ESPECIAL
Infantil y Juvenil
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Y... de repente... Harry Potter
por ©Milagros Oya Martínez Escritora de literatura infantil y juvenil.Vigo. España
Una de las preguntas más habituales a las que se debe enfrentar un escritor de literatura infantil y juvenil es: “¿Para cuándo el gran salto? ¿Para cuándo una novela dirigida a los adultos?” La reiteración en la cuestión deriva, desde luego, de las enormes dificultades que sufrimos, en este estrambótico gremio, para que nos tomen en serio. Es complicado para todo hijo de vecino considerar importante la labor de un adulto, en mi caso treintañero, que ocupa su tiempo aprendiendo la magia de los enanos, viajando con extraños extraterrestres o lamentándose porque las aventuras de los “Porcos no espacio” no consiguen ver la luz. Por supuesto, el significado de tan absurdo comportamiento no puede ser otro que una falta total de capacidad para relatar una historia, con un estilo medianamente correcto y un tema razonablemente interesante. Tras esta conclusión mayoritariamente admitida, aunque por respeto pocas veces formulada tan abiertamente, todavía resulta más difícil explicar el por qué seguimos en la brecha en una actividad que apenas nos reporta beneficios económicos y que cada vez está más desprestigiada.
Tal vez todos estén en lo cierto y nosotros, esos escritores que vivimos colgados de la fantasía, no seamos más que unos tipos inmaduros anclados en nuestras almas de niños y envenenados por ilusiones insensatas. Cómo hacer entender a los que me rodean que aunque sería maravilloso para mí ser Marcel Proust o Thomas Mann, jamás consideré esa posibilidad, ni un solo instante, porque mi ilusión insensata, el sueño que me mantiene al pie del cañón, ha sido siempre crear juguetes.
Los juguetes, según el diccionario, son objetos dirigidos al entretenimiento que ayudan al desarrollo emocional, social, mental y físico. Si hubiese tenido cualidades, hubiese deseado haber sido la autora del cubo mágico, ese curioso artilugio que ha conseguido que grandes y pequeños ocupasen horas y horas en intentar ordenar los colores en cada una de sus caras. Me hubiese encantado haber sido la madre del Scalextric que tantos buenos ratos ha hecho pasar a padres e hijos. Incluso el alumbramiento de una pariente pobre de la Barbie hubiese colmado mi ansia de proporcionar diversión y alegría, tanto a la niña que colecciona emocionada los vestiditos de turno, como a la madre que regularmente los cose y plancha con esmero. Pero mi destino me llevó por otros derroteros bien distintos y un día me encontré intentando crear un maravilloso juguete, cuadradito, pequeño, con dos tapas de colores y muchas hojas. Era para mí un objeto mágico, capaz de atraparte desde el mismo momento en el que osabas separar sus tapas y lanzarte a una aventura en tres dimensiones en la que cualquier cosa, por increíble que pareciese, podía ser cierta y en la que siempre me convertía en heroína. De este modo, para este fabuloso objeto era fácil trasladarme al Polo Norte, al espacio sideral, a los Mares del Sur, al misterioso mundo de los enanos, o sumergirme en las hazañas de una desconocida civilización extraterrestre. ¡El juguete más grandioso jamás inventado! Para grandes y pequeños, para hombres y mujeres. Un juguete para la humanidad, para su desarrollo emocional, social, mental y hasta físico.
Aún recuerdo la respuesta atónita de mi interlocutor cuando intenté explicarle esta delirante idea. “¿Y vas a ofrecer juguetes a la escuela? Seguro que sigues consignas de la PlayStation.” En un primer momento no comprendí la sarcástica alusión al gran monstruo de las video consolas, porque, desde luego, jamás me había encontrado en ningún recinto educativo con un representante de semejante marca. Y sin embargo, no podía dudar de que las video consolas son juguetes y de los más de moda entre los pequeños. ¿Habría un motivo para que nunca promocionasen sus productos en los colegios? ¿Tendría algo que ver con que los juguetes y la escuela no parecen combinar muy bien? Y si era así ¿Qué hacía yo hablando de objetos tan divertidos dentro de un aula? La respuesta no tuve que buscarla muy lejos, cualquier profesor de los que intentaban poner orden en una clase ansiosa porque llegase la hora de salir al recreo, podía explicármelo. “Los libros no son juguetes. Son instrumentos para la educación. Deben procurar reflejar la realidad cotidiana y enseñar a los muchachos el camino para construir una sociedad más justa, tolerante y responsable” Ahora comprendía ya porque estaba yo cargada de cuentos en medio de un montón de chavales que consultaban constantemente el reloj. Mi delirante idea de libros igual a juguetes era falsa. Yo no era una creadora de entretenimiento, sino una educadora. ¿Cómo era posible que me hubiese equivocado tan radicalmente? Recuerdo que tras tan terrible descubrimiento sentarme ante el ordenador me aterraba. No soy ni pedagoga ni maestra, ¿Cómo me iba a atrever a educar sin la titulación adecuada? Mis ilusiones se disipaban rápidamente. En las jugueterías no se vendían libros y los que los niños leían eran los que les obligaban a adquirir en las escuelas. El libro juguete no existía más que en mi imaginación y a nadie parecía interesarle. No quedaba más alternativa que, o bien, concentrarme en mi nuevo papel de educadora, o bien, abandonar mis sueños y dedicarme a esa otra literatura, la adulta, en la que no se te obliga a ser un pedagogo políticamente correcto y se puede ser, sencillamente, uno mismo.
Envuelta en este torbellino de dudas me hallaba, a punto de colgar la fantasía para siempre y...de repente, Harry Potter vino a salvarme.
Allí estaba. No era cuadradito, pero sí rectangular, con tapas amarillas, letras misteriosas y un precioso dibujo en el que un muchacho de gafas, con una capa roja y subido a una escoba, trataba denodadamente de atrapar una extraña pelota con alas. Fauces terribles aullaban a la luna menguante desde un aterrador castillo, mientras un unicornio blanco huía en dirección a una tétrica fraga. No parecía muy educativo, ni se me antojaba que reflejase ninguna realidad cotidiana. Lo que sí hacía era presidir una cola de muchachos ávidos que ignorando los Pokemons, las Gameboys y los legos de turno, se apelotonaban con intención de ser los primeros en tenerlo en su poder. Sorprendentemente se hallaba en una juguetería y en aquel momento era el producto estrella.
La impresión que tal escena produjo en mí fue brutal. En los día siguientes me afané por informarme de todos los pormenores de aquella grandiosa obra que había conseguido negarle el protagonismo, al menos temporalmente, a la omnipresente PlayStation. Se trataba de un libro británico, cuya autora era una joven sin ninguna experiencia en el campo de la literatura. Según autores y críticos españoles, era una obra corriente, tirando a mediocre, sin profundidad en los personajes y sin ningún detalle especialmente destacable. La opinión general era que en nuestro país había obras mucho mejores (Imagino que estas se hallarían olvidadas en alguna biblioteca escolar).
¡No me lo podía creer! ¡Aún por encima el libro era malo! Niños que jamás se habían acercado a la lectura se peleaban por conseguir cada una de las entregas y alguna de ellas llegaba a tener una extensión de 700 páginas. ¡Cielos! ¡700 páginas! ¡Qué envidia! Jamás en ninguna editorial me han admitido un original infantil de más de 180 y puedo afirmar que elaborar una buena historia en un espacio tan limitado no es tarea fácil.
A partir de este descubrimiento la envidia menos sana me poseyó. Sueños oscuros me asaltaban cada noche. Me imaginaba ciudadana británica, escribiendo en un inglés perfecto y llenando las tiendas de juguetes con las fantásticas aventuras de mis Cerdos espaciales, “Space Pigs”. Millones de niños leían mis historias. Yo no les proporcionaba realidad, eran ellos los que me la regalaban, convirtiendo, con cada lectura, a sencillos personajes con morros chatos en seres de carne y hueso. Un sueño maravilloso y a la vez una pesadilla; y era así puesto que cuando me despertaba, aterrada me percataba de que no hablo ni una palabra de inglés y de que los Space Pigs no son más que cerdos espaciales y a nadie le interesan. Sin embargo, no se contenta el que no quiere, y como autora de literatura infantil soy fundamentalmente positiva y no podía por menos apreciar que la existencia de Harry Potter en la juguetería venía, después de todo, a darme la razón en mi teoría. Por la magia de este muchacho de rayo en la frente podía afirmar bien alto que los libros juguetes existen. Tal vez a los adultos no les interesen, pero a los niños les encanta leerlos y no es necesario que padres y maestros les obliguen a comprarlos. ¡Incluso ahorran para ello! ¡Maravilloso! ¡Gracias Harry Potter! Gracias de corazón. ©Milagros
Oya Martínez 2002 http://www.encomix.es/~milaoya
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