![]()

Cartel de ©Manolo Valdés
Articulo
Max Aub: Un itinerario de espera

©Fundación
Max Aub
por
©Cecilia Eudave
“Pese a lo que pueda parecer en su
soledad, Sala
de Espera no es un esfuerzo singular, sino que
tiende a encajarse hombro con hombro, hombre con
hombre, solidariamente, con el trabajo de todos
por la reconquista de España, tan perdida hoy en
brazos de la crueldad, la desfachatez, lo necio
cerrado, la mentira y la cursilería”
Cuando Max Aub afirmó lo anterior no sólo
trazó la línea que seguiría esta revista
personal y singular; no sólo se enfrascó en una
búsqueda poética, comprometida con su pasado
excluyente; no sólo habló de esa España
tormentosa que dejaba atrás: México se integró
a su universo y participó como un espacio
propiciatorio para la recuperación, para el
descubrimiento de una cultura hermana y para una
asimilación regeneradora. Sala de Espera
fue un ejercicio de soledad forzada y de
nostalgia; donde el punto de referencia que
permitió la reinstalación de la voz poética y
del impulso vital fue el material primero de esa
misma voz: la palabra, la palabra en español. Así,
para Max Aub, la ruptura no fue ni radical ni
pasiva. El título de la revista da cuenta de una
fe profunda; de una convicción de cambio, ahí
donde todo parece haberse detenido. Sala de
Espera inicia en junio de 1948 y termina de
editarse en marzo de 1951. Esta publicación -
donde sólo él escribía - se distribuía
por entregas y fue gracias a los
suscriptores y a Gráficos de Guanajuato que logró
publicar una treintena de fascículos.
La
tenacidad de este escritor - “judío errante”
y hombre múltiple - lo llevan a comenzar esta
aventura literaria, que bien pudo ser un diario o
bitácora de un navegante desterrado a muchos
mares, a demasiadas tierras. Max Aub toma como
plataforma esta revista y desde ahí empieza a
dibujar un mapa mental, a construir sus futuros
textos. De Sala de Espera, saldrán los
poemas que reúne en Diario de Djelfa; el
cuento “Librada” aparecerá después en
la obra Historias de Mala muerte; “La
verdadera historia de los peces blancos de Pátzcuaro”
fue publicada en Cuentos mexicanos con pilón,
y muchos de sus “Crímenes” en
Crímenes ejemplares, por citar sólo
algunos ejemplos. De esta manera, va reencontrándose
consigo mismo, con su pasado inmediato y con su
nueva circunstancia. La espera se convierte,
entonces, en una necesidad primordial, en una
estrategia de vida, en una actitud creativa.
Esta
última cualidad se imprime es su basta y polifacética
carrera literaria y vivencial: teatro, ensayo,
poesía, cuento, novela. Su búsqueda infatigable
es por encontrar en la escritura, y en la lengua
española, un hogar que calmará y sintetizará su
itinerario biológico: madre francesa, padre alemán.
Nacimiento en París, estancia en Valencia. Campos
de concentración en el norte de África. Exilio
en México. ¿Ironía, entonces, pensar que un
vagabundo de las ideas y de la vida, como él,
decida iniciarse o reconciliarse consigo mismo y
con la patria arrebatada en una “sala de
espera” literaria? Tal lo pareciera, ya que como
Max Aub lo señala, en una nota introductoria a
sus entregas mensuales: “Esperar, tener
esperanza de conseguir lo que se espera. Creer que
ha de suceder alguna cosa. Permanecer en un
lugar... hasta que ocurra algo que se cree próximo.
Ser inminente o estar próxima alguna cosa”[1].
Max
Aub, conciente de la aberración que su país
atraviesa, conciente de su propio pasado de
intensa movilidad, decide esperar. De diferentes
modos, con distintas actitudes, pero esperar. Y
será bajo esas cuatro perspectivas que aquí
trataremos de hablar de la vida de Max Aub: desde
su arribo a México hasta la finalización de la
publicación de su revista personal.
Esperar, tener la
esperanza de conseguir lo que se espera
Al llegar a México, Max Aub puede
considerarse como un personaje de tragedia: como
si le persiguiese un enorme presagio, como si se
viera a sí mismo cual fatigado Ulises que debe
tomar ruta incierta, sin saber qué será de él,
y qué será de su familia. Max Aub desembarca y
su familia queda en España. Otra ruptura, otra
fragmentación para sumar a
su vida errante. Así, inicia su espera con
la esperanza de conseguir, de recuperar a su
esposa y a sus hijas. Y comienza a trabajar en la
industria cinematográfica mexicana: “Sin un céntimo,
caí en la redes del cine nacional para mi mayor
vergüenza”. Todo esto va formando en él un carácter
de premura que se vuelve paciencia al mismo
tiempo, extraña paradoja, que él mismo señalará
poco después, en su revista personal, con el refrán,
“el que espera desespera”, como si tuviese que
aprender a recibir lo que llega, sin forzar sus
entradas y sus salidas, sin depender de él:
estatua móvil. Sin embargo, Max Aub supo
conciliar el tiempo estático con la ilusión del
cambio, para no desesperarse, para no abandonarse
a lo que vendrá sin un plan fijo, para no sentir
tanto dolor de estar anclado donde no se debe
estar, lejos de lo propio. Porque México fue un
espacio de tránsito, un lugar de mediación entre
el pasado – España - y el futuro – España -.
México como un presente altereo que no era su
futuro certero, sino el puerto donde sus ideales
habían desembarcado para recuperarse de la
derrota.
Y
continuó su vida como escritor, para imponer su
individualidad en tierras ajenas, escribió La
vida conyugal, obra que le abrió las puertas
a la dramaturgia mexicana, siendo el primer
hispano al cual se le montaba una obra en el
teatro más importante de México: el Virginia Fábregas.
Poco después logra reunir a más de 150
intelectuales mexicanos y españoles con la
publicación de su libro Morir por cerrar los
ojos. Bajo esa premisa, la de no desesperarse,
continuará trabajando afanosamente para
recuperar, en la inmovilidad de su presente
activo, la esperanza del que espera.
Creer
que ha de suceder alguna cosa
Después de la dura adaptación a su nueva vida, Max Aub intentará darle forma a este nuevo comienzo, e inicia en 1946 el proceso de asilo político para su familia. Ésto será su máxima preocupación mientras trabaja para lograr salir adelante. Lo cual consiguió el 22 de marzo de ese mismo año. Se cree y sucede. Ahora sólo queda la nostalgia de la tierra querida al otro lado del Atlántico, paraíso perdido que le llevará a escribir, a partir de toda esa experiencia vital que ha ido acumulando en sus destierros, en su búsqueda de estabilidad. Enrique Díez-Canedo escribe al respeto: “...en ese cambio sin reposo, late un sueño de molicie y quietud, un sueño de hogar, confinado entre cuatro paredes de una estancia en que sólo viven el amor en los corazones y la llama en la chimenea...”[2] Nostalgia por el espacio propio e intrínsecamente suyo, lucha por ser arraigado, ahí, de donde lo han expulsado. Por ello su obra siempre va sobre el discurso de la tragedia insondable e irremediable, por ello sus textos son como grutas que se descubren en la conciencia de sus lectores. Él habla desde sí y para los otros, siempre sus hermanos españoles, sus hermanos desterrados, sus hermanos hombres, porque está seguro de que la tragedia se puede compartir con todos, aunque cada cual la vive a su modo y cada cual la lleva como puede.
Permanecer
en un lugar...hasta que ocurra algo que cree próximo
En
Sala de Espera se verán inmersos su miedos
y sus fantasías, su dolor y su esperanza:
“El
hombre la ve caer, la ve inmóvilmente caer. La ve
caer para toda la vida. La ve llegar al suelo y
quedarse ahí debajo de la misma manera que caía
por el aire: la falda negra, las medias pajizas,
las ligas verdes. Un instante cree que sueña, que
ella se va a levantar, que no ha pasado nada.
(Fragmento del cuento “Muerte”, fascículo
2)”
En este fragmento, como en mucho otros de
sus entregas mensuales, se reiterará una y otra
vez, como un símil que se recupera en cualquier
anécdota, el sufrimiento por la España
republicana caída. Sin poder creerlo, sin poder
soportarlo, asumiéndose como una pesadilla.
Cuentos, poemas, teatro, reflexiones, fragmentos
que después se convertirán en novelas, repiten
una y otra vez la tragedia española y humaniza a
la patria, hablándole con plegarias y pidiendo
justicia desde un discurso que invoca la venganza,
la restitución de lo propio, la toma de
conciencia y el despertar de los otros:
“Y
vuélvenos a tu seno,
Y revuelca en tu infancia a los que te han
deshonrado,
Nosotros somos tuyos, España, en el
destierro.
Quisiéramos tener manos en tus costados,
Brazos por encima del Océano
Haz que se callen la boca,
Que nosotros no podemos.
Se ríen. ¿No los oyes? Se ríen de
nosotros,
Del amor que te tenemos,
De lo que somos,
¡Oh! Lejanos, lejanos desterrados.
Ven a salvarnos.
¡Oh España!, haznos tornar.
¿Hasta cuándo humearás tú contra la
oración
de tu pueblo verdadero?
(Plegaria a España. Fascículo 3)
Max Aub, sostiene en muchos de sus textos,
que los desterrados son los verdaderos hijos de
España, que los que han quedado allá, en el paraíso
perdido, son los usurpadores, lo que han hurtado
la libertad y la tierra. España se convierte,
como lo podemos observar, en este fragmento de
poema, en Madre y diosa, raptada por lo traidores;
los desterrados; son sus hijos vagabundos, que sólo
aguardan el regreso.
Porque
para el autor de Sala de Espera, el
destierro es un espacio no sólo físico, sino
también intelectual. Los que quedaron allá como
los que viven repartidos por el mundo son
desterrados, como él mismo lo señala en su artículo,
“Poesía desterrada y poesía soterrada” (Fascículo
5): “La pérdida de la guerra echó a los
mejores a los cuatro vientos... sin embargo, la
enorme mayoría está deseando salir del oscuro túnel
en que agonizan... Frente a la poesía desterrada
hay, en España, una poesía enterrada, o mejor:
soterrada, en espera de luz...”
Y en esa permanente denuncia del dolor
propio, Max Aub, intentará a lo largo de la
publicación de sus 30 entregas, no olvidarse de
su condición de exiliado, no olvidar su
compromiso de lucha, de ideales, de convicciones.
Pacto silencioso entre los españoles del exilio
desde su literatura escrita en voz alta: “el
acento desgarrador del desterrado, viva dentro o
fuera, es el mismo siempre.” Y sobre todo porque
hay que aprender a esperar en un lugar,
cualesquiera que sea, hasta que ocurra algo que se
cree muy próximo...mientras tanto:
Ando fuera de mí. Soy mi destierro.
Navegaré esta noche arrebatado,
Loco, desesperado, perseguido.
Ser
inminente o estar próxima alguna cosa
Termina
la publicación, y tres años de esfuerzo personal
se reducen a las siguientes palabras: "Aquí
acaba Sala
de Espera (no por mi gusto, sino porque cuando
hace tres años empecé a publicar estos
cuadernillos, no creí que el tiempo fuera tan
propicio en esplendidez, ni diera tanto de sí a
los españoles en mal de su tierra). Llevaban
camino de convertirse en Sala de estar, y no era
ése mi propósito (debió de serlo de justicia y
no pasó de la del crimen -de los crímenes-
cuando los más poderosos ofrecieron su
acatamiento a lo más inicuo). ¡Pobre y triste
España mía!, ¡Doce años de no pisarla y quince
pisoteada!"[3]
La
tristeza de Aub se trasluce no sólo en sus
palabras que denotan una desilusión, un pensar
que las letras no sirven de consuelo total y que a
lo mucho son el analgésico de un momento. Sala
de Espera ya no era ese esfuerzo primero y enérgico
que consolido su compromiso con España, sino
“una sala de estar” que podía resultarle
demasiado cómoda, donde sus palabras sólo fueran
eso: palabras que a fuerza de repetirse no
llegaran a ninguna parte.
Sin embargo, cierra de manera magistral,
con su cuento “Librada”, el tiraje de esta
revista:
“La
violencia, la delación, la hipocresía –o lo
que nosotros llamamos así-
han pasado de las clases dirigentes a las
masas, o está en trance de pasar; pero ya no como
tales, sino como vigilancia, deber y
sacrificio...” (Fascículo 30)
Max
Aub, culmina con un texto que ya no sólo habla de
la España que reclama, sino del mundo que lejos
de ayudar entierra a otros países en la miseria
de perderse así mismos. Su tormento reside en que
“...no condenan por el pasado, sino por el
futuro que suponen en cada uno (Librada, fascículo
30)”, y ese futuro lo alcanzará cada día con más
fuerza, confinado a obtener lo que aguardaba desde
que salió de su patria: volver, reencontrarse con
ella, que lo desconoce y además no lo reclama. La
desilusión propia y el desinterés de sus congéneres,
vuelven a convertirlo en un “peregrino en su país”.
Eso acaba por desmadejar su ya frágil salud, su
ya cansado ánimo. Entonces, España, podría
decir: “Lo maté por equivocación, así que ni
responsabilidad tengo ( Crímenes, fascículo
23).” Pero sí remordimiento, por ello vale la
pena recordar y quitarse el sombrero, por quien
tanto dio a las letras españolas desde
lejos...desde muy lejos, siempre con la certeza en
lo dudoso, pero con la esperanza puesta en los
hombre:
El
hombre es como la tierra,
Si
lo desbarbechas y aras,
Cuidas, abonas y siembras,
Las frutas serán granadas
Y
espléndida la cosecha...
(Lo cierto por lo dudoso, fascículo 13)
Se vuelve, entonces, imprescindible señalar que Max Aub fue un labrador que sembró en México - tierra donde consolidó su palabra y su voz castellana como instrumento - para recolectar desde aquí todos los frutos que quería restituirle a España: textos cargados de conciencia que se riegan por el mundo y hablan en voz alta de la fuerza de un país y de un idioma que se hermana con los hombres desde México hacia cualquier parte.
[1] Aub, Max, Sala de Espera, presentación Enrique Diez-Canedo, Ed.Pangea, INBA,SEP, México, 1987, p.13
[2] Idem. p.9
[3]
SOUTO
Alabarce, Arturo. “Letras” en El
exilio español en México 1939—1982. FCE,
México, 1982. 909 pp.
©Cecilia Eudave 2003
