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Literatura y Gastronomía |
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CONFESIONES
DE UN CHEF – ANTHONY BOURDAIN
LITERATURA EN LAS COCINAS por ©Miguel
Baquero Es frecuente, entre
muchos autores, quejarse de la carencia de
material literario en nuestro mundo moderno, o
asirse a esa frase, tan tópica como
socorrida, de que “todo está ya escrito”.
En “Confesiones de un chef (aventuras en el
trasfondo de la cocina)” Anthony Bourdain -
editorial Suma de Letras - nos demuestra que, en todas época y lugar,
siempre hay para los escritores con olfato y
gusto un apasionante mundo lleno de
posibilidades literarias a la vuelta de cada
esquina, en este caso, detrás de esa puerta
de batientes que en los restaurantes vemos a
los camareros abrir a patadas, llevando y
trayendo platos. Detrás de esa puerta, por la
que sólo nos llega algún espeso aroma, o
tufo, una nube de humo, y el chisporroteo de
la carne sobre la sartén, se esconde un mundo
lleno de personajes apasionantes, de anécdotas
continuas, de cinismo, ternura, humor,
desesperación y esperanza. Un panorama
abierto a la literatura pero que, sin embargo,
pocos han sido los escritores decididos a
sacar partido de él. No es el caso de
Anthony Bourdain, o no exactamente. Porque
Bourdain no es un escritor, sino un conocido
chef norteamericano que, a la hora de narrar
su experiencia tras los fogones, descubrió,
seguramente para su perplejidad, que lo que a
él le parecían experiencias anodinas y
solamente de interés para unos pocos del
gremio, se convertían en episodios literarios
excelentes, magníficos en algunas ocasiones,
siempre divertidos y de interés general. En “Confesiones de
un chef” se nos cuenta el largo peregrinar
de un cocinero (lavaplatos al principio,
reputado chef al final) a través de distintos
restaurantes, tascas, figones y hoteles, hasta
llegar a una posición de prestigio. En todos
estos locales, o mejor dicho, en la trastienda
de todos estos locales, Bourdain se va
encontrando con tipos humanos cuando menos
curiosos, la mayoría gente pícara, curtida,
perros viejos, cocineros, y nunca más
conveniente el refrán, antes que frailes.
Tipos duros de camiseta sudada y aspecto
patibulario, quien más quien menos mutilado
de un índice o de una parte del pulgar, que
se rigen por un código de conducta primitivo,
básico, fundado en la confianza y en el
respeto, muy cercano al de aquellos
legendarios marineros que atravesaban el océano
en viejos buques, enfrascados en las más
duras tareas cuyo incumplimiento ocasionaba
ser pasado por la quilla o colgado en lo alto
de la verga mayor. “También conocí a
los pesos pesados: al callado carnicero y a su
ayudante, al voluble chef repostero con cara
de bebé, al salsero nocturno de aspecto
ominoso. Y a Juan, el más recordado de todos,
el parrillero. Un vasco fiero que siempre decía
barbaridades, a quien juro haber visto coserse
con hilo y aguja corriente una herida muy fea
en la mano. Se la había hecho con el
cuchillo”. Figuras apasionantes
que retrotraen nuestros recuerdos literarios a
todos aquellos seres de mirada torva, honda
cicatriz y gesto adusto a quienes tanto admirábamos
en las novelas de nuestra juventud, cuando
compartíamos emocionados las aventuras del
grumete cuyo máximo deseo en la vida es que
su esfuerzo y su valor sean reconocidos, con
una fría mirada, con un seco asentimiento de
cabeza, por sus compañeros. Pero no sólo es por
sus personajes, que, aunque tal vez algo tópicos,
resucitan sin embargo los mitos de la buena y
vieja Literatura, por lo que “Confesiones de
un chef” es un libro muy recomendable. Es
también la agilidad y frescura de su estilo,
el punto justo de cinismo que el autor sabe
sostener a lo largo de la novela, la
inteligencia de las observaciones y abundancia
de anécdotas. Junto con sus cualidades
literarias, “Confesiones de un chef” entra
también en el mundo de la cocina para
desmontar algunos mitos gastronómicos,
refutar algunas creencias alimenticias y,
sobre todo, sanitarias, y ofrecer algunos
consejos sobre qué y qué no debe pedirse en
un restaurante, una especie de “advertencia
para incautos” o “despabilación de
pardillos”. Consejos, en suma, para andar
listos en este mundo de aguilillas que es el
de la restauración. A destacar, por
último, uno de los catorce consejos que da
Bourdain a todo aquel que quiera ser buen
chef: “Aprende español. Todo lo que insista
en este punto me parece poco (...) La columna
vertebral de la industria es la mano de obra
de mexicanos, dominicanos, salvadoreños y
ecuatorianos (...) Aprende su idioma. Come sus
comidas. Será una gratificación personal y,
desde el punto de vista profesional, una ayuda
invaluable”. ©Miguel
Baquero 2003
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