ESPECIAL
Infantil y Juvenil
|
Elvira Lindo"Manolito tiene un secreto"Elvira Lindo deja leer a los lectores de Literaturas.com en exclusiva mundial el primer capitulo de la nueva aventura de Manolito Gafotas. La autora ha vuelto al mundo de Carabanchel con una divertida aventura de este ser extraplanetario que ya se codea con un niño del montón llamado Harry Potter. Manolito como diría su autora no puede salir indemne de este reto y se vuelve más mágico y comprometido. Aunque no necesite presentación, podemos
decir que Manolito Gafotas, que ha
protagonizado seis novelas más, en esta séptima
cuenta ya con diez años, y que se llama así,
aparte de porque le da “superyuyu”
ir por la vida sin gafas, porque en su colegio
todo el mundo que es un poco importante tiene
un mote. Mientras se prepara para afrontar estos
extraordinarios sucesos, Manolito Gafotas va a
estar acompañado precisamente por los seres a
quienes él mismo dedica la novela. Porque en
esta ocasión ha seguido el consejo de Luisa,
la vecina de abajo, que dice que la
escritora lo único que hace es venir cada año
a Carabanchel (Alto), pasar una tarde,
merendar, y luego pasar a limpio lo que él le
he contado. Así que Manolito ha decidido
dedicar el libro a la propia Luisa; al Orejones
López, su gran amigo (y cerdo a la vez); a
Yihad, porque le ha ordenado que diga en
la dedicatoria que es su mejor amigo y porque
si no le pega una sardinilla (una
sardinilla es una torta rápida, como un
latigazo, que se le da a un enemigo o, en su
defecto, amigo, en esa parte del cuerpo llamada
culo); a Mostaza, el
niño que mejor canta de todo Carabanchel Alto, para que se
acuerde de él cuando sea famoso; a Paquito
Medina, que un día será tan famoso como Joaquín
Sabina, que es un cantante poeta que tiene
la suerte de estar vivo también; a Melody
Martínez, porque dice que si no le dedica
el libro le da otro beso en la boca (y eso sí
que no); al abuelo y, sobre todo, a su
hermano pequeño, el Imbécil, porque a
partir de esta historia su vida va a cambiar
para siempre. Es más, a lo mejor tiene que
dejar de llamarle el Imbécil... Pero no adelantemos qué va a suceder. Mejor será empezar esta historia como le gusta a Manolito: por el principio de los tiempos, es decir, cuando sólo quedan quince días para que los alumnos del colegio Diego de Velázquez se conviertan en los niños ejemplo no sólo de Carabanchel Alto, y no sólo de Madrid, sino de toda España... Al menos eso pretende la profesora, la sita Asunción, cuando anuncia a los de la clase de quinto, la de Manolito, que han sido elegidos entre todos los colegios para recibir una gran visita navideña. No, no van acudir los Reyes Magos ni los Reyes de España ni Bill Clinton, sino alguien de cuyo nombre no pueden acordarse: el alcalde de Madrid. Introducción Dice
la Luisa, mi vecina de abajo, que no es normal
que no me dejen dedicar a mí los libros sobre
mi vida, y que siempre tenga que ser la
escritora quien le dedique mis historias a sus
familiares y amigos. Dice la Luisa que, al fin
y al cabo, ella (la escritora) lo único que
hace es venir cada año a Carabanchel (Alto),
pasar una tarde en mi casa o en la de la propia
Luisa, merendar, y luego pasar a limpio lo que
yo le he contado. Hay veces, dice la Luisa, que
ni tan siquiera lo debe de hacer ella eso de
pasar a limpio, porque trae un casete y lo pone
delante de mi boca y luego, dice la Luisa,
seguro que le da el casete a otra persona y esa
otra persona es la que se encarga de pasar todo
lo que yo digo en la cinta al ordenador. Y la
escritora le paga a esa persona una cantidad
simbólica y encima ni la nombra en el libro ni
nada en la sección de agradecimientos, y sólo
es ella (la escritora) la que cobra. Porque, lo
quiero decir para que quede bien claro, y
porque me ha dicho la Luisa que las cosas hay
que decirlas: yo no cobro nada por contar mi
vida, porque los niños no cobramos porque no
nos deja la Constitución. Bueno, a veces sí
que cobro. Me dan una colleja o una galleta
inesperada. Pero no cobro en metálico. Lo digo
porque hay gente, sobre todo gente de
Carabanchel (Bajo), que se cree que los García
Moreno nos estamos haciendo millonarios con
estos libros y lo va diciendo por ahí. Y
claro, hay personas del pueblo de mi abuelo
(Mota del Cuervo) que cuando vienen a Madrid
llaman a mi madre para pedirle dinero; incluso
hay niños en mi clase que me piden dinero en
el recreo para comprarse un Crunch o un bollo
de chocolate, y lo que yo les digo, que te lo
compre tu madre. No te digo éste con lo que me
viene. Dice
la Luisa que lo mínimo es que esa escritora,
ya que no me da ni un euro del mucho dinero que
dice la Luisa que se está metiendo en sus
cuentas del banco en Suiza, que por lo menos me
deje dedicar los libros a la gente que yo
quiero. Así que voy a dedicar éste. Y claro,
se lo tengo que dedicar a la Luisa la primera,
porque si no se enfada y porque soy su heredero
universal, como sabe todo el mundo en
Carabanchel (Alto). También
se lo dedico al Orejones López, mi gran amigo
(y cerdo a la vez), y a Yihad, porque me ha
ordenado que diga en esta dedicatoria que es mi
mejor amigo y que si no me da una sardinilla en
cuanto que me vea, y a Mostaza, para que se
acuerde de mí cuando sea famoso, y a Paquito
Medina, también, y a Melody Martínez, porque
dice que si no le dedico este libro viene y me
da otro beso en la boca (y eso sí que no). También
se lo dedico a mi abuelo, aunque él dice que
por él no me preocupe, pero ya nos conocemos. Y
sobre todo se lo dedico al Imbécil, mi
hermano, porque a partir de esta historia su
vida va a cambiar para siempre. Es más, a lo
mejor tengo que dejar de llamarle el Imbécil... Pero no quiero adelantar terribles acontecimientos. Como siempre, empezaré esta historia como a mí me gusta: ¡por el principio de los tiempos! CAPÍTULO
UNO
LA
VERGÜENZA DE MADRID
Normalmente,
el que reparte collejas y sardinillas es Yihad,
porque es el que manda desde que empezamos el
colegio, en aquellos años en que no teníamos
uso de razón; pero nosotros (yo, el Orejones,
etcétera), “modestamente”, como diría
Paquito Medina, también repartimos algunas. Últimamente
lo hacemos de la siguiente manera: te acercas a
tu amigo del alma y le das una colleja al bies
mientras dices: “Taran
tarateja... Colleja”. Y
tu amigo tiene todo el derecho del mundo a
darte una toba en la frente mientras contesta: “Taran
taranrullo... Capullo”. Yo
le he contado este juego a gente de otros
barrios..., vamos, no a mucha gente, porque
fuera de mi barrio sólo conozco a la gente que
sale por la tele; pero un día tuve la
oportunidad y se lo conté a un niño que se
sentó a mi lado en el autobús y que era de un
barrio que se llamaba Aluche, y a ese niño
concretamente no le hizo ninguna gracia. Me
dijo que lo que ellos hacían en su colegio de
Aluche era jugar al rescate, y cuando pillaban
a alguien, en vez de agarrarlo, le pegaban un
empujón para atrás y lo tiraban al suelo
mientras gritaban: “¡Y
qué me importa si tu culo explota!”. El
niño de Aluche se empezó a reír de una
manera tan terrorífica que a la gente del
autobús que iba amargada pensando en sus cosas
le llamó la atención. Yo le tuve que decir
que a mí concretamente lo que hacían en su
colegio tampoco es que me pareciera de matarse
de risa, y al final del viaje los dos nos
despedimos con bastante educación –haciendo
así un gesto con la cabeza–, pero pensando
que a lo mejor tendríamos que viajar más, ir
de vez en cuando a los barrios de al lado, como
Aluche o Carabanchel Bajo, para poder entender
a niños de otros mundos (mundiales) y
compartir sus culturas. Pues
eso, que la sita aquel día entró con una
noticia muy grande que darnos, pero no dijo
nada; se sentó en su mesa, mientras nosotros
nos dábamos las últimas collejas y
sardinillas vengadoras de la mañana, saltábamos
por los asientos y nos lanzábamos pelotillas
de papel chupadas soplando por el canuto de un
boli, cosas que, ya te digo, a nosotros nos
hacen una gracia mortal (y a los de Aluche a lo
mejor no). Y estábamos en esa actividad
extraescolar, cuando Mostaza señaló a la sita
y dijo: –¡Mirarla!
¿Qué la pasa? Y
se oyó como un eco que decía: –¿Qué
la pasa, qué la pasa? Y
no era un eco, éramos nosotros, que también
estábamos alucinados. La sita seguía a su
bola, y eso que nosotros seguíamos diciendo:
“¿Qué la pasa?”. La sita nos lleva años
advirtiendo que se dice “¿qué le pasa?”,
pero es que a los niños de Carabanchel Alto no
nos sale decir “¿qué-le-pasa?”, aunque lo
intentemos con toda la fuerza de nuestras
gargantas. Aunque mentalmente estemos pensando
“¿qué-le-pasa?”, cuando vamos a decirlo
nos sale “¿qué-la-pasa?”. ¿Y por qué
nos pasa esto? Académicos de todo el mundo han
intentado descifrar este enigma sin éxito. Allá
ellos con su enigma. A nosotros los enigmas nos
chupan un pie. La
sita parecía que no se daba cuenta de que nos
habíamos callado y la estábamos mirando con
nuestras bocas abiertas, y que Mostaza la seguía
señalando con el brazo levantado, que parecía
la estatua de Cristóbal Colón, sin moverse,
paralizado, sólo de vez en cuando sorbía la
nariz para echarse los mocos para dentro,
porque Mostaza casi siempre tiene unos mocos a
medio caer, y cuando no los tiene es que ha
conseguido metérselos durante un rato. La sita
miraba al infinito y sonreía como si en vez de
estar en nuestra clase estuviera ya jubilada
dando vueltas por España en un autobús del
Imserso, que dice que es lo que piensa hacer en
cuanto nos pierda de vista. No
sabíamos si despertarla o dejarla vivir aquel
sueño dorado. Al fin y al cabo, siempre habíamos
soñado con un tipo de señorita así, una señorita
que pensara en sus cosas mientras nosotros pensábamos
en las nuestras. Pero como somos unos niños
bastante complicados, decidimos despertarla.
Paquito Medina se acercó y dijo bajito: –Señorita,
señorita... Pero
nada, ella a lo suyo. Se echó a reír un
poquito, como si alguien le estuviera contando
alguna gracia. A nosotros esto ya nos empezó a
dar un poco más de miedo. “¡Dios mío, ha
perdido la cabeza!”, pensamos todos superalunísono.
Entonces Yihad, que tiene métodos más
terribles de despertar a las maestras, cogió
con todo el morro el pito que la sita lleva
colgado de un cordón y pegó un silbido que a
nosotros nos hizo correr hacia nuestros sitios
como si nos hubiera saltado un resorte, y a la
sita la hizo levantarse de su silla y mirarnos
como si fuera la primera vez que nos tenía
delante de los ojos. –¡Así
me gusta, delincuentes! –nos dijo, paseándose
entre los pupitres, con una pinta de
supergenerala y nosotros de soldados que van a
ir a la guerra–. ¡Así me gusta, que no haga
falta que yo os mande sentar para que os sentéis,
que no haga falta que yo os mande callar para
que os calléis, que no haga falta que yo os
mande estudiar para que estudiéis! Mostaza, límpiate
los mocos. ¡Niños del mañana, niños que
sean el orgullo y el ejemplo de esta ciudad!
Vosotros, delincuentes, erais, hasta hace media
hora que empezó el recreo, la vergüenza de
Madrid, pero todo esto se va a arreglar en los
próximos 15 días. ¿Por
qué?, nos preguntamos los unos a los otros,
porque a nosotros no nos importa ser la vergüenza
de Madrid, ya estábamos acostumbrados. –Os
preguntaréis por qué vais a sufrir esa
transformación... Pues
sí, nos lo preguntábamos bastante. –Os
lo diré. De aquí a 15 días os vais a
convertir en los niños ejemplo no sólo de
Carabanchel Alto, no sólo de Madrid, sino de
toda España... –¡Ooooohhhhh!
–dijeron nuestras bocas a la vez. –Dentro
de 15 días vamos a recibir una visita muy
importante, y tenemos que dar la talla. Habéis
sido elegidos entre todos los colegios de
Madrid para recibir una gran visita navideña... –¡Los
Reyes Magos! –dijo el Orejones, que a estas
alturas ya ha escrito cinco cartas. –¡Nada
de Reyes Magos, que no tenéis en la cabeza más
que caprichos y consumismo! Alguien más
importante que los Reyes Magos. –¡Los
Reyes de España! –lo dijo Arturo Román,
pero la verdad es que era lo que todos estábamos
pensando. –No,
por Dios, dejaos de Reyes, que no son Reyes. Va
a venir a visitarnos una autoridad muy
importante. –¡Clinton!
–gritó Paquito Medina, que es el que más
entiende de política internacional. A
nosotros nos pareció una buena idea. –Sí,
hombre –dijo la sita bajándonos de la
nube–, no tiene otra cosa que hacer Clinton
que venir a veros a vosotros. –¿Pues
quién? –dijimos. –Os
va a venir a ver... ¡el alcalde de Madrid! A
ver, quién me dice cómo se llama el alcalde
de Madrid –preguntó la sita con una sonrisa. Se
hizo un silencio aterrador y bastante
sepulcral. –Va
a ser un trabajo duro –dijo la sita–. Pero
juro ante Dios que os prepararé a fondo para
que el alcalde nunca pueda olvidar esta visita. ©Elvira Lindo 2002 ©
del texto: 2002, Elvira Lindo
|