Cartel de ©Manolo Valdés

Articulo

 

 Max Aub: Un itinerario de espera

©Fundación Max Aub

  por 

©Cecilia Eudave 

Cecilia Eudave. Guadalajara, México, 1968. Ha escrito tres libros de cuentos:  Técnicamente humanos, Invenciones enfermas, y Registro de imposibles. Es Doctora en Lenguas romances y  es profesora e investigadora en la Universidad de Guadalajara, México. Ha sido ganadora de varias becas de creación literaria a nivel nacional y fue mención en el certamen nacional de poesía Alfonso Reyes. Ha participado en varios libros colectivos de poesía. Es colaboradora en diversos suplementos y revistas culturales de México como en el extranjero. Es columnista y colaboradora de Literaturas.com en México.

 

            “Pese a lo que pueda parecer en su soledad, Sala de Espera no es un esfuerzo singular, sino que tiende a encajarse hombro con hombro, hombre con hombre, solidariamente, con el trabajo de todos por la reconquista de España, tan perdida hoy en brazos de la crueldad, la desfachatez, lo necio cerrado, la mentira y la cursilería”

            Cuando Max Aub afirmó lo anterior no sólo trazó la línea que seguiría esta revista personal y singular; no sólo se enfrascó en una búsqueda poética, comprometida con su pasado excluyente; no sólo habló de esa España tormentosa que dejaba atrás: México se integró a su universo y participó como un espacio propiciatorio para la recuperación, para el descubrimiento de una cultura hermana y para una asimilación regeneradora. Sala de Espera fue un ejercicio de soledad forzada y de nostalgia; donde el punto de referencia que permitió la reinstalación de la voz poética y del impulso vital fue el material primero de esa misma voz: la palabra, la palabra en español. Así, para Max Aub, la ruptura no fue ni radical ni pasiva. El título de la revista da cuenta de una fe profunda; de una convicción de cambio, ahí donde todo parece haberse detenido. Sala de Espera inicia en junio de 1948 y termina de editarse en marzo de 1951. Esta publicación - donde sólo él escribía - se distribuía  por entregas y fue gracias a los suscriptores y a Gráficos de Guanajuato que logró publicar una treintena de fascículos.

La tenacidad de este escritor - “judío errante” y hombre múltiple - lo llevan a comenzar esta aventura literaria, que bien pudo ser un diario o bitácora de un navegante desterrado a muchos mares, a demasiadas tierras. Max Aub toma como plataforma esta revista y desde ahí empieza a dibujar un mapa mental, a construir sus futuros textos. De Sala de Espera, saldrán los poemas que reúne en Diario de Djelfa; el cuento “Librada” aparecerá después en la obra Historias de Mala muerte; “La verdadera historia de los peces blancos de Pátzcuaro” fue publicada en Cuentos mexicanos con pilón, y muchos de sus “Crímenes” en  Crímenes ejemplares, por citar sólo algunos ejemplos. De esta manera, va reencontrándose consigo mismo, con su pasado inmediato y con su nueva circunstancia. La espera se convierte, entonces, en una necesidad primordial, en una estrategia de vida, en una actitud creativa.

Esta última cualidad se imprime es su basta y polifacética carrera literaria y vivencial: teatro, ensayo, poesía, cuento, novela. Su búsqueda infatigable es por encontrar en la escritura, y en la lengua española, un hogar que calmará y sintetizará su itinerario biológico: madre francesa, padre alemán. Nacimiento en París, estancia en Valencia. Campos de concentración en el norte de África. Exilio en México. ¿Ironía, entonces, pensar que un vagabundo de las ideas y de la vida, como él, decida iniciarse o reconciliarse consigo mismo y con la patria arrebatada en una “sala de espera” literaria? Tal lo pareciera, ya que como Max Aub lo señala, en una nota introductoria a sus entregas mensuales: “Esperar, tener esperanza de conseguir lo que se espera. Creer que ha de suceder alguna cosa. Permanecer en un lugar... hasta que ocurra algo que se cree próximo. Ser inminente o estar próxima alguna cosa”[1].

Max Aub, conciente de la aberración que su país atraviesa, conciente de su propio pasado de intensa movilidad, decide esperar. De diferentes modos, con distintas actitudes, pero esperar. Y será bajo esas cuatro perspectivas que aquí trataremos de hablar de la vida de Max Aub: desde su arribo a México hasta la finalización de la publicación de su revista personal.

 

            Esperar, tener la esperanza de conseguir lo que se espera

            Al llegar a México, Max Aub puede considerarse como un personaje de tragedia: como si le persiguiese un enorme presagio, como si se viera a sí mismo cual fatigado Ulises que debe tomar ruta incierta, sin saber qué será de él, y qué será de su familia. Max Aub desembarca y su familia queda en España. Otra ruptura, otra fragmentación para sumar a  su vida errante. Así, inicia su espera con la esperanza de conseguir, de recuperar a su esposa y a sus hijas. Y comienza a trabajar en la industria cinematográfica mexicana: “Sin un céntimo, caí en la redes del cine nacional para mi mayor vergüenza”. Todo esto va formando en él un carácter de premura que se vuelve paciencia al mismo tiempo, extraña paradoja, que él mismo señalará poco después, en su revista personal, con el refrán, “el que espera desespera”, como si tuviese que aprender a recibir lo que llega, sin forzar sus entradas y sus salidas, sin depender de él: estatua móvil. Sin embargo, Max Aub supo conciliar el tiempo estático con la ilusión del cambio, para no desesperarse, para no abandonarse a lo que vendrá sin un plan fijo, para no sentir tanto dolor de estar anclado donde no se debe estar, lejos de lo propio. Porque México fue un espacio de tránsito, un lugar de mediación entre el pasado – España - y el futuro – España -. México como un presente altereo que no era su futuro certero, sino el puerto donde sus ideales habían desembarcado para recuperarse de la derrota.

Y continuó su vida como escritor, para imponer su individualidad en tierras ajenas, escribió La vida conyugal, obra que le abrió las puertas a la dramaturgia mexicana, siendo el primer hispano al cual se le montaba una obra en el teatro más importante de México: el Virginia Fábregas. Poco después logra reunir a más de 150 intelectuales mexicanos y españoles con la publicación de su libro Morir por cerrar los ojos. Bajo esa premisa, la de no desesperarse, continuará trabajando afanosamente para recuperar, en la inmovilidad de su presente activo, la esperanza del que espera.

 

Creer que ha de suceder alguna cosa

Después de la dura adaptación a su nueva vida, Max Aub intentará darle forma a este nuevo comienzo, e inicia en 1946 el proceso de asilo político para su familia. Ésto será su máxima preocupación mientras trabaja para lograr salir adelante. Lo cual consiguió el 22 de marzo de ese mismo año. Se cree y sucede. Ahora sólo queda la nostalgia de la tierra querida al otro lado del Atlántico, paraíso perdido que le llevará a escribir, a partir de toda esa experiencia vital que ha ido acumulando en sus destierros, en su búsqueda de estabilidad. Enrique Díez-Canedo escribe al respeto: “...en ese cambio sin reposo, late un sueño de molicie y quietud, un sueño de hogar, confinado entre cuatro paredes de una estancia en que sólo viven el amor en los corazones y la llama en la chimenea...”[2] Nostalgia por el espacio propio e intrínsecamente suyo, lucha por ser arraigado, ahí, de donde lo han expulsado. Por ello su obra siempre va sobre el discurso de la tragedia insondable e irremediable, por ello sus textos son como grutas que se descubren en la conciencia de sus lectores. Él habla desde sí y para los otros, siempre sus hermanos españoles, sus hermanos desterrados, sus hermanos hombres, porque está seguro de que la tragedia se puede compartir con todos, aunque cada cual la vive a su modo y cada cual la lleva como puede.

           

Permanecer en un lugar...hasta que ocurra algo que cree próximo

En Sala de Espera se verán inmersos su miedos y sus fantasías, su dolor y su esperanza:

“El hombre la ve caer, la ve inmóvilmente caer. La ve caer para toda la vida. La ve llegar al suelo y quedarse ahí debajo de la misma manera que caía por el aire: la falda negra, las medias pajizas, las ligas verdes. Un instante cree que sueña, que ella se va a levantar, que no ha pasado nada. (Fragmento del cuento “Muerte”, fascículo 2)”

            En este fragmento, como en mucho otros de sus entregas mensuales, se reiterará una y otra vez, como un símil que se recupera en cualquier anécdota, el sufrimiento por la España republicana caída. Sin poder creerlo, sin poder soportarlo, asumiéndose como una pesadilla. Cuentos, poemas, teatro, reflexiones, fragmentos que después se convertirán en novelas, repiten una y otra vez la tragedia española y humaniza a la patria, hablándole con plegarias y pidiendo justicia desde un discurso que invoca la venganza, la restitución de lo propio, la toma de conciencia y el despertar de los otros:           

“Y vuélvenos a tu seno,

            Y revuelca en tu infancia a los que te han deshonrado,

            Nosotros somos tuyos, España, en el destierro.

            Quisiéramos tener manos en tus costados,

            Brazos por encima del Océano

            Haz que se callen la boca,

            Que nosotros no podemos.

            Se ríen. ¿No los oyes? Se ríen de nosotros,

                                                                                  Del amor que te tenemos,

            De lo que somos,

            ¡Oh! Lejanos, lejanos desterrados.

            Ven a salvarnos.

            ¡Oh España!, haznos tornar.

            ¿Hasta cuándo humearás tú contra la oración

                                                                                  de tu pueblo verdadero?

 

                                                                                  (Plegaria a España. Fascículo 3)

 

            Max Aub, sostiene en muchos de sus textos, que los desterrados son los verdaderos hijos de España, que los que han quedado allá, en el paraíso perdido, son los usurpadores, lo que han hurtado la libertad y la tierra. España se convierte, como lo podemos observar, en este fragmento de poema, en Madre y diosa, raptada por lo traidores; los desterrados; son sus hijos vagabundos, que sólo aguardan el regreso.

                Porque para el autor de Sala de Espera, el destierro es un espacio no sólo físico, sino también intelectual. Los que quedaron allá como los que viven repartidos por el mundo son desterrados, como él mismo lo señala en su artículo, “Poesía desterrada y poesía soterrada” (Fascículo 5): “La pérdida de la guerra echó a los mejores a los cuatro vientos... sin embargo, la enorme mayoría está deseando salir del oscuro túnel en que agonizan... Frente a la poesía desterrada hay, en España, una poesía enterrada, o mejor: soterrada, en espera de luz...”

            Y en esa permanente denuncia del dolor propio, Max Aub, intentará a lo largo de la publicación de sus 30 entregas, no olvidarse de su condición de exiliado, no olvidar su compromiso de lucha, de ideales, de convicciones. Pacto silencioso entre los españoles del exilio desde su literatura escrita en voz alta: “el acento desgarrador del desterrado, viva dentro o fuera, es el mismo siempre.” Y sobre todo porque hay que aprender a esperar en un lugar, cualesquiera que sea, hasta que ocurra algo que se cree muy próximo...mientras tanto:

            Ando fuera de mí. Soy mi destierro.

            Navegaré esta noche arrebatado,

            Loco, desesperado, perseguido.

 

            Ser inminente o estar próxima alguna cosa

Termina la publicación, y tres años de esfuerzo personal se reducen a las siguientes palabras: "Aquí acaba Sala de Espera (no por mi gusto, sino porque cuando hace tres años empecé a publicar estos cuadernillos, no creí que el tiempo fuera tan propicio en esplendidez, ni diera tanto de sí a los españoles en mal de su tierra). Llevaban camino de convertirse en Sala de estar, y no era ése mi propósito (debió de serlo de justicia y no pasó de la del crimen -de los crímenes- cuando los más poderosos ofrecieron su acatamiento a lo más inicuo). ¡Pobre y triste España mía!, ¡Doce años de no pisarla y quince pisoteada!"[3]

La tristeza de Aub se trasluce no sólo en sus palabras que denotan una desilusión, un pensar que las letras no sirven de consuelo total y que a lo mucho son el analgésico de un momento. Sala de Espera ya no era ese esfuerzo primero y enérgico que consolido su compromiso con España, sino “una sala de estar” que podía resultarle demasiado cómoda, donde sus palabras sólo fueran eso: palabras que a fuerza de repetirse no llegaran a ninguna parte.  Sin embargo, cierra de manera magistral, con su cuento “Librada”, el tiraje de esta revista:

“La violencia, la delación, la hipocresía –o lo que nosotros llamamos así-  han pasado de las clases dirigentes a las masas, o está en trance de pasar; pero ya no como tales, sino como vigilancia, deber y sacrificio...” (Fascículo 30)

Max Aub, culmina con un texto que ya no sólo habla de la España que reclama, sino del mundo que lejos de ayudar entierra a otros países en la miseria de perderse así mismos. Su tormento reside en que “...no condenan por el pasado, sino por el futuro que suponen en cada uno (Librada, fascículo 30)”, y ese futuro lo alcanzará cada día con más fuerza, confinado a obtener lo que aguardaba desde que salió de su patria: volver, reencontrarse con ella, que lo desconoce y además no lo reclama. La desilusión propia y el desinterés de sus congéneres, vuelven a convertirlo en un “peregrino en su país”. Eso acaba por desmadejar su ya frágil salud, su ya cansado ánimo. Entonces, España, podría decir: “Lo maté por equivocación, así que ni responsabilidad tengo ( Crímenes, fascículo 23).” Pero sí remordimiento, por ello vale la pena recordar y quitarse el sombrero, por quien tanto dio a las letras españolas desde lejos...desde muy lejos, siempre con la certeza en lo dudoso, pero con la esperanza puesta en los hombre:

El hombre es como la tierra,

Si lo desbarbechas y aras,

Cuidas, abonas y siembras,

Las frutas serán granadas

Y espléndida la cosecha...

                                   (Lo cierto por lo dudoso, fascículo 13)

 

 Se vuelve, entonces, imprescindible señalar que Max Aub fue un labrador que sembró en México - tierra donde consolidó su  palabra y su voz castellana como instrumento - para recolectar desde aquí todos los frutos que quería restituirle a España: textos cargados de conciencia que se riegan por el mundo y hablan en voz alta de la fuerza de un país y de un idioma que se hermana con los hombres desde México hacia cualquier parte.

 


[1] Aub, Max, Sala de Espera, presentación Enrique Diez-Canedo, Ed.Pangea, INBA,SEP, México, 1987, p.13

[2] Idem. p.9

[3] SOUTO Alabarce, Arturo. “Letras” en El exilio español en México 1939—1982. FCE, México, 1982. 909 pp.

 

©Cecilia Eudave 2003

 

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