva, frente a frente, a ver quién
podía más, las armas en la mano —esas armas
que nos negaron […] [P]ero ahora
combatimos con otras armas, al menos yo, y ninguna
tan potente, a la larga, como la verdad. ¿A
quién enrolaremos en nuestro seguimiento
—cuando la propaganda dio tan pobres
resultados— pregonando que nosotros fuimos ángeles
y los falangistas puros demonios? No lo cree
nadie, no lo puede creer nadie; y es mala política,
pura propaganda que por serlo es desechada por
cualquier persona de sentido común. ¿Para quién
escribo sino para los españoles? y ¿hay alguno
que no sepa lo que pasó? ¿A quién queréis engañar
si pintamos lo que fue con imágenes inventadas?
¿Es que tenemos miedo? ¿Hay algún español que
ignore, sea de Salamanca, de Burgos, de Alicante,
de Valencia o de Madrid, lo que la rebelión trajo
consigo? No queramos ser más listos de lo que
somos. Tal vez estáis demasiado encerrados entre
vuestras paredes. ¿Quién, queriendo traer a
verdad novelesca —y no hacer novelas en
verdad— lo que fue la gesta de nuestro pueblo
puede pasar por alto tanto daño como desataron
los rebeldes? Lo heroico solo, como la maldad a
secas sería falsear lo que fue. (Rodríguez
Plaza 45-6)
En “Entierro de un gran editor”, al dejar que Jaime Moltó nos engañe inicialmente con su versión personal y parcial de la vida de Gabriel Solá, Aub parece socavar la noción de la verdad: todos mienten, falsean, engañan. En en fondo, sin embargo, al destruir algunos de los mitos más autocomplacientes del exilio, el cuento acaba por afirmar la fuerza de la verdad: la causa republicana no necesita de la mentira para demostrarse justa; no necesita aparentar una falsa pureza para convencer al mundo de su razón. El que esta afirmación de la verdad sea indirecta e irónica sólo la hace más poderosa. Nadie sabía mejor que Aub que muchas veces la ironía es la única forma de hablar en serio, y que muchas veces la ficción es la única forma de escribir historia.
©Sebastiaan
Faber
Obras citadas
Aub,
“Entierro de un gran editor” en Enero
sin nombre. Los cuentos del Laberinto
Mágico. Pres. Francisco
Ayala. Sel. y pról. Javier Quiñones. Barcelona:
Alba, 1994. 451-9.
———. Campo del moro. Madrid: Alfaguara, 1998.
———.
Diarios (1939-1972). Ed. Manuel Aznar
Soler. Barcelona: Alba, 1998.
———. La
verdadera historia de la muerte de Francisco
Franco y otros cuentos. México: Libro Mex,
1960
Rodríguez Plaza, Joaquina y Alejandra Herrera. Antología de relatos y prosas breves de Max Aub. México, D.F.: Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco, 1993.
Seidman, Michael. Republic of Egos: A Social History of the Spanish Civil War. Madison: University of Wisconsin Press, 2002.
