ESPECIAL
Infantil y Juvenil
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Víctor Mora
©Fotografía FERVA 2002
RESEÑA Víctor Mora El secreto de la dama enjaulada Editorial
Destino 2002 Víctor Mora es seguramente más conocido en España como guionista de cómic que como columnista y escritor de prestigio. Los aficionados a este arte recuerdan las historias del Capitán Trueno, Jabato o el Corsario de Hierro, entre otros personajes, de la mano sobre todo del desaparecido Ambrós, el excelente dibujante valenciano. Por la época en que ideó al sonriente paladín, firmaba las historias con el pseudónimo de Víctor Alcázar, entre otros motivos para esquivar la censura que con añeja tenacidad se empecinaba en la ablación de los argumentos. Mora cuenta una anécdota al respecto sobre un censor de la época que decidido a salvaguardar el candor infantil exigió que se eliminaran las espadas de los dibujos. Quedaron así los personajes alzando el reivindicativo puño, con lo que tenía ese gesto de garbanzo revolucionario en el zapato del régimen. A veces se le ha acusado a Mora de repetir los esquemas de sus historias y circunscribirlas a una galería de personajes calcados o al menos parecidos. Si se observa la trinidad que forman los protagonistas de muchas de sus aventuras esta afirmación no se aleja tanto de la realidad. Pero no es menos cierto que un autor siempre debe ser fiel a su estilo y a los valores que desea transmitir. Además es en la imaginería infantil y juvenil, (sin desdeñar a cierto tipo de público adulto es a la que van dirigidas estas historias) donde es necesario que los personajes estén bien definidos moralmente. En “El secreto de la dama enjaulada” Mora se ciñe al estilo de aventuras clásico de protagonistas de una pieza, maniqueos y de comportamiento íntegro característico de la literatura para los más jóvenes. A veces uno puede imaginarse a Bernardo de la Bellasuerte conocido como Corazón de Hierro, (el protagonista de la novela) con esa mueca socarrona con la que Ambrós o Beaumont dotaban a sus personajes en las aventuras gráficas. El arrojo temerario de este guerrero, oriundo de Barcelona como Mora, y sobre todo la ausencia de sangre y muertos en la mayoría de las batallas, nos recuerda a la deportividad aséptica de los héroes de los tebeos; las pavorosas bofetadas a mano abierta de Goliath, los ganchos de derecha de Jabato o las escaramuzas de Crispín y de Fideo. La narración que es ágil, como lo suelen ser este tipo de relatos, se desenvuelve con las claves arquetípicas de la literatura de género que tantos buenos momentos nos ha hecho pasar cuando éramos bajitos y desinformados. La princesa es como debe ser una princesa: hermosa, valiente y un poco calentorra, y los secundarios tanto los villanos como los amigos de los protagonistas conforman una heteróclita galería de personajes, desde el jovencito hábil, fiel e idealista hasta el mago mentor, pasando por el brutote leal de por vida, y cómo no, el malvado poderoso y psicópata con un plan perfecto para hacerse con el poder. Por supuesto sobrevuela sobre toda la historia la nostalgia de la tierra, el amor y la ausencia omnipotente de un Emperador-Dios apelado en los mitos esenciales desde que el primer mono se acuclilló ante el fuego. En definitiva es una buena propuesta literaria para los niños que comienzan a abrirse camino en la vida y una coraza ante la maraña de espinas de ambivalencia y duda que hay que apartar en cada bocado de realidad. Porque si bien de vez en cuando nos queda París, también de vez en cuando nos identificamos con esos caballeros de pecho de hierro que conocimos en nuestra infancia, aunque la ilusión nos dure hasta la primera tos. ©Miguel Ángel García 2002
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