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Cartel de ©Manolo Valdés
EL LABERINTO MÁGICO DE MAX AUB

por
©Miguel
Baquero
Conocí
a Max Aub, literariamente, hace algunos años, y
de forma indirecta. Un amigo, que medía la
calidad de los escritores por la influencia que
habían tenido en su vida (opinión que comparto,
y en la que yo también creo que se cifra la buena
literatura) me habló de la figura de este
entonces (siempre) escritor minoritario, exiliado
en México al término de la Guerra Civil española
y autor de una de las más importantes obras, no sólo
de la literatura española sino también
universal, sobre los grandes conflictos morales y
humanos del siglo XX.
En
opinión de mi amigo, opinión que luego tuve el
inmenso gusto de corroborar, Aub había vivido
plenamente, a través de una conciencia
extraordinariamente lúcida y certera, pero también
a través de la acción y el compromiso, los más
terribles años de mediados del XX. Esos años en
los que, sin solución de continuidad, se
sucedieron los dos conflictos bélicos e ideológicos
más importantes y cruentos de la Historia: la
Guerra Civil española y la Segunda Guerra
Mundial. Años de ideas y esperanzas, de desolación
y metralla, años en los que el ser humano mostró
su faz más inicua, pero también su rostro más
hermoso, épico, esplendente. Aub fue
protagonista, en cuanto víctima, de ambos
conflictos: expoliado, perseguido, depurado,
encerrado en un campo de concentración, huido y
finalmente desterrado, la grandeza de Max Aub
consiste en mantener, pese a todo ello, una visión
optimista de la humanidad.
En
las obras de Max Aub, frente a la destrucción y
la injusticia, el crimen y la tiranía, frente a
la irracionalidad de las facciones ideológicas y
la brutalidad de los Estados, palpita una
humanidad sencilla, bombardeada y acribillada, una
humanidad por supuesto confundida, muchas veces
equivocada y otras tantas torpe, absurda e incluso
cobarde, pero en la que siempre confió Max Aub
como portadora del futuro. Los personajes de Max
Aub, en aquella novelas ambientadas en la Guerra
Civil, cruzan la ciudad cotidianamente bajo el
fuego de los obuses, movidos por un raro heroísmo
anónimo y generoso; marchan y vuelven del frente
impulsados por un vago sentimiento del deber y la
justicia que no aciertan a expresar; resisten
diezmados por el fuego y estragados por las dudas
y la traición, inútil y estúpidamente, pero
resisten.
“Estos que ves ahora desechos, maltrechos, furiosos, aplanados, sin afeitar, sin lavar, cochinos, sucios, cansados, mordiéndose, hechos un asco, destrozados, son, sin embargo, no lo olvides, hijo, no lo olvides nunca pase lo que pase, son lo mejor de España (...) Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo”, dice Aub en las páginas finales de “Campo de los Almendros”, la novela que cierra su ciclo “El laberinto mágico”.
“El
laberinto mágico” es, probablemente, la obra
cumbre de Max Aub, tanto por su extensión, desde
luego, como por su ambición literaria. Se trata
de un conjunto de seis novelas donde se narra todo
el periodo de la Guerra Civil española, desde los
primeros días de la sublevación militar hasta el
trágico final de la contienda, con los restos del
ejército y el gobierno republicano aguardando en
el puerto de Alicante un barco en el que marchar
al exilio y ponerse a salvo de las represalias del
vencedor, barco que nunca llegó. A lo largo de
estas seis novelas, como efectivamente ocurre en
un laberinto, cruzan sus vidas y sus derrotas
diferentes personajes, seres humanos desorientados
y confusos en busca de una salida, de un sendero
cierto en medio del caos. Personajes que, a veces,
pasan repetidas veces de manera fugaz, figuras
algunas que sólo se vislumbran unos instantes,
que se pierden de pronto y para siempre tras una
esquina del relato, otras a las que, en cambio, el
autor reencuentra y sigue durante varias páginas
interesado por su final...
El
verdadero protagonista del ciclo no son, sin
embargo, los actores individuales, aunque Aub se
detenga a describir a algunos de ellos y nos
relate sus peripecias. El protagonista es la
colectividad, el grupo de gente, buena y mala,
leal y artera, audaz y temerosa, que en un
determinado momento de la historia, entre los años
1936 y 1939, quedó súbitamente encerrada en un
laberinto cada vez más reducido y opresivo, según
iba estrechando su cerco el ejército rebelde.
“Acosados, ahogados en aquel finisterre, apretujados, deprimidos, llegué al lugar donde la palabra laberinto cobra su significado de construcción llena de rodeos y encrucijadas, donde era muy difícil orientarse” (Campo de los Almendros).
El
primero de los seis libros (seis campos) que
componen “El laberinto mágico”, “Campo
cerrado” fue escrito en París nada más
terminar la Guerra Civil y comenzar el largo,
eterno exilio del autor. En “Campo cerrado” se
nos narra la iniciación a la vida de Rafael López
Serrador, un joven castellonense que llega a la
ciudad de Barcelona, su destino soñado, en los
preámbulos de la Guerra Civil. Allí encuentra
Rafael un ambiente de efervescencia política, de
enfrentamientos dialécticos y físicos, una atmósfera
de crispación y ruindad muy distinta al ideal
adolescente que le llevó a tomar el tren y
alejarse de su origen.
Es
Barcelona un maremágnum urbano y humano, “un
enrejado de calles infinitas” donde es
necesario, inevitable, luchar para sobrevivir.
Rafael contempla, entre aturdido y sufriente, este
escenario ruidoso y agresivo, mientras intenta
encauzar sus ideas y su rabia, mientras intenta
hacerse un lugar en el mundo. Se trata de un
proceso ofuscado e impetuoso en el cual la
violencia –el asesinato- no es sino una reacción
natural y primaria frente al fragor del entorno y
la ignominia de unos tiempos en los que la
existencia del hombre carece de valor. Rafael es
un ser perdido en la inmensidad y crueldad del
mundo, un animal acorralado que responde con
envites ciegos a la agresión; no en vano,
“Campo cerrado” se inicia con la escena de un
toro “embolado” que recorre las calles del
pueblo natal de Rafael aterrado por el resplandor
del fuego, soltando derrotes hasta caer muerto.
“Campo
cerrado” concluye el 19 de julio de 1936, al día
siguiente de la sublevación militar. Después de
dura lucha en las calles barcelonesas,
protagonizada fundamentalmente por las milicias,
la ciudad conserva la legitimidad republicana.
Otra buena parte de España queda, sin embargo,
bajo el poder de las tropas sediciosas. Comienza
la guerra.
“Campo
abierto”, la siguiente novela del ciclo, fue
escrita asimismo en París, apenas concluir la
contienda española. Entre mayo y agosto de 1939,
en lo que en Europa se gestaba la segunda y
definitiva Gran Guerra, entre el rugir de tanques
que se acercaban a las fronteras, bajo el peso
reciente y doloroso de la derrota, rápida e
impulsivamente, escribió Max Aub estas dos
novelas. Esta circunstancia acrecienta, sin duda,
el valor de ambas obras y provoca en el lector un
asombro mayor, porque se trata de textos
apresurados pero no atropellados ni “momentáneos”,
no son gritos inconexos de frustración y enojo,
algo a lo que el autor, por otra parte, tendría
pleno derecho. Muy al contrario, nos encontramos
con un texto de cuidada estructura y un estilo
esplendoroso, una novela donde no se descuida la
profundidad psicológica de los personajes ni se
renuncia a la belleza de la prosa. El lenguaje es
exquisito y pletórico, enriquecido además por la
pasión, la fuerza que se respira en cada línea
del texto.
En
“Campo abierto” asistimos a los primeros
avatares de la guerra, principalmente a la presión
que las tropas rebeldes comienzan a ejercer sobre
Madrid. La guerra parece que va a ser cosa de días:
las tropas de Franco ya han tomado los pueblos
cercanos y, día a día, van entrando en los
barrios periféricos de la capital. Carabanchel,
Villaverde, Aluche... Los hombres conjeturan sobre
el posible apoyo francés, hablan de su triste
condición ante la inminencia de la muerte, tratan
de establecer reglas para el hecho casual de no
ser alcanzados en cualquier momento por una bala.
Seres humanos que expresan sus dudas, sus
convicciones y sus miedos, sin que la devastación
cotidiana de los obuses ni la cercanía del
enemigo les haga llegar por ello a ninguna
conclusión definitiva y unánime. En “Campo
abierto” surgen las eternas preguntas de los
hombres planteadas de nuevo en toda su extensión,
unas preguntas que de nuevo quedarán sin
resolver.
Max
Aub toma partido en “Campo abierto” por los
sitiados, por los agredidos en general, pero no
por ello su inmenso genio narrativo se olvida de
describirnos y transmitirnos vívidamente la
indignación y la rabia que mueve al otro bando,
el coraje y la angustia de los otros, quienes
teniendo el Palacio Real a la vista (sólo tienen
que cruzar la maldita Casa de Campo), se ven sin
embargo detenidos por la grotesca resistencia que
ofrece un grotesco batallón de peluqueros
reclutados a toda prisa.
Inevitable
es acordarse en este punto de Galdós y sus
“Episodios nacionales”. Sabemos que Max Aub
leyó las crónicas del escritor canario durante
la guerra y que era un autor al que admiraba
profundamente, desmarcándose en este punto de la
opinión general, heredada de los escritores del
98, que tenía a Galdós por un escritor
“garbancero”. Max Aub no sólo no compartía
esta opinión, sino que “El laberinto mágico”
está concebido, en gran parte, como una suerte de
continuación de los “Episodios nacionales”.
En estos dos primeros libros de la serie, al
menos, se aprecia una clara influencia galdosiana,
en la disposición de las escenas, en la concepción
de los personajes, en su movilidad a todo lo largo
de la serie. “Campo cerrado” guarda incluso un
cierto tono de narración decimonónica, de crónica
de guerras carlistas; sin embargo, estamos en otro
siglo, el horror es cierto y contemporáneo, ya
asoma, de hecho, por las primeras casas de Usera.
Ante esto, el estilo antiguo se queda corto,
insuficiente, y Max Aub se ve obligado a crear una
forma propia de decir, una manera
sorprendentemente rica a la hora de nombrar las
cosas, prodigiosamente bella en los adjetivos e
insobornablemente moderna, en la línea de la más
avanzada vanguardia novelística de aquel tiempo y
de las nuevas concepciones filosóficas sobre la
naturaleza humana.
Mucho
se ha hablado acerca del estilo de Max Aub y mucho
se ha criticado en algunas ocasiones. Es indudable
que, en el conjunto general de la obra, sobre la
magia de algunos fragmentos se superpone un gusto
demasiado recurrente por los retruécanos y los
juegos de palabras, en ocasiones muy fáciles; es
indudable que a veces la facundia de Max Aub se
convierte en una prolijidad excesiva, en una poco
menos que molesta verborrea. Pero todo ello se da
por bien empleado cuando intuimos que, en
cualquier página, puede aguardarnos una frase
preclara y exacta para escoger como lema vital. La
sinceridad y la fuerza de Max Aub lo disculpa
todo, si es que hubiera algo que disculpar,
porque, en todo caso, líbrenos Dios de los
escritores sumamente comedidos y perfectos.
“Campo
de sangre”, el tercero de los libros, fue
escrito entre 1940 y 1942, dos años en los que
Max Aub estuvo internado en diversos campos de
concentración franceses, temiendo siempre ser
entregado, por judío (que no lo era), por
comunista (que tampoco) y por perdedor (que sí) a
las tropas alemanas de ocupación. En “Campo de
sangre” el cerco sobre Madrid se ha
estabilizado, gracias al apoyo de las Brigadas
Internacionales que, en la última frase de
“Campo abierto”, suben para ayudar a la
defensa de Madrid. La población republicana, sin
embargo, presiente que la derrota es inevitable.
Aub nos habla, entre otras, de la batalla de
Teruel, y nos describe una Barcelona opresiva,
llena de espías y delaciones. Como brutal y
verdadera metáfora, “Campo de sangre”
concluye con una espeluznante imagen del metro de
Barcelona convertido en inmenso refugio.
“Campo
francés” fue escrito en 1942 a bordo del barco
(Serpa Pinto) que trasladaba a Max Aub a México y
a la libertad. Este cuarto libro supone una
ruptura dentro del ciclo de “El laberinto mágico”;
por una parte, no se trata de una novela
propiamente dicha, sino de un texto con estructura
de guión cinematográfico (Aub había colaborado,
durante la Guerra Civil, con Malraux, en el rodaje
de la célebre película “Sierra de Teruel”);
por otra parte, la acción no se sitúa en el
campo de batalla español, aunque la Guerra Civil
permanece como trasfondo de la obra. Sobre este
telón va alzándose, día a día, noticiario a
noticiario, el drama de la Segunda Guerra Mundial,
ante la pasividad de los “imbéciles”, como
los califica Aub, ante la impasibilidad de quienes
no quieren saber nada de política, vuelven la
vista hacia otro lado y sólo quieren pasar
desapercibidos. “Campo francés” transcurre en
una de tantas cárceles francesas donde se
encuentran detenidos todos aquellos extranjeros
“con antecedentes” a los que las autoridades
galas echaron mano en los primeros días de la
guerra. Entre ellos se encuentran muchos antiguos
republicanos españoles y muchos de aquellos
“imbéciles” a los que por su sólo acento o
apellido han retirado de las calles y que no paran
de proclamar que, en su caso concreto, se trata de
un error. “Campos humanos” es una sucesión de
tipos humanos descritos admirablemente, y
admirablemente puestos ante la necesidad de tomar
una decisión.
En
1962, a los veinte años de haberse instalado en México,
Max Aub retoma “El laberinto mágico” y
escribe la quinta novela del ciclo: “Campo del
moro”. En esta novela, Aub nos describe un
Madrid al borde de la rendición, una ciudad
entregada casi a su suerte y que resiste sólo por
puro instinto, por una costumbre trágica
ejemplificada en ese personaje que, diariamente,
antes de salir y al volver del trabajo,
aprovechando que su casa ha quedado junto a la línea
del frente, descerraja un par de tiros contra el
bulto. Abundan en este panorama las dudas sobre lo
que sea el valor, sobre la sensatez de la
resistencia, sobre si es o no una idea de locos el
querer seguir viviendo.
El
protagonista de “Campo del moro” es la traición,
el golpe de estado a la desesperada que sustituyó
el gobierno procomunista de Negrín por el de
Casado y Besteiro, militar y político
respectivamente que aún creían en una rendición
honrosa a las tropas de Franco. Contra Casado y
Besteiro vierte Max Aub algunos de sus párrafos más
duros, acusándoles de haber traicionado un ideal,
por más que aquel ideal estuviera ya
irremisiblemente perdido. Pero seguramente, como
siempre creyó Aub, el final de los ideales es ser
aniquilados, no rendidos. Porque, al fin y al
cabo, para lo que iba a servir aquella capitulación...
El final de la novela: un obús que cae sobre un
cortejo fúnebre acabando con los pocos vivos que
forman la comitiva, constituye de nuevo una metáfora
de primera magnitud.
“Campo
de Almendros” es el último y el más famoso de
los seis libros del ciclo. Publicado en México en
1967, “Campo de Almendros” nos cuenta la catástrofe.
Son las últimas semanas de la guerra. Madrid ha
caído, o debe estar a punto de caer. Los hombres
vagan por el campo, confundidos, sin noticias. El
enemigo se mueve a sus espaldas, ignoran ya a qué
bando pertenece y qué intenciones trae aquella
pareja de guardias con la que se cruzan en el
campo. Esconderse y huir, siempre pidiendo agua y
comida en los pueblos al paso. “La orden es
marcharse. Como se pueda”. Hombres y mujeres
huyen en desbandada, citados para continuar juntos
la huida en lugares a los que no saben si se puede
llegar, si están ya en poder del enemigo. Los
partes no dicen nada. ¿El objetivo de la mayoría?
Valencia, Alicante, donde se rumorea que hay
barcos aguardando para llevarles al exilio. “En
la ciudad, a oscuras, se mueve la gente como arañas
o lombrices”.
Al
final, y llevada por un raro instinto de
supervivencia, toda aquella multitud de fugitivos
converge en el puerto de Alicante, en espera de un
barco. Pasan los días, menudean los suicidios. El
barco no llega y cuando, por fin, un buque aparece
en la bocana del puerto, espera a encontrarse a sólo
unos metros del muelle donde los vencidos
comienzan a acarrear sus bártulos y sus escasas
pertenencias, donde se intenta respetar el orden
de embarque establecido, para desplegar la bandera
del ejército vencedor y hacer sonar por los
altavoces la Marcha Real.
“Campo de los Almendros” se llama así por la gran explanada poblada de almendros junto a la ciudad de Alicante donde fue improvisado un campo de concentración en que recluir a los capturados en el puerto. Al final, el esfuerzo por orientarse ha sido inútil, los hombres de Max Aub han caído en la sima del laberinto, en el oscuro cubil del Minotauro. “Pasará el tiempo que pasará (...) pero lo evidente, lo que nadie podrá ocultar ni borrar es que se mató porque sí”, podemos leer en las últimas páginas de este escalofriante libro con el que se cierra “El laberinto mágico”. Un ciclo novelístico que, como me anunciara mi amigo, es auténtica, gran literatura, folios extraños y únicos que mueven al lector a cambiar su concepción del mundo.
©Miguel Baquero 2003
