Literatura y Gastronomía

 

Textos Ocultos

"LAS POSADAS DE NOREXIA"

por 

©Antonio Polo

 PRIMER CAPÍTULO DEL LIBRO “LOS FOGONES DEL VIAJERO”

 UN RECORRIDO POR LOS LUGARES DE BUEN YANTAR Y MEJOR CONVERSAR

 Antonio Polo González nació en 1957 en San Fernando (Cádiz). Especialista de Laboratorio Químico, desarrolla su actividad como Agente Comercial o tal vez como Viajante de Comercio (a la manera de Arthur Miller). Aunque su vida transcurre entre química, libros y aeropuertos, su proyecto ARIADNA - Revista Cultural navega por Internet desde 1997

A continuación, te ofrecemos en exclusiva el primer capítulo de “Los fogones del viajero”, de Antonio Polo. Un libro en preparación donde el autor, viajero impenitente por España y Portugal, pasa revista a los más destacados restaurantes, tascas, figones, mesones, posadas o bares donde ha comido a lo largo de sus viajes. Un libro que no es sólo una guía gastronómica al uso o una descripción pormenorizada y fría de platos y ambientes, sino que Antonio Polo se detiene sobre todo en las personas que le acompañaron durante esas comidas y en la conversación que mantuvieron, la cual, muchas veces, constituye la salsa mágica que le da un sabor distinto al plato que nos ofrecen y que hace del lugar donde hemos comido un rincón inolvidable. Un libro, “Los fogones del viajero”, pleno de sensibilidad y del que te ofrecemos en exclusiva el primer capítulo

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 Los viajeros siempre sueñan con buenas posadas y restaurantes. Quien esto suscribe ha viajado y repostado en tantas hospederías que ha decidido no dejar en el olvido aquellos lugares del buen yantar que ha encontrado en el camino.

 La primera hospedería que encontró fue en otro tiempo, en otro lugar.

 

"Las posadas de Norexia"

 Al cabo de unos días de viaje el forastero habrá pasado, sin duda, ante tantas posadas similares que al llegar a los umbrales de Norexia , decidirá  repostar en cualquiera de las que existen a la vera del camino. Allí encontrará apostados siempre a los mismos hombres en todas y cada una de las hospederías que salpican el trayecto desde Amaurota . Cualquiera de ellos, nada más verlo, lo invitará a compartir una jarra de vino bajo la apacible sombra de los porches. Y el viajero que querrá corresponderlo igualmente, le proporcionará complacido algunos detalles de su viaje. Le informará quizás sobre los beneficios del pan ázimo (desconocido en éstas tierras); lo instruirá probablemente sobre las virtudes que en otros reinos conceden al amor las ostras con sus reflejos de luna, y le detallará, con toda certeza, los pormenores que encierran las colaciones de jengibre, ofrecidas éstas por las muchachas fronterizas cuando quieren elegir marido. Y ese será, sin duda, el tema central de conversación. Charla que discurrirá de forma tan agradable que el viajero sorprendido por la noche no le quedará otro remedio que ordenar una copiosa cena de la que darán cuenta ambos mientras el sol es devorado por los manglares del oeste. 

 

Seguramente, de entre los huéspedes de la posada, alguno habrá que haya conocido días en los que la celebración pantagruélica de la noche era la antesala de una interminable bacanal. Y el coterráneo le contará entonces que efectivamente hubo tiempos en Norexia en los que la lujuria se servía en platos de plata; le contará también que se vivieron días en los que a las vírgenes se las conquistaba con dulces de leche y mermelada de culantro, y por fin, el posadero que no podrá resistir la tentación, se unirá también a la velada y les relatará su particular historia en una de aquellas inefables hospederías.

 

Les contará entonces que no muy lejos de allí, en dónde un tiempo él estuvo sirviendo, los viajeros podían contemplar las viandas alineadas sobre la alargada mesa de madera, sobresaliendo ésta de los espacios sagrados de la cocina; apabullando en su abundancia a los comensales y a sus siervos...

 

Les contará también que allí podían encontrarse las codornices en salsa roja, unas a medio desplumar y otras desnudas por completo, como las doncellas de la corte que alternaban sus quehaceres entre el crepitar de los asados y el tañido del laúd, y que no se sabía muy bien si desplumaban ciertamente o separaban la pluma del cañamón, mientras se derretía la grasa violácea de las aves por el efecto del calor y de la suavidad sin límites que procuraban tantas vírgenes como trajinaban en  aquella cocina...

 

Les contará que allí, desde dónde se vislumbraba el epicentro lechoso de la Vía Láctea (entre las constelaciones de Pegaso  y Orión ), las fuentes eran ungidas por la luz de lejanas galaxias, mientras al calor de los eternos fogones la corte de cocineras, todas jóvenes, ardientes y desnudas seguían las órdenes del cucharón más soberbio que dio Francia . Y que eso sucedía allí, en donde los pucheros rojos como los atardeceres en Marte  expelían los vapores más intensos y concentrados del Mediodía francés, y que allí también, reinando entre la soberbia enjundia del venado y las alacenas repletas hasta el hartazgo, revolvíanse la nuez moscada con las sedas y los ocasos, y los almíbares con solsticios,  lencerías y adobos.

 

Les contará igualmente que allí, en aquel mismo universo en el que las grasas y el espesor rancio de los sebos dejaban franco paso a la alegría de las gelatinas y al vigor descarado de las naranjas, allí, era de cumplida obligación el retozo sin limites y el requiebro morboso de las frutas. También allí surgían las ninfas de las ensaladas, de los cuencos saltaban los pezones que en realidad eran fresas mientras la mancebía, en un continuo estado de priapismo, valoraba las salsas y el marmitaco, y las musas ofrecían sus pechos para rectificar de sal, y otra ninfa, señora y dueña de la fellatio y de la bullabesa, te sorbía el tuétano y te ponía en la boca ½ onza de goma arábiga en polvo.

 

Y que así era la vida allí, en aquella cocina celestial en donde nunca cesaban los fuegos y jamás los cazos quedaban ociosos, solo que a veces, a decir verdad muy a menudo, prácticamente podría asegurar que ya casi todo el tiempo, se derrumbaba su onírico universo de salsas y lencerías, y sin que coincidiera su ocaso con ninguna fuerza o manifestación portentosa de la naturaleza, solo que hasta el Zodiaco así como el resto de las constelaciones se venían abajo cuando la aguardentosa voz del encargado atronaba en el salón y podíanse oír entonces ese insultante:

 

—¿Oído cocina? Un par de huevos con chorizo...

 ¡Qué asco de vida! añadirá amargamente el posadero.

 Entonces el viajero, rendido y saciado abandonará, ya bien entrada la noche, la tertulia y encontrará en el sueño la materialización de un millar de ninfas semidesnudas que le ofrecerán montañas de hojuelas con miel y lo embadurnarán los suspiros de frituras que emanan de una inmensa fuente de cazón en adobo.

 

©Antonio Polo 2003 

 

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