Revista Literarias Independientes Españolas
SENTADOS VIÉNDOLAS VENIR
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Revistas Literarias Independientes: la literatura como juego o lo minoritario como sinónimo de calidad
por ©Luis García Con
ocasión de una reciente valoración que una
prestigiosa revista literaria hizo sobre la
abundancia de publicaciones al uso, no puedo
por mas que realizar una sencilla operación
aritmética para entender, si cabe, un poco más
el escenario en el que nos movemos. Si se
editan unos 60.000 libros al año en
castellano, es fácil entender la abundancia de
suplementos literarios en los diarios y las
revistas especializadas. Pero hecha esta
reflexión, si uno advierte que por un lado
apenas llegan a las estanterías de las librerías
el 1% de los volúmenes editados, estimación
generosa, y que por otro las publicaciones a
las que nos estamos refiriendo no hacen sino
"pisarse" unas a otras las reseñas,
con lo que comienza a ser habitual que los críticos
literarios en nuestro país realicen las mismas
a partir de manuscritos y no de volúmenes
editados, resulta comprensible el que comience
a cundir el desánimo entre los profesionales
del género, a no ser que la actividad de crítico
literario se comience a ver como un juego. No
resulta fácil hacerlo así, que todos fuimos jóvenes
y pecamos de la soberbia propia de ese estado.
Es cierto que al escritor se le admira, es un
referente cultural, un modelo social a seguir,
y no es menos cierto que el crítico literario
con todo, participa de dicho nirvana. Pero sólo
considerando y tratando la actividad de la crítica
literaria como un juego, y por extensión la
misma literatura como tal, se podrá avanzar en
la difícil tarea de convertirla en un arma de
futuro capaz por si sola de modificar y cambiar
el mundo. Y aquí es donde entramos en otro
apartado de lo que entiendo debería ser el
debate en el siglo XXI, al menos en lo que
concierne a este ejercicio. La existencia de
las Revistas Literarias Independientes,
(con todas las salvedades y reservas de
dicho calificativo ya que como veremos a
continuación, la independencia va un poco por
barrios), se justifica en si misma como
contrapunto y alternativa a aquellas otras
avaladas por los Ayuntamientos, Diputaciones y
Organismos Oficiales, formando parte así de un
entramado cultural en el que se dan aliento
mutuamente y manteniendo con ellas la armonía
necesaria para su recíproca supervivencia.
Funcionan de alguna forma como lo hacen las
Pequeñas Editoriales respecto de las Grandes,
los Grandes Grupos, que no hacen sino
ligar su futuro empresarial y personal al de
estos dinamizando la vida cultural de las últimas
décadas.
Lo
minoritario como sinónimo de calidad Nadie
duda pues a estas alturas de la importancia de
las Editoriales llamadas minoritarias dentro
del panorama literario nacional como nadie lo
hace de las Revistas Independientes.
Esto es porque desde siempre fueron cuna y
cantera de las grandes,
a quienes les resulta más sencillo, rápido
y barato arrebatar los autores, poetas,
articulistas y críticos literarios
descubiertos por otros a veces con no poco
esfuerzo e intuición, que apostar ellas mismas
por alguno en concreto desde el principio.
Cuesta imaginarse a una Gran Editorial avalando
a un escritor novel, como cuesta ver a un gran
medio periodístico
hacerlo por un joven crítico que no esté
respaldado por el Sátrapa de turno. Operarían
de ese modo de igual manera que lo hace un club
de fútbol poderoso, léase Real Madrid,
Barcelona, etc, con los modestos, a quienes
cuando les fichan un jugador no les queda más
alternativa que el derecho al pataleo, y la búsqueda
de nuevos diamantes en bruto que una vez
pulidos y tratados, pasaran a su vez a engrosar
la nómina de los poderosos. Como se puede
observar es la pescadilla que se muerde la cola
y recordar a algunos de estos escritores sería
muy largo y correríamos el riesgo de herir
sensibilidades propias y ajenas, personificadas
tanto en autores como en Editoriales. Pero aún
a riesgo de presentarlos de una forma
incorrecta, o de caer en tópicos bananeros que
impidan que los árboles dejen ver el bosque,
habría que decir que todos, absolutamente
todos, Revistas (grandes y pequeñas)
Editoriales y autores, se necesitan unos a los
otros para sobrevivir. Es decir. Cierto es, que
las pequeñas acusan a las grandes de
intrusismo profesional, pero no es menos cierto
que no podrían sobrevivir la mayoría de las
veces sin la existencia de ese supuesto
intrusismo, porque la razón misma de su estar
y ser en el mercado pasa por aceptar unas
reglas de juego que nadie inventó, pero que a
menudo recuerdan a una Ley Natural de superior
rango. Si, el pez grande (el Gran Grupo
Editorial) se come al pequeño, o en su defecto
a los autores que previamente ha descubierto,
el pequeño (la Editorial minoritaria o Revista
Independiente) necesita que continúe haciéndolo,
para a su vez reafirmarse como la auténtica
cantera de nuevos valores literarios, haciendo
bueno aquello de que lo minoritario sinónimo
de calidad.
La
literatura como juego La
literatura es un juego porque hace participar
en la misma a quien la lee. Y si hay alguien
capaz por sí mismo de entender este
razonamiento, son los niños. Yo, que tengo dos
hijos, que son lectores desde su mas corta
infancia, descubro cada vez que los observo y
me explican o cuentan lo que han leído que en
realidad están haciendo crítica literaria mas
acertada si cabe que la de los sesudos que
semanalmente leemos en los suplementos y
revistas. Y ellos, que aún no están
mediatizados por una cultura occidental
excesivamente mediatizada, son capaces de
realizar así unos análisis tremendamente
frescos y desprejuiciados, innovadores y a
menudo si, pueriles, pero siempre sinceros.
Para ellos es un juego porque este está unido
a valores como la sinceridad, y juntos forman
un cóctel al alza en un mundo excesivamente
despiadado y falto de ellos. La reseña debe
interpretarse como un juego y debe hacer partícipe
del mismo a los lectores de igual manera que el
relato corto, la poesía o la novela. Pero de
ellos hablaremos en otro momento si hay ocasión.
En tiempos de desconcierto cultural e
intelectual, sin duda alimentado y promovido
desde las esferas del poder, es hora de
reivindicar la creación literaria desdramatizándola
de sus orígenes, a menudo bastardos o cuando
menos poco éticos, y de vincular la crítica
literaria, la mal llamada "reseña",
en un movimiento de mayor alcance social que se
oponga al pasotismo de una juventud
desencantada y harta de incumplidas promesas. Pero
toda reseña literaria no lo es sin el buen
hacer de las Editoriales, empeñadas en educar
como buenamente pueden a lectores y críticos.
Un proceso no exento de dificultades añadidas,
toda vez que no siempre sus criterios de edición
van parejos con las tendencias del mercado.
Muchas guardan en su buen saber, "know
how" que se dice ahora, planes
específicos de Animación a la Lectura
que periódicamente desempolvan con motivo del Día
del Libro, que como todos ustedes saben
conmemora no sólo el aniversario del
fallecimiento de Miguel de Cervantes, sino
también el de William Shakespeare. Dichos
planes de Animación a la Lectura,
perfectamente inútiles por otra parte,
suelen resumirse la mayoría de las
veces en la puesta en marcha de campañas
escolares en las que se incita a los niños a
comprar libros obligando a sus padres a que se
los regalen bajo el pretexto de su necesaria
lectura, aunque este hecho hoy en día es
sumamente discutible ya que dada la abundancia
de Bibliotecas Públicas existentes, su propia
inexistencia o el precio de los libros ha
dejado de ser una excusa para no hacerlo. No
estoy en contra de dichos planes, ni mucho
menos. Aunque si que es cierto y
mantengo, que la mejor política
cultural en el campo de la animación a la
lectura es la que no existe. Y me explico: Una
vieja reivindicación de antaño, que coincidió
con los años de mi adolescencia, excusaba la
insuficiencia cultural en la escasez de
Bibliotecas Públicas. Hoy, muchos años y
libros después,
dudo mucho que el cociente cultural de
la ciudad en que resido haya aumentado a pesar
de la abundancia de dichas Bibliotecas (una por
barrio) entre otras razones porque, o bien no
se usan, o se usan incorrectamente. Esta
reflexión, aparentemente pueril, nos lleva a
la conclusión de que el mal no estaba en la
escasez de los recursos, sino en el incorrecto
uso de los mismos. Algo que yo extrapolo y lo
llevo al terreno de las Campañas de
Animación a la Lectura. Y con ello, me
reafirmo en lo anteriormente expuesto: la mejor
campaña es la que no existe. Pero obviando
este detalle, si que es cierto que es de
agradecer dichas iniciativas aunque sólo
sirvan para recordarnos que estamos en uno de
los países que menores índices de lectura
tienen, pero que más libros editan, hasta el
extremo que las novedades se pisan unas a otras
en las estanterías de las Librerías con una
voracidad que raya la antropofagia.
Pero no sólo hay que considerar la reseña
literaria como un juego. Toda la uniformidad
que rodea su concepción está unida
inexorablemente a dicho concepto. Cuenta Luis
Goytisolo, que formando parte en los años
sesenta del Comité de Lectura de la Editorial Seix Barral (lo pongo
con mayúsculas, ya que a mi entender y por la
escasa experiencia que tengo me parece uno de
los oficios más difíciles y peor retribuidos
que existen) llegó a sus manos un ejemplar de
un desconocido autor argentino, que respondía
al título de La Gándara. Una gran novela, a su
juicio, que sin embargo no mereció la aprobación
de sus compañeros de dicho Comité, entre
otras cosas porque sobre la mesa tenían una
obra maestra: La
ciudad y los perros, de Mario Vargas
Llosa. Y es que, como él mismo afirma, hasta
el propio Carlos Barral se equivocó en alguna
ocasión (si por equivocación puede
interpretarse). Baste recordar la anécdota del
manuscrito de Cien
años de soledad, que el editor tuvo
sobre su mesa y que rechazó para mayor gloria
de la competencia.
A la vista de lo que nos cuenta Goytisolo,
puede interpretarse de sus palabras una mezcla
de resentimiento hacia sus colegas, y resulta
paradójico que entre sus libros preferidos
figure uno que nunca vio la luz, que jamás
sufrió los intempestivos y a menudo impetuosos
gustos de los lectores, y del que jamás
podremos saber todo lo que hubiera dado de sí,
tanto la obra mencionada como su enigmático
autor de quien nunca nada más se supo. El
juego como recurso literario Juegan con las
palabras los críticos, los lectores de Comités
de Lectura, y los escritores. Juegan los niños
en su inocencia y los adultos en su madurez.
Las Editoriales y las Revistas. La lectura de
cualquiera de las obras del "Nóbel"
colombiano Gabriel García Márquez,
no viene exenta generalmente de un halo
de juego y misteriosa incredulidad. "¿Cómo
se le habrá ocurrido este acontecimiento",
se pregunta el sufrido lector. O, "¿cuál
fue la génesis
de este suceso, o la definición de
aquel otro personaje?". La mayor parte
de las veces, estos misterios se quedan en la
trastienda del autor, allá donde lentamente se
van acumulando un poco de geografía humana,
imprescindible para la realización de una
novela de varios cientos de páginas y
personajes, un tanto de anécdotas, tan reales
como lo pudieran ser las propias del escritor,
quien según va adelantando y prefigurando su
obra, recuerda con ternura los buenos y los
malos momentos por los que pasó en su
infancia, y un mucho de talento, tan necesario
en estos tiempos de ambivalencia cultural, para
cuadrar y enmarcar una historia de pasiones,
enredos y venganzas, sin el cual sería prácticamente
imposible llevar a buen término la empresa
propuesta. Es por eso, que una de las anécdotas
más curiosas que recuerdo de Gabo,
al hilo de su escritura de Cien
años de soledad, fue cuando le
preguntaron por el motivo de que le hubiese
dotado a uno de los personajes en un momento de
la novela, (no recuerdo a cual), con toda una
suerte de golondrinos de difícil clasificación.
- Mire
usted - contestó sin inmutarse - recuerdo
que por aquel entonces yo escribía en
una vieja Olivetti, y que me habían
salido en las sobaqueras unos extraños bultos
que se empeñaron en crecer hasta tal punto que
cuando trabajaba sólo podía mantener los
brazos levantados como un pájaro presto a
volar. Más tarde supe que aquellos bultos
recibían el nombre de "golondrinos",
y no se me ocurrió mejor manera de
eliminarlos, que traspasándoselos a uno de los
personajes de la novela.
Y, créame usted, que realmente funcionó.
No sólo desaparecieron de mis sobacos, sino
que nunca más padecí tan molesta dolencia. Como la realidad acostumbra a superar a menudo a la ficción, en uno de esos talleres literarios que imparte en la Escuela de Cinematografía de La Habana, y cuyas trascripciones ha editado tan oportunamente Ollero & Ramos, recordaba Gabo como escribiendo El otoño del patriarca se le ocurrió imaginar un atentado que poco o nada tuviera que ver con los modelos que habitualmente se conocían. Nació así un magnicidio, que posteriormente pretendía incluir en la novela, que básicamente respondía al modelo siguiente: alguien, le ponía al dictador una carga de dinamita en su coche, con tan mala fortuna que aquella mañana es su esposa quien lo coge para irse de compras. A mitad del trayecto, el coche estalla y termina su recorrido en lo alto del mercado. Una situación tan aparentemente sencilla, que sin embargo se vería truncada de raíz meses después, cuando ya la obra estaba prácticamente ultimada y a punto de ser enviada a imprenta, por un suceso francamente similar, lo que lo lleva a cambiar tanto de escenario, como de procedimiento operativo. Así, Gabo abandonó el coche y con toda la parafernalia surrealista que había creado en la novela se inventó a unos perros carniceros especialmente entrenados para matar, algo, por cierto, muy verosímil hoy en día, que se abalanzan sobre la mujer del dictador cuando llega al mercado, y la despedazan en mil pedazos. Gabo siempre recuerda que le fastidió especialmente el haber tenido que renunciar al atentado del coche, aunque hay que reconocer que con el nuevo suceso, la novela mantuvo su espíritu. ¿Salió ganando la novela con la nueva dimensión que le dio el autor?. Es difícil precisarlo con exactitud, toda vez que es el propio autor quien acostumbra a referirse a ello con insistencia, quizás buscando una manera de exorcizar sus viejos temores. Pero lo que es cierto es que todo novelista, articulista, ensayista o crítico literario, cuando se encara a un trabajo, no hace sino utilizar los recursos que previamente han utilizado otros ya desde la antigüedad, recursos tanto escritos como hablados, y que cuando ese trabajo lo traslada a un papel que posteriormente habrá de ser leído por miles, o millones de lectores, no hace sino conjurar constantemente a sus demonios, no vayan estos en el último momento, como casi le sucede a Gabriel García Márquez, a jugarle una mala pasada. No nos engañemos. Cuando uno se inicia en el oficio de crítico literario lo hace en un principio desde un punto de vista excesivamente purista. Quiere por una lado emular a sus mayores, a quienes le preceden y sueltan semanalmente con cuentagotas toda su sabiduría desde los suplementos literarios, y por otro, agradar tanto a los autores como a los propios críticos. Esta dicotomía, en mi caso en particular, me costó inconscientemente no pocos problemas, y digo inconscientemente porque lo que comenzó como un juego, reseñar a un autor querido de quien se conoce casi toda su obra, muta lentamente en una nueva actitud vital que pasa por comenzar a dejar de disfrutar con la literatura, precisamente porque uno quiere jugar a un nuevo juego totalmente diferente y muy peligroso que es el de ser un escritor profesional. Y es cuando chocan esas dos actitudes, la lectura como juego y la escritura como juego, cuando te das cuenta de que en realidad la gran mayoría de los críticos literarios que conoces no disfrutan con su oficio, precisamente porque han dejado de planteárselo como un juego y han dejado de disfrutar con la lectura. Tienen eso sí, abundantes bibliotecas con libros que nunca habrán de leer, reciben diariamente innumerables ejemplares dedicados de supuestos amigos escritores, y se convierten en compradores compulsivos de todo lo que lleve letra escrita. Pero nunca mas disfrutarán con la lectura. Y sólo cuando vuelvan a hacerlo desde una nueva posición que inexorablemente pase por abandonar sus antiguos hábitos, serán capaces de entender por qué todos aquellos que no se dedican profesionalmente a la literatura se acercan a los libros como el que lo hace a un partido de baloncesto, desde una posición totalmente desinhibida que le permite disfrutar como lo que verdaderamente es: un niño de treinta, cuarenta o cincuenta años que ha descubierto que el País de Nunca Jamás se encuentra en su interior, y que efectivamente Peter Pan existe y todas, todas las mañanas se le aparece en el espejo del baño cuando se está afeitando. ©Luis García
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