ESPECIAL
Infantil y Juvenil
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Entrevista Canela (Gigliola Zecchin de Duhalde)
por ©Ángela Pradelli Gigliola
Zecchin de Duhalde (Canela), nace en 1942 en
Vicenza, Italia. Se traslada a la Argentina en
1951, y en 1975 adopta la ciudadanía argentina.
Vive en Buenos Aires.Es Directora del
Departamento de literatura para chicos y jóvenes
en Editorial Sudamericana desde 1987 hasta la
actualidad.Estudió Letras en la Universidad
Nacional de Córdoba. Tiene varios libros
publicados en Editorial Sudamericana: Marisa
que borra, Col. Pan Flauta (seleccionado por la
IJB de Alemania para el Catálogo White Ravens
1990), Para cuando llueve (poesía), Boca de
sapo,Col. Pan Flauta; Barco pirata, Col. Pan
Flauta (con cassette en el que la autora narra
el cuento musicalizado); Letras en el jardín;
La SERIE LOLA (6 títulos); Mona Lisa y el
paraguas de colores (Caminadores).Ha participado en varios Congresos
internacionales y ha formado parte como Jurado
en Concursos de Literatura Infantil. En el ámbito
de los medios de comunicación Es locutora
nacional. Desde 1962 comenzó a trabajar en
radio y televisión. Desde entonces y hasta el
presente ha sido periodista, conductora,
guionista y creadora de ciclos de radio y
televisión. Ha obtenido numerosos premios y
distinciones a lo largo de su carrera
profesional. “EDITAR UN LIBRO ES COMPROMISO, EMOCIÓN, PLACER”
Desde 1987 está al frente de la Dirección del Departamento de Literatura infantil y juvenil del Grupo Editorial Sudamericana en la Argentina. Escribe poesías y relatos para chicos y también para adultos. Tiene además, un programa cultural que se trasmite semanalmente por televisión. En diálogo con literaturas.com, habló, entre otras cosas, de su trabajo como editora, de relación de autores y editores, y del lugar que ocupan los ilustradores en los textos infantiles
¿Qué privilegias a la hora de seleccionar un texto para chicos? Debe de ser muy difícil esa tarea de elegir. Como cualquier tarea del mundo, sólo que ésta tiene algo adicional que es el gusto propio. En general, privilegio la atracción que provoca en mí, como lectora, un texto. Tiene que haber algún nivel de emoción, de descubrimiento. Son valores sustanciales en un buen libro. Cuando además se está en el lugar del editor, hay que tener muy alerta a ese lector crítico -de hecho el editor es el primer crítico de un libro- y tratar de elegir aquello que trae algo nuevo. Son muy importantes, en líneas generales, la originalidad, la buena escritura, esa voz tan personal que tienen algunos escritores, los temas no tan transitados. La zona de la literatura infantil es muy amplia porque abarca textos para chicos de dos años pero también libros para jóvenes de catorce. Sí, es como una escalera que nos va llevando a un lugar que es el lector pleno. Aunque los temas sean muy fuertes o los textos tengan cierta densidad, para los lectores pequeños hay que narrar de manera muy diáfana y muy sencilla, evitando las metáforas complejas. Es mejor que lo metafórico y lo accesorio se den en la ilustración, la narración en sí tiene que tener cierta sencillez. Esto no quiere decir que en un texto no pueda haber palabras complejas que pueden resultar “difíciles”, o que se deba renunciar a la dimensión poética, pero lo que se escriba tiene que entenderse. Es prioritario. Y luego vendrán textos más complejos, se ampliará el diseño de los personajes, el paisaje, el argumento. A medida que crecen los chicos pueden ir aceptando un final no feliz para la historia que leen. Pero a un niño de tres años no podemos contarle historias que terminan mal por la misma razón que no podemos leerle los diarios a esa edad. Es un poco traducir la realidad a la medida de los más pequeños. Pero si quien escribe y quien ilustra tienen un buen nivel artístico, en esa traducción no se pierde la riqueza de la propuesta, al contrario a menudo significa un verdadero desafío. ¿Los
editores descubren escritores nuevos? Yo creo que los escritores se descubren primero a sí mismos. El autor cuando escribe bien, alcanza rápidamente la vía del libro editado. Hay muchos autores que se quejan por no tener un lugar, sin embargo, las editoriales están muy atentas a los nuevos escritores, a las buenas historias, porque es lo que más necesitan. Al principio de su historia el autor da un cierto rodeo para alcanzar con su texto la edición. Prefiere consultarlo antes con sus colegas o busca el consenso de sus mentores o de algún crítico. Trabaja con inseguridad y con miedo y no da todo lo que puede dar. En ese sentido el contacto con el editor es un contacto frontal con la realidad: se edita o no se edita -por cierto en este sentido corre un riesgo que puede provocarle algún sufrimiento. No hay un mejor camino ya que con suerte para editar el texto a veces tiene que trabajar con cambios en su escritura y a veces en su argumento. Cualquiera de los caminos implica un verdadero aprendizaje para el autor. ¿Es frecuente que lleguen
originales de autores nuevos para leer? Hubo etapas muy distintas. Yo empecé a trabajar en el 87, llevábamos cinco años de libertad para los autores que habían sido censurados durante la dictadura o que se habían exilado en otro país. En ese momento hubo una especie de boom muy importante que acompañaron varias editoriales. Se publicaron muchos autores nuevos, algunos eran muy buenos y otros no tanto y luego hubo una especie de decantación para estos últimos pero, también, algunos escritores han aprendido con los errores y han logrado una voz personal. Siempre
creí que los límites de la literatura juvenil
son más grises y están más borrados. Hace años
que doy clases de literatura y mis alumnos
tienen entre 13 y 18 años y muchas veces me he
preguntado, y te lo pregunto ahora, ¿existe
una literatura juvenil? Existe
para el mercado y para las librerías. Si no
dice juvenil no saben dónde poner esos libros.
Si los ubican en el estante de literatura
infantil, los jóvenes no los leen. Nosotros
tuvimos un sello con variadas colecciones a
la que llamamos Literatura Joven
porque nos pareció que juvenil sonaba como una
palabra menor, como si no se estuviera
refiriendo a un lector algo niño, inmaduro
para la lectura plena. Ahora nuestras
colecciones con textos para jóvenes de 14, 15,
16 años llevan la palabra “Juvenil”, cosa
que aún no me convence. Mencionaste
dos veces en la entrevista al lector pleno,
¿cómo lo definís? El lector pleno es el que entiende lo que lee. Un lector que lee sin miedo entiende más, por lo tanto es un chico que ya llegó a ese libro que lo atrapó. Uso la palabra pleno porque la lectura es plenificadora. Si alguien está leyendo con dificultades para entender, esas dificultades lo distraen del argumento; si la historia o el argumento no le llegan porque hay cosas que se le escapan, todavía uno no es un lector pleno. En ese sentido, a veces los libros para chicos parecen una simplificación porque tratan de ayudarlos a llegar a ese lugar. Esencialmente el lector pleno es un lector sin miedo. En
esta cuestión de la literatura infantil,
siempre está presente el debate de quién es
el verdadero autor del libro para chicos, si el
escritor o el ilustrador. ¿Cuál es tu
postura? Depende, habrá que ver en cada caso qué importancia tiene la ilustración. En algunos libros, la ilustración es un auxiliar, es sólo un respiro del texto y da algunas pistas, despeja un poco la historia. Pero en los libros para los más chicos, la ilustración es fundamental porque es como un texto paralelo, expande mucho la historia. Hay que pensar que un libro para niños pequeños es especialmente eficaz por la ilustración. Pero también el fondo de esta cuestión sobre quién es el verdadero autor, es económico y tiene que ver con el derecho autoral. En Europa, el derecho de autor es compartido por escritores e ilustradores, a menudo hacen dupla de trabajo. En la Argentina, recién ahora se está instalando el ilustrador como coautor del libro. Para mí lo es. Sabemos
que en este país es difícil pensar en
proyectos, ¿tienen planes para el próximo año? Yo me retiro a fin de año de mi tarea como directora editorial. Voy a seguir trabajando un tiempo solo como asesora en esta misma editorial a la que quiero entrañablemente. En realidad quisiera dedicarme un poco más a escribir. Publiqué un libro de poemas para adultos el año pasado y un libro de poesía para chicos y otro de cuentos pero la verdad es que editando es muy difícil escribir, lo hice a veces trasnochadamente y eso no lo quiero más, necesito disfrutarlo. Además el ejercicio de la edición es muy desgastante, tanto en uno mismo como en el vínculo con los autores, sobre todo en este momento difícil por el que atravesando la Argentina , tuvimos que disimular la crisis con el esfuerzo de todos. En nuestro país, por ejemplo, los autores editan en distintas editoriales, es obvio que, desde el punto de vista de los ingresos, los escritores van editando donde más les conviene ya que aspiran y tienen derecho a vivir de su oficio, al mismo tiempo, eso hace que el vínculo del editor con los autores sea menos interesante, menos profundo. No es un problema de celos, ni comercial, simplemente lo ideal es tener un diálogo abierto estimulante y vital. La relación con varios editores al mismo tiempo atenta contra esto. Qué
fue lo mejor y lo peor de tu experiencia como
directora editorial Lo peor es equivocarse con alguna opinión y herir al otro hasta el punto de inhibirlo. Esto me ha sucedido más de una vez, opinar que algún material no era bueno o no servía para nuestra editorial y después verlo editado en otra editorial con pleno éxito. También es doloroso trabajar en la edición de un libro y que luego el autor se lleve su libro y lo edite en otro lugar. A veces pasa que el autor deja su libro en distintas editoriales y cuando uno se decide por la edición, ya lo tiene apalabrado con otra. Todo esto me parece que tiene que ver en forma directa con nuestra crisis. Las ediciones son tan precarias que es lógico que el autor defienda sus intereses pero inevitablemente complejiza la relación entre autores y editores. Seguramente ellos tampoco son muy felices con esta situación. Pensemos que hay autores que tienen cincuenta títulos en la calle y aún así no pueden vivir de la escritura. ¿Y
lo mejor? Lo más lindo es descubrir un texto e imaginarlo hecho un libro. Todo el proceso de trabajo que lleva. Algunos autores me han dicho que yo hago libros acariciados. Editar un libro es un trabajo de compromiso, de emoción, de disfrute. Algunos autores han reconocido que han podido aprender. Los editores ponen en manos del autor el conocimiento de muchos libros editados y eso puede enriquecer mucho a la edición, puede despejar mucho al libro. Y el autor es una caja de sorpresas que nos enriquece, nos sorprende y nos emociona. Puedo decir aunque no soy muy alta, que con cada libro editado crecí un poco y esto sin duda se lo debo a los autores y a los ilustradores.
El hombre de hierro Había una vez un hombre de hierro. Era fuerte. Sus músculos eran de hierro. Podía hacer cualquier trabajo. Sus piernas eran de hierro, podía caminar incansablemente. Su cabeza era de hierro, podía ser golpeado sin sentirlo. Sus pensamientos eran firmes como el hierro. Sus manos eran de hierro, podían tomar con firmeza lo que querían. Su pene era de hierro y siempre estaba erguido. Su corazón también era de hierro, sus sentimientos le pesaban mucho. A veces le resultaban insoportables. Un día el hombre de hierro se enamoró de una mujer de seda. La mujer de seda tenía la piel casi transparente. Sus ojos, su mirada, eran de seda. Sus manos de seda podían realizar los más delicados trabajos. Sus pies de seda pisaban sin dejar huella. Sus brazos de seda eran impalpables cuando abrazaban. Su pelo de seda caía como una cascada sobre sus frágiles hombros de seda. Su vagina era un hueco de seda incandescente. Su voz de seda a veces no podía expresar la completa urdimbre de su corazón de seda. el hombre de hierro tomó a la mujer de seda entre sus brazos y quedó envuelto en ella. Caminó por el campo, comenzó a llover. Llovió mucho. La mujer de seda quedó empapada, pegada al hombre de hierro. El hombre de hierro seguía caminando con los pies metidos en el barro. Su peso lo hundía, lo hundía cada vez más. Trató de desprenderse de la mujer de seda para que no se hundiera con él. Pero ella estaba anudada a su cuello de hierro. El viendo sacudía a la mujer de seda como un jirón lastimado. Cesó la lluvia. El cuerpo de la mujer de seda se desplegó en el aire y comenzó a flamear. Como una bandera, como una llama de color. Fue una señal para los otros. Pronto llegarían a rescatar al hombre de hierro que ya estaba casi hundido en la tierra... de Cuentos Breves Latinoamericanos editoriales Aique/ Norma
©Gigliola Zecchin de Duhalde (Canela)
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