
Cartel de ©Manolo Valdés
Articulo

por
©Guillermo Samperio
Guillermo
Samperio. México
1948.Combina su dedicación a la literatura
con actividades profesionales, académicas y
culturales. Se le ha concedido entre otros, El
Premio Casa de las Américas en 1977, el Premio
Nacional de Periodismo Literario al Mejor Libro de
Cuentos o el Premio Instituto Cervantes
de París Juan Rulfo 2000. Su obra ha sido
traducida a varios idiomas y ha participado en
diferentes antologías. De sus títulos de
cuentos, novela o ensayo cabe destacar: Cualquier
día sábado (1974), Gente de la
ciudad (1985), Anteojos para la
abstracción (1994), Miedo
ambiente (1994), ¿Por qué
Colosio?(1995), Ventriloquía
inalámbrica (1996), Cuando
el tacto toma la palabra. Cuentos
1974-1999, Tribulaciones para el
siglo XXI, La cochinilla y otras ficciones
breves (1999), El fantasma de la
jerga (1999), Los
franchutes desde México (2000), Humo
en sus ojos (2000) y Y después
apareció la nave. Recetas para nuevos cuentistas
(2002) y La mujer de la gabardina roja y
otras mujeres (2002)
la editorial Paginas de Espuma. Este articulo
que hoy reproducimos está escrito en exclusiva
para Literaturas.com
Independientemente
de la causa que los haya llevado a abandonar la
nación que los vio nacer, puede decirse que
existen tres tipos de exiliados: primero, aquel
que añora el regreso y asume su extranjería como
algo pasajero, por lo que se preocupa en conservar
sus raíces culturales sin mezclarlas demasiado
con las de la nación huésped; segundo, aquel que
decide romper cualquier lazo con su país de
origen y se integra a la cultura y la sociedad que
lo acoge, incluso si ello implica renunciar a su
lengua materna; y tercero, aquél que añora no sólo
su país sino la época en que lo abandonó; sin
embargo, si es que logra regresar, se decepciona,
pues se da cuenta de que la tierra de sus amores
ya no es la misma, y como tampoco logró
integrarse al país que lo acogió ni a la época
que le tocó vivir, se convierte, pues, en un
exiliado en el espacio y en el tiempo, en un
eterno exiliado.
Ejemplos
del primer tipo abundan; del segundo son menos,
pero del tercero son excepcionales. Uno de ellos
es Max Aub, escritor nacido en Francia en 1903,
que vivió su infancia y primera juventud en España,
cuya lengua adoptó como única para expresarse
literariamente, y que habitó el resto de su
existencia en México, donde murió en 1972, país
del que adoptó la nacionalidad por agradecimiento
y razones prácticas, pero al que nunca se sintió
integrado. Siempre se consideró un escritor español,
aunque gran parte de su obra la escribió y publicó
fuera de España. Pero no sólo eso. Fue un
escritor español de una época muy específica:
la Guerra Civil, pues pocas veces se entretuvo en
otra cosa que no estuviera relacionada con esa
etapa de su vida y de la historia ibérica.
Aux
fue autor de una obra triplemente monstruosa.
Monstruosa en sus proporciones, monstruosa en sus
intenciones y monstruosa en sus resultados. Pero
no se me malinterprete, pues el
adjetivo”monstruoso” sirve lo mismo para
referirse a lo horrible que a lo que sale de lo
común.
En
efecto, la obra de Aub es amplísima, pues cultivó
lo mismo el teatro que la narrativa, tanto la
novela como el cuento, el guión cinematográfico
e incluso la poesía y las artes plásticas. Sus
obras completas (que aún no terminan de
publicarse) abarcan 14 volúmenes, incluyendo sus
papeles inéditos.
Se
planteó como objetivo hacer la crónica (más
periodística que literaria, más vital que artística)
del acontecimiento que lo dejaría marcado de por
vida, que lo llevaría al exilio, a padecer el
calvario en dos campos de concentración y a añorar
una España única e irrepetible, que no se cansó
de hacerla vivir para siempre en sus obras, con el
prodigio de su memoria y su talento literario.
En
Hablo como
hombre (1967), Aub se describe así:
“Escritor español y ciudadano mexicano, me hice
hablando un idioma extranjero —nadie nace
hablando— que resultó ser el mío. Poco le debo
a los demás, mucho a mí mismo o lo que es casi
igual: todo a los demás. Me forjaron a fuerza de
golpes, como crecen todos los hombres. Tuve
algunos amigos —pocos—, la mayoría han
muerto. Me siento más a gusto con los jóvenes
que con los viejos.
“No
alto ni bajo, más bien feo, me gustó lo bueno,
lo que me sabía bien”.
“Usé
lentes desde muy joven porque nunca pude ver
lejos. Hablé mal y con peor acento y me dejé
siempre convencer por cualquiera. Aprendí poco de
los hombres, creyéndolos parecidos a mí. Me
hubiera gustado saber mucho más de lo que sé,
tener memoria y no andar dando vueltas alrededor
de mí mismo”.
Aub
nació en París el 2 de junio de 1903, de padre
alemán y madre francesa; de origen judío, vivió
desde los 11 años en Valencia y al llegar a la
mayoría de edad optó por la nacionalidad española,
elegida ya por sus padres. Pese a su formación
francesa y alemana, escribió siempre en
castellano. Nunca se sintió ni francés ni alemán
ni mexicano. Tampoco judío, aunque lo fuera su
familia. “Nada tengo que ver con estas
gentes”, escribió tras su primera visita a
Israel en 1967. Su nombre, su acento extraño le
hacían parecer distinto, pero siempre se sintió
español, aunque de una España que dejó de
existir en 1939 y que sólo sobrevivía,
fantasmalmente, en su propio exiliado recuerdo.
En
La gallina
ciega, el diario de su fugaz regreso a España
en 1969, con pasaporte mexicano, dejó clara
muestra de lo poco que simpatizaba con un país
que alguna vez había sido el suyo. A Max Aub le
molestó enormemente que su nombre fuera prácticamente
desconocido en el panorama intelectual español, y
lo fue no sólo durante la dictadura franquista
sino incluso hasta hace muy poco. Ni siquiera en
el periodo de la transición su nombre se
pronunciaba con conocimiento de causa y no se
incluía en la historia de la literatura española
ni en la llamada “del exilio”.
A
Aub le dolía el ninguneo del que siempre fue víctima,
incluso en México, donde gracias a la amistad que
sostuvo con otros exiliados españoles, como
Arnaldo Orfila y Enrique Diez-Canedo, logró
publicar sus libros en importantes editoriales
como el Fondo de Cultura Económica y Joaquín
Mortiz. Sin embargo, sus obras no tenían la
repercusión ni las ventas que él deseaba y
pronto se convirtió en un escritor autoeditado,
al grado de que inició la publicación, en 1949,
de una revista “personal” llamada Sala
de espera, en la cual, durante 30 meses, Aub
escribía lo que le venía en gana.
Una
lectura de sus Diarios
(editados recientemente en dos tomos por CONACULTA
para conmemorar el centenario de su nacimiento),
permite concluir que Aub se pasó la vida
exasperado, descontento de todo y de todos, hasta
de su propio nombre: “Si yo me hubiera llamado
Juan Fernández, que distinta habría sido mi
vida”. Su mal humor lo hizo padecer una úlcera
que lo llevó a tomar 100 gramos de leche cada
hora desde 1945, lo que a su vez le provocaba aún
peor humor y despotricaba contra todo y contra
todos. En la entrada del 4 de junio de dicho año,
escribió: “150 gramos de leche cada hora. Doy
una chupada a un cigarro y se me agria la leche.
Me parece que no tomo otra cosa desde que nací.
No salgo de casa. Leí
Madame
Bovary. Confirmo
mi vieja impresión. Es una buena novela pero nada
más. Lo demás fue propaganda, el juicio y el
tiempo. La política tuvo evidentemente que ver en
el éxito”.
No obstante, en los últimos años la obra de Aub ha vuelto a ser revalorada, gracias a múltiples iniciativas, como la creación en 1988 de la fundación que lleva su nombre, la cual, además de encargarse de la preservación de su biblioteca y archivo, así como de la edición de sus obras completas, ha establecido un prestigiado concurso literario, en el que han resultado triunfadores varios autores mexicanos, como el joven cuentista Tlilkówatl Armando Morón Martínez.
Quizá uno de los mayores espaldarazos para esta revaloración de Aub haya sido en 1996, cuando al ingresar como el miembro más joven de la Real Academia Española, el escritor Antonio Muñoz Molina dedicó su discurso a la vida y la obra de este autor. Asimismo ha contribuido la cuidada edición de varios de sus libros por parte de la barcelonesa Editorial Alba, algunos de los cuales permanecían inéditos en territorio español. Finalmente, en este 2003 se están llevando a cabo una serie de actividades (congresos, reediciones de sus libros, puesta en escena de sus obras teatrales, exposiciones, etcétera) para conmemorar el centenario de su nacimiento.
Cuando
terminó el bachillerato, Aub se dedicó al
comercio y por exigencias del trabajo recorrió
España. Ingresó al Partido Socialista en 1928.
En 1936 dirigió un periódico. Poco después se
desempeñaría como agregado cultural de la
embajada española en París. Como tal, gestionaría
en 1937 el encargo y la compra del famoso
“Guernica” de Pablo Picasso para la Exposición
Universal. Colaboró con André Malraux, ministro
de Cultura en la Francia del general Charles de
Gaulle, en la película rodada por el literato
francés titulada “Sierra de Teruel”, basada en su
novela L´espoir (La
esperanza). Pero poco después regresó a España,
de donde no volvería a salir sino hasta enero de
1939. Al terminar la guerra civil española, se
exilió a Francia y allí fue capturado y enviado
a un campo de concentración argelino. El gobierno
colaboracionista de Petain enviaba a diversos
campos de concentración a todos los
"sospechosos" de comunismo o judaísmo.
Para desgracia de Aub, todo en él resultaba
sospechoso: su apellido, su acento, su aspecto, su
filiación socialista. Durante tres años, Aub penó
por varios campos, como el de Arlés, hasta que
finalmente fue enviado como esclavo para el
tendido ferroviario de Argelia.
De
allí lograría escapar con peripecias dignas de
una novela de aventuras. El escritor
norteamericano John Dos Passos le consiguió un
visado que Aub no pudo utilizar porque, en el último
momento, perdió el barco que inicialmente debía
llevarle a México. Gracias a las gestiones de
Gilberto Bosques, entonces cónsul general de México
en Francia, Aub pudo zarpar por fin del puerto de
Casablanca hacia México en septiembre de 1942.
En
México, le acogería su querido Enrique Díez-Canedo,
entre otros exiliados amigos suyos, y lograría
vivir dedicado al cine y la promoción cultural.
En esto fue afortunado, aunque él se lamentara
constantemente de su suerte, pues le tocó
disfrutar de los años de la llamada “Epoca de
Oro” del cine nacional, como guionista y
funcionario universitario. En ese entonces también
llegó a México Luis Buñuel, con quien mantendría
una intensa amistad y lo contactaría con la
burocracia cultural de la época.
Max
Aub siempre vivió con el deseo de regresar a España.
Sin embargo, los hechos le irían convenciendo de
que la dictadura franquista no era efímera. A los
pocos años logró que su familia (esposa e hijas)
se trasladara a México. Su madre se quedó en
Valencia y no pudo verla hasta 1958, y no en España,
cuyo suelo le estaba vedado; lo hizo fugazmente en
el sur de Francia, adonde pudo viajar después de
siete años de gestiones para que el gobierno
francés le permitiera volver a pisar el país.
Finalmente, Aub no regresaría a España sino a
principios de los años setenta. Recogería sus
desencantadas impresiones en el ya mencionado tomo
diarístico La
gallina ciega. Volvió a México para morir,
en 1972.
Como
ya se ha dicho, Aub cultivó una obra múltiple en
la que ocupa un lugar especial el teatro. En una
primera etapa, su obra dramática fue de carácter
existencialista, donde planteó los problemas de
la comunicación humana, como en “Crimen” y
“El desconfiado prodigioso”. Aunque también
escribió farsas tales como "Espejo de
avaricia”, en las que trató de demostrar que
ningún género se le resistía.
En
otros dramas, escritos en el exilio, dio
testimonio de las terribles consecuencias de la
Segunda Guerra Mundial, así como del doloroso
exilio y las penalidades de la izquierda
derrotada: En obras tales como “San Juan” y
“El rapto de Europa o siempre se puede hacer
algo”, abordó el éxodo del pueblo judío, y en
“Morir por cerrar los ojos”, expuso los
sufrimientos de los exiliados en Francia.
Sin
embargo, es unánime la apreciación de que fue en
la narrativa obtuvo sus mayores logros. Cultivó
la novela, género en el que sobresalió con su
conjunto de seis obras, que forman un ciclo
narrativo titulado El
Laberinto mágico y que inició en 1954, cuya
unidad temática es la Guerra Civil Española.
Todos los títulos de las novelas empiezan por
Campo: Cerrado, de Sangre, Abierto, del Moro,
Francés y de los Almendros. Fue su pesimismo por
la pérdida de la esperanza en el triunfo de las
ideas progresistas el que lo llevó a escribir
este retablo histórico de la vida española
durante dicho periodo histórico, y para muchos
constituye su obra magna.
No
obstante, Max Aub también escribió sobre otras
épocas de la historia de España; por ejemplo, en
La calle de
Valverde describió el ambiente madrileño en
la dictadura de Primo de Rivera, y en Las
buenas intenciones rememoró la España de
preguerra a través de las aventuras y desdichas
del protagonista, que nunca consigue hacer
realidad sus proyectos y ambiciones y cuya nobleza
de propósitos es burlada por la dureza de la
vida.
Aub
también cultivó el relato corto. Lo practicó
con frecuencia aunque siempre centrado en los
temas de la guerra y el exilio. La gran mayoría
de estos relatos están reunidos en el volumen
titulado Enero
sin nombre: los relatos completos del Laberinto mágico,
publicado por Alba Editorial en 1994. Sin embargo,
también cabe destacar que, aunque brevemente, Aub
frecuentó el género fantástico y maravilloso
con especial acierto y calidad. Una muestra de
ello se encuentra en el libro Escribir lo que imagino, selección
publicada por la misma Alba Editorial.
La revaloración de la obra de Aub ha provocado opiniones encontradas. Para algunos, es un precursor de la narrativa reciente, mientras que para otros es un escritor que publicó pocas cosas rescatables. Para el crítico Sebastián Faber, del Oberlin College, de Estados Unidos, Aub fue “uno de los pocos escritores que supo aprovechar la precaria condición del exilio para desarrollar una escritura original, experimental y altamente comprometida, sin dejarse tentar por la retórica mitificadora, ni por la parálisis creativa que afectó a muchos de sus compañeros exiliados”.
Continúa
Faber: “Desde el principio de su destierro, Aub
supo evitar la retórica grandilocuente y las
tendencias mitificadoras que predominaban en gran
parte de la producción textual de sus compañeros
exiliados. Escritor comprometido, siempre sintió
como obligación suya dar cuenta de lo que vio y
vivió durante la guerra civil y después; pero su
gran sentido del humor y de la ironía, su
admirable capacidad distanciadora, le permitieron
cumplir esta tarea mejor que nadie”.
Formado
literariamente en la vanguardia de la segunda década
del siglo XX, Aub interpretó el dilema
existencial del exilio como una licencia para
dedicarse a la experimentación, en un intento
sistemático por derrumbar los muros entre la
ficción y la historiografía. Para Aub, dice
Faber, la condición “ficticia” de la
existencia desterrada sirve para liberarse de la rígida
separación entre ficción e historia, y para
entregarse a la invención de historias paralelas,
imposibles pero más justas que la historia real.
Es su manera de vengarse, en cierto modo, de la
“mala pasada” que la historia verdadera le jugó
a la utopía de la Segunda República española.
En
este sentido, su magnum
opus, la ya mencionada serie del Laberinto
mágico, es una obra historiográfica en forma
de novela y guión cinematográfico, mientras que
otra de sus obras, Jusep
Torres Campalans, publicada en 1958, es una
biografía apócrifa de un pintor inexistente, que
incluso compartió momentos vitales con Pablo
Picasso. El libro
incluye pinturas y grabados de este pintor de
ficción, los cuales, desde luego, fueron
realizadas por el mismo Aub. E incluso en Estados
Unidos se montó una exposición.
En
el colmo del artificio, Aub realizó una antología
de poesía, traducida por él. Dicha selección
es, por cierto, francamente (o deberíamos decir:
deliberadamente) mala, coja, falta de verdadero hálito
poético. Sin embargo, hay que destacar que se
incluyen autores de todos los países, con
composiciones japonesas, chinas, francesas, con
poetas rarísimos, cuyos nombres se podrán buscar
en vano en todas las enciclopedias o compendios
literarios, porque simple y sencillamente no
existen. Todo es espurio, producto de la imaginación
de Aub. Ficción disfrazada de verdad.
No
por nada, Héctor Brioso Santos no duda en
denominar a esta parte de la obra de Aub como
“fraude universal”: “No es que acusemos al
refinado Max de ser un escritor fraudulento,
defraudador, insincero. Es que nuestro emigrado y
desplazado casi eterno, fue, además de honesto
escritor, un más que habilidoso, deshonesto
y artero falsificador de productos biográficos
y poéticos, un perpetuo embaucador de lectores
ingenuos”. El mismo Aub lo planteaba así: “El
planteamiento de los problemas de realidad y
realismo, de irrealidad e irrealismo, me ha tenido
siempre sin cuidado, me importan la libertad y la
justicia”.
Entre
todas estas elucubraciones sobre realidad y ficción,
sobresale el
cuento "La verdadera historia de la muerte de
Francisco Franco", el cual fue recientemente
adaptado al cine por Arturo Ripstein con el título
de La virgen
de la lujuria. Se trata de una crítica a las
estériles disputas de los exiliados republicanos
en México, de los que obviamente Aub estaba ya
hasta el copete. En esta historia Aub asesina a
Franco a través de un mesero mexicano que está
harto de escuchar las tertulias del café donde se
reunen los refugiados españoles. Ahí todos
planean lo que harían cuando Franco dejara el
poder, cómo sería la vida cuando el dictador
español ya no existiera, pues sólo entonces podrían
regresar a España. Todo termina por marear al
pobre mesero que decide, finalmente, ir a España
y asesinar a Franco para que todos los españoles
regresen a su país y lo dejen en santa paz.
El
estilo literario de la obra narrativa de Max Aub
está marcado por rasgos fundamentales que se van
agudizando a lo largo de sus novelas y cuentos: el
estilo dialogado y las descripciones de paisajes y
escenarios concisas, ágiles, como pinceladas, de
gran efectividad: “La noche, fresca; el capote,
húmedo; la luna, entrevista, sale y se cubre. La
luz varía al capricho de las nubes”.
Otra
característica recurrente es la de señalar el
retrato inmediato de cada personaje que aparece,
por muy fugaz que sea su función en la trama, así
como la exposición sucinta de la vida del mismo,
a modo de pequeño cuento inserto en la historia
general.
Sin
embargo, sus más agudos críticos le espetan a
Aub un defecto definitivo: el rebuscado y abusivo
uso que hace del lenguaje y de los géneros. Por
ejemplo, no sólo emplea vocablos en desuso sino
que utiliza vocablos que jamás se han usado.
Asimismo, su afán de querer contarlo todo roza a
veces el paroxismo, pues antes de poner a un
personaje en acción detalla sus peripecias
previas, cuando sería mucho más eficaz,
literariamente hablando, irlas desmigando a medida
que el personaje recorre las páginas.
Pero
a Aub no sólo eso le tiene sin cuidado. En Campo
abierto, una de las novelas del ciclo, en un
pasaje donde retrata apenas con pinceladas la vida
de los peluqueros de Madrid que intervinieron en
la heroica resistencia de la villa. Eran más de
trescientos, y Aub los menciona uno por uno:
“Gabriel Prado, de la Unión de Cartagena, con
cerca de sesenta años a cuestas, cojo de una
cornada, mal hablado y de un genio de perros,
sobre todo los lunes por la mañana, porque los
domingos va a Leganés a ver a su hija, recluida
en el manicomio”, y así de corrido, si no con
los trescientos que nombra, porque se abstiene de
hacerlo con los aprendices, sí con cada uno de
los capataces. Prodigiosa esta capacidad de Aub,
como si su memoria e imaginación fuesen un
inabarcable almacén de gentes y relatos, la cual,
sin embargo, ha llevado a algunos de sus críticos,
como Santiago Fernández, a concluir que Max Aub
es un gran narrador, pero un mal escritor.
No
está aún claro el lugar que ocupa Max Aub en la
historia de la literatura española, como tampoco
lo está el de otros exiliados. Sin embargo, es de
esperarse que, con motivo de su centenario, suenen
voces que lo reivindiquen como uno de los más
importantes narradores del siglo XX, mientras que
para otros, será un escritor reconocido y
admirado por muchos, pero que nunca podrá
considerarse un clásico de nuestras letras.
Casi al final de su vida, tal parece que Aub tenía claro lo que había logrado. En la nota preliminar de su antología Mis mejores páginas, publicada en 1966 en España y reeditada en 2000, afirmó: “Me ha faltado rigor, dejándome llevar por mi gusto y cierta irresponsabilidad. No hice sino escribir porque es lo único que me divierte. Llevo la literatura en la sangre. Mi amargura es no ser mejor escritor del que soy. Digo, mintiendo: "Hice lo que pude".
©Guillermo Samperio 2003
