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Guerra Civil Española
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Por gentileza de Alejandro Pérez-Prat hijo de Juan Iturralde, reproducimos una carta escrita al escritor José María Gironella, recientemente fallecido -3 de enero 2003- donde cuenta al autor de "Los Cipreses creen en Dios" la idea de una novela que le anda rondando en la cabeza que no es otra que "Días de llamas". Un documento de 1959 en exclusiva para Literaturas.com. Os ofrecemos también unas paginas de esta novela para saborear la prosa de Juan Iturralde.
PERGEÑANDO
UNA NOVELA
Carta de José María
Pérez Prat (Juan Iturralde) a José María
Gironella
Madrid
19 de Enero de 1959
Dear
Joe:
¡Ahí va eso! ¡Y que dios te coja “confesao”¡
Como verás y te decía ya en mi carta
anterior, es más que un guión. Es un resumen de
la novela, en el que todo está en abreviatura y
sin que esta abreviatura sea homogénea, pues hay
partes en las que me he extendido más de la
cuenta. La causa de esto es evitarme doble
trabajo, o mejor dicho, fijar las ideas que se me
han ido ocurriendo para impedir que estas
ocurrencias se me olviden más adelante.
También verás que algunas de las cosas
que le suceden a Miguel aparecerán brevemente
contadas por éste a su hermano. Lo he hecho así
pensando siempre en que sea más relevante el
papel de Tomás que el de Miguel (el artillero) y
preparando la posibilidad de que la narración
tenga sentido autobiográfico, o sea, esté
contada en primera persona por Tomás.
Esto tiene sus inconvenientes (uno, y
principal, ese de la unidad de espacio en torno a
Tomás), pero también sus ventajas. Creo que me
dará más libertad en cuanto al manejo del
tiempo, que es más directa (salvo en lo relativo
a Miguel) y que me facilita la presentación de
los personajes femeninos, en cuyos entresijos no
tendré que meterme, porque los verá el lector a
través de Tomás, de suerte que si hay alguna
pifia, ésta podrá ser atribuida a Tomás y no a
mí.
La novela empieza antes de la guerra. Hay
algunos episodios en torno a Laura y su marido
(trifulcas entre los dos) que tienen por objeto
familiarizar al lector con ambos, con el fin -a su
vez- de que cuando más tarde le ocurran cosas muy
gordas a esta pareja, quien lo lea tenga ya
simpatía o antipatía (a su gusto) por ella y no
le deje frío.
Lo que más me preocupa es la aventura
amorosa de Tomás. No porque la considere
inverosímil (todo lo contrario, en la guerra
proliferaron estas aventuras, como sucede
siempre), sino porque es difícil en si, sin caer
en la monotonía o en la vaguedad. Esta aventura
no es lo fundamental de la novela, pero contribuye
a darle cierta continuidad, aparte de la puramente
subjetiva de que sea la vida de una persona.
Decidir si debo adoptar el tono
autobiográfico o no es cosa en la que quisiera tu
ayuda , así como en “todo”. Una vez que lo
hayas leído y hecho las correcciones en cuanto a
anécdotas o personajes que te parezcan del caso,
piensa si conviene o no ese tono autobiográfico,
a la vista de las razones que te doy y de las que
a ti se te ocurran o te sugiere el esquema.
He renunciado a la idea inicial de que
Tomás se pase a la zona nacional. Primero, porque
no me ha parecido necesario. Segundo, porque no le
va. Tercero y principal, porque como no estuve
allí, me ahorro documentarme y fallar -pese a la
documentación.
El episodio de la detención de Tomás a
raíz de su aventurilla no me ha dejado demasiado
satisfecho. Es cierto que sé de dos casos
idénticos, uno que le sucedió a un soldado con
el cual estuve y otro a un político socialista
(que, a pesar de su filiación, las paso moradas).
Pero... ¡no sé! Hay veces que se me antoja
folletinesco. Otras, por el contrario, me parece
acertado. Tomás teme que “los tiros” procedan
de sus grandes amores con Luisa y ocurre que de
donde vienen es de un contacto transeúnte y poco
menos que prostibulario.
También se me había ocurrido hacer que
uno de los policías que le sacuden con motivo de
la detención consiguiente a ese contacto fugaz
sea el de cara de asesino que –con el otro con
pinta de intelectual- le fue a detener a su casa
en el invierno del 36. Pero he renunciado, por
miedo a que la cosa resulte rebuscada por
demasiado casual. He tratado de huir de lo
azaroso, aunque también se dé en la vida. ¿Qué
te parece?
Había pensado también incluir un
episodio de cierto fuste que sucedió durante la
guerra en Madrid. Había un polvorín en el metro,
en el trayecto entre Goya y Diego de León; un mal
día –o un buen día- estalló, con el
consiguiente daño en “personas y bienes”,
según unos por un acto de sabotaje, según otros
por un descuido. Esto podía interferir en la vida
de Tomas y Luisa y provocar algunas
complicaciones. ¿What do you mind?
En cuanto a los personajes, tendrán el
siguiente talante: Tomás, un poco egoísta,
cínico, tirando a frío, inteligente y, a pesar
de todo lo anterior, bastante apegado a la
familia. El coronel, tieso, seco, pero con
ternuras un tanto vergonzosas. Miguel, bueno,
idealista, débil de carácter, concentrado.
Luisa, lo más espiritual y tierna que me salga,
pero también con sus ramalazos de sensualidad.
Laura, orgullosa, valiente, parecida a Miguel. La
madre, muy parecida a la mía, o sea entera,
creyente, completamente entregada a sus hijos y
dolorida porque éstos no se parecen a lo que ella
quisiera que hubieran sido. Juan, vital, valiente
(mucho valiente me está saliendo) y mujeriego, al
estilo de los militarotes de antes.
Y no se me ocurren más comentarios.
Empiezan los temblores, esta vez por
partida doble. La primera, tu juicio. La segunda,
la operación que será probablemente en esta
semana. Esperemos que me enderecen la pata.
Ya estoy dándole vueltas en la cabeza a
la carta sobre “Los fantasmas de Gironella” o
“Gironella y sus fantasmas”.
Un abrazo y recuerdos a Magda.
José María Pérez Prat. 19
de Enero de 1959
UN FRAGMENTO DE LA OBRA
Días de llamas
©José María Pérez Prat
...«El frío me agarrota los dedos, me
sale una letra pequeña y difícil de descifrar.
Han dado las nueve en un reloj que debe de haber
en la habitación de arriba, en la que todas las
mañanas suenan los pasos que nos despiertan y nos
expulsan del mundo inocuo de los sueños.
Apagarán la luz, o la dejarán encendida, porque
aquí no hay reglas, pero por si la apagan debo
recoger los chismes y acostarme y abrigarme bien,
como me ha enseñado Mendoza, el capitán de
Ingenieros a quien devoran las ladillas
anticipándose a los gusanos. De mi derecha, del
lugar que ocupa el conde, llega hasta mí el olor
a orines y aún puedo ver su mandíbula y sus
mejillas, cubiertas con una barba gris que
recuerda las púas del cilindro de una caja de
música. No me guarda rencor, tiene una afabilidad
que desarma pero hurgando en él aparecerán todos
los prejuicios de los de su clase, entre ellos ese
orgullo tranquilo de ser hijo de un conde y nieto
de otro conde. Debería pedirle perdón, sería
como pedírselo a todos los de Chamartín y
descargarme de este rencor lleno de soberbias
injustificadas. Me estoy pareciendo a Andrés o al
albino, pero en peor, porque ellos si tienen
justificaciones. A mí me ha mimado la vida, como
decía el de las gafas.
Me viene a la memoria el portal de la calle
Cartagena en el que se me ocurrió refugiarme y
donde me encontró el albino. Había ido hasta
allá buscando la carnicería en la que, según
Petra, vendían la leche y los huevos que habían
sido la única alimentación de mi padre en los
últimos días y que, ahora, eran necesarios para
mi madre. La encontré cerca de la plaza de Manuel
Becerra en el mismo momento en que comenzaron a
sonar las sirenas de alarma. Miré al cielo
buscando los aviones por encima de los tejados y
de la columna que se levantaba en el centro de la
plaza. Se abrían los balcones y se asomaba la
gente para mirar lo mismo que veía yo: un viejo
con un chal pardo sobre los hombros, dos mujeres
entre cuyas faldas metían la cara dos niños, un
perro lobo como el que había frente a casa, que
venteaba el peligro lo mismo que Bucarín, que se
quejaba antes de oír las sirenas. Eran las nueve,
una hora en la que rara vez habían bombardeado.
Se hizo un silencio absoluto, se calló el perro,
cesaron los gritos, las sirenas, el ruido que
salía de los portales y el de la gente que
corría. Vi la tienda y a una muchacha a la
puerta, la única que quedaba de las que formaban
la cola. Sonó le primer estallido de los
antiaéreos. Más carreras, gritos, una mujer con
su hijo bajo el brazo, con la cabeza colgando por
delante y los pies por detrás, otra que miraba al
cielo, pegada a la pared; la muchacha entró en la
carnicería y volvió a salir seguida del
carnicero, los dos trotando hacia un portal. Mi
boca se llenó de saliva, mis piernas se
ablandaron, tenía más miedo que otras veces.
Entré en el portal parpadeando, empujando,
recibiendo a mi vez empujones, vi e1 rostro de un
viejo que expresaba más miedo que yo.
"¡Ahí va! ¡Si es...!" Y vi también
los ojos rosados y sin pestañas y el gorro
demasiado grande encasquetado hasta las orejas.
Traté de echarme atrás pero los que continuaban
entrando me empujaban hacia él hasta que nos
encontramos como a medio metro, con una mujer
bajita y gruesa entre los dos. Nos miramos, por
encima de la cabeza gris: "El que se quería
pegar un tiro. ¡Vaya, vaya! Con razón dicen que
más vale llegar a tiempo que rondar un
año". La mujer levantó hacia mí su cara de
patata sonriente y el albino estiró el cuello:
"Esta vez no te escapas, pájaro". Abrí
la boca pero se me quedó en la garganta lo que
iba a decir: "No tengo por qué
escapar". Se oye el chasquido de los
antiaéreos, las bombas que caen muy cerca y hacen
chillar a las mujeres, tiembla el suelo y baila la
bombilla que cuelga sobre el primer rellano. El
albino no aparta los ojos de mí, ni se inmuta, ni
se sobresalta con las explosiones. Hago un intento
de escurrirme, acometo la muralla humana que me
separa de la puerta, doy codazos, me veo corriendo
por la calle con el albino detrás. La mujer
protesta y el albino contempla sonriendo mis
maniobras inútiles. No consigo moverme. Más
antiaéreos, más explosiones y chillidos. Cuando
acabe la alarma podré escapar, soy más alto que
él. Otras veces he aguantado los bombardeos en la
calle, en el quicio de una puerta, en mi
habitación, en la casa de Jorge Juan, hasta en el
café. Nunca me he metido en un refugio, me ponía
a morir por lo que nos pasó en Toledo. El albino
vuelve la cabeza hacia su derecha y habla con
otro; no está solo, sino con otro gorro igual,
otro que me mira mientras asiente a lo que le
está diciendo: "Te traes el coche
pitando". Oigo llorar a un niño de meses, el
suspiro de alivio de una mujer, las sirenas,
exclamaciones. "¡Ya pasó!" "Sí,
hasta la próxima". "Hasta que nos den
en la cresta". Me va a detener pero en casa
lo adivinarán, movilizarán a todos los amigos,
no se atreverán a retenerme ni diez minutos. La
gente va saliendo, el otro albino desabrocha la
funda: "Ahora, quietecito. Y vosotros,
largaos de aquí". Tira del pistolón y me
apunta. "Baja ese trasto. Soy presidente del
Tribunal de Urgencia número tres". Se encoge
de hombros y hace el movimiento que ya conozco de
flexionar las piernas y llevarse la mano libre a
los testículos; está mirando por encima de mí a
un tercero que también tiene una pistola en la
mano. "¿Otra vez con tus camelos? Anda, sal
a tomar el sol". El cielo sigue azul pero hay
una nube de polvo gris y de humo hacia Ventas; me
suben a un coche descubierto y me da en la cara el
aire cortante de diciembre que me obliga a apretar
las mandíbulas para que los dientes no me
castañeteen y denuncien un miedo que no tengo
todavía pero que tendré, que se abatirá sobre
mí y me dejará aplastado. Me subo las solapas
del abrigo y me pongo los guantes bajo la mirada
inquisitiva de mi perseguidor, la mirada que
sostengo en cuanto advierto que está mirándome.
Todavía me atrevo a decir que se está colando y
que puede costarle cara la coladura.
-Yo no me cuelo nunca, yo no soy como el
otro... Buen cuentista estás hecho, pero a mí no
me la das.
El coche salta sobre los baches y el gorro
le baila en la cabeza. Veo pasar las verjas y los
árboles del Retiro, rodeamos la Puerta de Alcalá
y los tres retratos gigantes, y más tarde, los
sacos terreros que protegen la fuente de la
Cibeles. Una parte de mí se va resignando, otra
aterrándose, desesperándose, otra más se aferra
a lo de presidente del Tribunal de Urgencia
número tres. Cada vez tengo más frío; pasamos a
lo largo de los escaparates, que tienen las lunas
surcadas por tiras de esparadrapo, y de la puerta
de un hotel cuya marquesina cuelga como
consecuencia de algún bombardeo. Dejamos atrás
la Red de San Luis, el Palacio de la Música, el
Capitol; bajamos por Jacometrezo a Santo Domingo y
torcemos a la derecha y luego a la izquierda. El
coche se detiene y lo último que me llevo del
reino de la libertad es la imagen de una mujer que
lleva a cuestas una rama de árbol que ha
desgajado una bomba o un proyectil.
-¡Ahí va eso, compañeros! Tomadle la
filiación y lo demás.
Me
empujan a un cuarto en el que me registran, me
quitan la cartera, el cuaderno, el dinero, las
llaves. Me conducen después a un jardín al que
dan las puertas de varios garajes; abren una de
ellas y me empujan dentro, dejándome en medio de
la oscuridad, el olor a orines y el frío del que
no protege nada, ni siquiera la manta que acaban
de darme y que me echo sobre el abrigo. Ahora
estoy tiritando de frío y de miedo. Veo caras
barbudas que me observan y me aconsejan que me
siente allá, en aquel rincón. "Ha quedado
vacío y es un buen sitio. ¿Quiere un
cigarro?" "¿Le han traído solo?"
"¿Ha oído el parte de Radio Nacional?"
Pero yo me he quedado atrás, entre las sirenas de
alarma, el perro que aullaba desde el balcón y la
cara lampiña del albino que pareció iluminarse
al reconocerme. "¡Ahí va, si es...!"
Todavía estoy oyendo su voz aunque voy entrando
en el olor, las caras, un grifo en la pared, las
mantas como la mía, el montante de la puerta por
el que se ve el cielo que sigue siendo azul. En
estos momentos los milicianos estarán viendo mi
documentación. "¿Quién será este tío?
Presidente del Tribunal de Urgencia número
tres". El albino exclamará, cuando se lo
digan o se la enseñen: "¡Anda la hostia!
¡Si es verdad!". Alguien acerca una cerilla
a la punta de un cigarro que he aceptado sin
enterarme y que me quito y devuelvo porque no
siento ganas de fumar. "Además, ustedes
deben de tener muy pocos". "No se
preocupe, que tampoco vamos a tener tiempo de
consumirlos todos" .Se abre la puerta, pero
no es para soltarme sino para devolverme lo que me
quitaron al entrar."»...
