Cartel de ©Manolo Valdés

Texto

Antonio Muñoz Molina

"El buque fantasma"

 

Antonio Muñoz Molina. 1956. Úbeda Jaén . Estudió periodismo en Madrid y se licenció en Historia del Arte en Granada. Es uno de los grandes escritores españoles contemporáneos. Un invierno en Lisboa (1987) le proporcionó el Premio Nacional de Literatura y el de la Crítica y le descubrió como un narrador de gran hondura y de enorme capacidad de fabulación. Su primera novela Beatus Ille, supuso su descubrimiento, y desde entonces su obra no ha dejado de suscitar expectación y entusiasmo. En 1991 obtuvo el Premio Planeta por El jinete polaco. La misma obra obtuvo el Premio Nacional de Literatura al año siguiente. Otras obras suyas son: Las otras vidas (1988), Beltenebros (1989), Nada del otro mundo (1993), El dueño del secreto (1994), Ardor guerrero (1995) . En 1995 fue elegido miembro de la Real Academia Española. En 1997 apareció Plenilunio. Sefarad se publicó en el 2001 y en Ausencia de Blanca  en el 2002. 


Un carguero viejo navega por los mares abrasados del trópico y no puede detenerse en ningún puerto porque ningún país le autoriza a aproximarse a sus aguas. Los pasajeros se hacinan en las bodegas, escrutan sin esperanza el horizonte oceánico, y con el paso de los días y las semanas no saben cuánto tiempo llevan a bordo ni en qué lugar del mundo se encuentran. Son más de cuatrocientos, agobiados por el calor de las chapas metálicas, bebiendo un agua tibia y turbia que sabe a óxido y a metal. Entre ellos hay mujeres embarazadas que ven acercarse con miedo la fecha en que darán a luz. Huyen del hambre, de la persecución política, del fanatismo; casi todos son vigorosos y están en condiciones de trabajar, pero en ninguna parte quieren aceptarlos, y cuando el barco se acerca demasiado a una costa vienen a hostigarlo lanchas militares con hombres armados, como si en él viajara una muchedumbre de forajidos o de enfermos contagiosos.

En 1942, viajando como refugiado en la bodega de un barco que cruzaba el Atlántico, el republicano español y judío Max Aub imaginó una obra teatral basada en la malaventura muy repetida en aquellos tiempos negros de los barcos cargados de fugitivos judíos a los que ningún país quería acoger. La imaginación se le alimentaba de las cosas que estaba viviendo, del mareo, del hedor de los cuerpos amontonados, del ruido opresivo y continuo de las máquinas. Había escapado a Francia al final de la guerra española, había sido encarcelado allí por la delación de un traidor, había estado a punto de que lo tragase para siempre la gran riada de la ocupación alemana, había sido enviado a un campo de prisioneros en el desierto del Sáhara y se había escapado de él para subir a aquel barco que lo llevaría a México, y durante la travesía fue viendo desplegarse entero delante de sus ojos el drama que escribió muy poco tiempo más tarde, fue escuchando las voces mismas que inventaba, adivinando el destino trágico de aquellos peregrinos a los que nadie quería. Escribió ese drama, San Juan, por el nombre del carguero que va de puerto en puerto sin que lo acojan nunca y empieza a hundirse poco a poco, y no llegó a verlo representado: el buque fantasma fue más fantasma todavía, porque una obra teatral que no sube a un escenario es como si sólo existiera a medias, como una música que nadie toca y nadie escucha.

Hace dos o tres temporadas, en Madrid, yo estuve en el estreno de San Juan: el viejo casco metálico y la honda bodega del barco que soñó Max Aub cobraban por fin una realidad espectacular y apremiante, y uno, desde la tranquilidad del patio de butacas, se sentía acongojado por el destino de aquellos personajes, casi notaba bajo sus pies la vibración de las planchas del buque y sentía la náusea y el miedo de la tempestad final.

Como tantos supervivientes, a Max Aub lo angustiaba la intuición de que sus recuerdos personales pudieran también ser profecías. Treinta años después de su muerte, dos o tres temporadas después de que el drama del barco sin destino se representara por última vez en el teatro María Guerrero de Madrid, su peripecia vuelve a repetirse, no en la ficción espectral de un escenario, sino en la luz hirviente del océano, en las extensiones del Pacífico y el Índico por las que navega otro buque a cuyos pasajeros nadie quiere aceptarlos: no son judíos centroeuropeos, como los de la obra de Aub y los que iban de un lado a otro por los mares al final de los años treinta, sino afganos, pero su claustrofobia será exactamente la misma, y también la espera monótona de distinguir a lo lejos una línea de costa y de quedar detenidos por fin cuando ya creían estar muy cerca de ella: se paran las máquinas del barco, se ve a los oficiales que van de un lado para otro, que hacen consultas, que tal vez miran con desagrado su cargamento humano. Los fugitivos más viejos tendrán el aire inerte de quien ya sólo espera morir; entre los jóvenes, alguno planeará saltar al agua y llegar a nado a la costa; una mujer embarazada sentirá con alarma la agitación del feto en su vientre, temerá que el hijo le nazca en ese pozo hediondo. Helicópteros y lanchas militares rondan cerca del barco como si en su interior se escondiera el peligro de una hormigueante invasión. En 1938, el año en que discurre la acción de San Juan, ya se sabía el destino que esperaba a los judíos alemanes, pero ninguna frontera se abrió generosamente para ellos. Quizá en los tiempos que se acercan no habrá alambradas ni guardias ni armas suficientes para contener la gran marea de quienes huyen de los diversos infiernos erigidos en el mundo por la crueldad humana.

 

©Antonio Muñoz Molina

San Juan de Max Aub

 

 Volver Portada Max Aub