ESPECIAL
Infantil y Juvenil
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Tras
las huellas de Henry Rider Haggard por ©María Alejandra Gutiérrez
María
Alejandra Gutiérrez Tovar. Venezuela.
Licenciatura en Comunicación Social, Mención
Audiovisual. Universidad católica Andrés
Bello, Caracas, Venezuela. 1993-1998.Estudios
Teatrales. Grupo Actoral 80. Caracas,
Venezuela.1998-2001.Periodista del Departamento
de Publicaciones. Museo de Arte Contemporáneo
de Caracas Sofía Ímber. Caracas. Actualidad.
Colaboradora de la Revista de Arte y Literatura
Ateneo. Los Teques, Estado Miranda, Venezuela.
Mi
encuentro con el universo “haggardiano”
comenzó el día en que renté Las minas del
Rey Salomón, del año 1950, protagonizada
por Stewart Granger y Deborah Kerr. Al
descubrir que la película estaba basada en un
libro sentí curiosidad. Así fue como tuve
entre mis manos una edición, con una portada
muy colorida, del libro publicado por el
escritor inglés en 1885. Se puede decir que se
trató de una atracción instantánea, pues no
pude parar de leer hasta concluir la última página.
Desde entonces me he interrogado acerca de
aquello que me produjo tal empatía con esta
literatura. Se
dice que hay libros o autores para cada edad.
Es así entonces que Julio Verne, Robert Louis
Stevenson, Jonathan Swift y Charles Dickens,
entre muchos otros, reciben la clasificación
de clásicos o autores juveniles, como si una
persona adulta o mayor no pudiera sucumbir ante
las mieles de tan magnífica narrativa. Cuando
en realidad sucede, en ocasiones, que no
elegimos un libro para leer, ellos nos
encuentran a nosotros, bien en una biblioteca,
en una librería, en un viaje o simplemente
cuando nos contagiamos de la pasión que
alguien cercano siente por algún autor
predilecto, y esto sin duda puede sucedernos en
cualquier época de nuestras vidas. De
modo que quedé atrapada en las redes de
Haggard con la lectura de su libro más
exitoso: Las minas del Rey Salomón.
Poco tiempo me tomó descubrir que disponía de
una muy amplia bibliografía (más de 40 títulos)
para continuar mi recorrido en ese mundo de
fantasía y aventura, pues esto último es
precisamente lo que se encuentra en los libros
de este escritor: aventura en el sentido más
emocionante de la palabra. Con
el segundo libro que pude leer, Ella, mi
fascinación fue en aumento, luego se
sucedieron Ayesha, Allan Quatermain,
La maldición de Chaka y La venganza
de Maiwa, entre otros. Analizándolo
detenidamente creo que mi entusiasmo comenzó
en el momento en que me sentí transportada a
otros mundos, atrapada por historias
envolventes, por personajes heroicos y sin
embargo muy humanos, por una escritura
sencilla, cautivadora y entretenida.
Sensaciones estas que no experimentaba desde
que era adolescente y gustaba leer historias
emocionantes de islas con tesoros, huérfanos
abandonados, valientes caballeros, náufragos... Una
existencia novelesca
Pero,
¿quién fue este hombre que pasó a engrosar
en las bibliotecas la sección de los llamados
clásicos juveniles? Pues bien, Henry Rider
Haggard llevó una vida que bien pudo ser el
argumento de una de sus novelas, de hecho, como
en toda literatura hay elementos biográficos
en muchos de sus libros. Nació
en Wood Farm, Norfolk, Inglaterra, el 22 de
junio de 1856, siendo el octavo hijo de William
Haggard y Ella Doveton. El joven creció dentro
de una familia apegada a una moral muy rígida
y bajo el influjo de una estricta religiosidad
de carácter protestante. De salud delicada al
nacer, pronto desarrolló una inclinación por
los espacios abiertos y la vida natural. Su
madre poseía tendencias literarias y escribía
versos, pero el ambiente reinante en el hogar
era el de los negocios. Sin embargo, Henry leyó
en su juventud muchos autores clásicos, a los
que se uniría más tarde para trascender en el
mundo literario. Henry
Rider no tuvo una formación universitaria a
pesar de los intentos de su familia porque
alcanzara una educación académica. Cuando tenía
18 años de edad su padre tomó una decisión
que cambiaría el curso de su vida: recomendó
a su hijo para que formase parte de un grupo de
funcionarios que acompañarían a Sir Henry
Bulwer, en su estadía como gobernador de
Natal, en África. Así, a los 19 años, Henry
Rider salió por primera vez de Inglaterra para
dirigirse al enigmático continente africano,
cuyo exotismo era poco conocido entonces. Durante los años que permaneció en África tuvo la oportunidad de recorrer ampliamente el territorio, de presenciar las luchas de los zulúes contra bóers y británicos, de conocer muchas costumbres de las tribus africanas, y también de practicar la caza, actividad que recreará en muchas de sus novelas. A su regreso a Inglaterra, Henry Rider, marcado ya para el resto de su vida por su experiencia africana, abandonará definitivamente su vida diplomática para dedicarse a la literatura. Un
auténtico viaje literario
Cetywayo
y sus vecinos blancos
fue su primer libro, publicado en 1882. Le
seguirán un volumen de cuentos titulado Amanecer
y La cabeza de la bruja. Pero el éxito
avasallante llegó con la publicación de Las
minas del Rey Salomón. No sorprende que
los lectores hayan sido conquistado con el
inicio de la saga del legendario cazador Allan
Quatermain, inspirado en un personaje real:
Frederick Selous, hijo de una familia noble
inglesa, que viajó a África a los 19 años en
busca de caza y aventura. En este libro,
traducido a casi veinte lenguas, Haggard plasmó
todo su conocimiento sobre el continente
africano, presentándole a un público ávido
de buenas historias una región que fácilmente
estimuló su imaginación, llevándolos a volar
por lejanos parajes, aquellos donde se
desarrollan las aventuras de Allan o, como fue
bautizado por los cafres, Macumazahn, “el que
mantiene los ojos abiertos”, personaje que
ostenta un carácter reflexivo, fatalista y escéptico.
Junto a él, su compañero, Sir Henry Curtis y
el enigmático nativo Umbopa, se lanzarán a la
búsqueda de unas antiguas minas de diamantes,
expedición que implicará toda clase de retos,
peligros y sortilegios. El
cazador Allan Quatermain será también el
protagonista de un libro homónimo que relata
sus aventuras en un viaje en busca de una raza
blanca que habita al norte del Monte de Kenya.
En esta odisea también le acompaña Sir Henry
Curtis y Jonh Good, ex comandante de la Armada
Real, además de Umslopogaas, un valiente
guerrero zulú. Con
estos dos libros Haggard parece establecer los
temas que caracterizarán la mayoría de sus
libros: el heroísmo no exento de humanidad,
los viajes, los escenarios exóticos, las
civilizaciones perdidas y la pugna entre el
bien y el mal. Su
segundo gran éxito, considerado por muchos
como su mejor libro, fue Ella, una fantástica
historia, seductora de principio a fin. En ella
Haggard trae a la vida a una misteriosa y
poderosa mujer: Ella, La que debe ser
obedecida, un personaje fascinante que aparecerá
en otras de sus novelas. Al
leer Ella no podemos evitar volar en las
alas de la imaginación a tierras tan extrañas
como la legendaria Kôr, un reino fantástico
creado por el escritor, donde reina esta
sacerdotisa, que parece haber conquistado el
secreto de la eterna juventud. Hacia allá nos
dirigimos acompañados de Horace Holly, hombre
de una fealdad extraordinaria y de Leo Vincey,
joven de una belleza deslumbrante. Junto a
ellos emprendemos la búsqueda de un secreto
que vincula la vida de Leo con un pasado
inmemorial, cuya clave está en el santuario de
La que debe ser obedecida, al cual arribarán
luego de superar innumerables dificultades. Años
más tarde H. Rider Haggard traerá de vuelta a
esta especie de semidiosa en Ayesha, la
continuación de Ella. En esta ocasión
Asia será el escenario donde los aventureros
continuarán sus andanzas descubriendo otro
pueblo perdido, y donde Ella dará nuevamente
señales de su poderío y de su pasión
infinita por Leo Vincey. Con
justicia se puede afirmar que con estos dos últimos
libros Henry Rider Haggard se convirtió en uno
de los más grandes narradores de la literatura
fantástica. Sin
embargo el autor inglés no sólo hizo novelas
de carácter fantástico, también escribió
obras de corte histórico como Cleopatra,
psicológicas como Mr. Meeson’s Will y
de fantasmas como Stella Fregelius. La
carrera de H. Rider Haggard fue muy prolífica,
aun cuando, debido a varias desgracias
familiares, como la muerte de sus padres y la
desaparición de su hijo, se alejó un tiempo
de la literatura. No obstante, prevaleció el
deseo de contar historias y hacia el final de
su vida recuperó su pasión por la escritura
que perduró hasta su muerte el 14 de mayo de
1925. Rider
Haggard se erigió junto a los grandes de la
literatura de su momento y fue considerado un
autor de la talla de Rudyard Kipling, de quien
fue íntimo amigo. Generaciones han disfrutado
de la magia que emana de sus historias y sus
libros fueron apreciados en todo el mundo,
incluso el siquiatra Carl Jung
fue su seguidor. Decía
el escritor argentino Jorge Asís que para él
las cualidades de un escritor deben ser: “que
no aburra, que cuente, que sepa narrar, que
conmueva, que espante...” No cabe duda que H.
Rider Haggard se ajusta plenamente a esta
descripción, con sus increíbles narraciones,
sus personajes inolvidables y sus invenciones
de mundos maravillosos. Definitivamente
nunca es tarde cuando la dicha es buena. ©María
Alejandra Gutiérrez. 2002
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