ESPECIAL
Infantil y Juvenil
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Pasajero
en tránsito por ©Ma. Teresa Andruetto Centro de Promoción de la Literatura Infantil y Juvenil (CeProPaLiJ). Universidad Nacional del Comahue. Argentina. Conferencia del 1er Seminario Internacional de Literatura Infantil y Juvenil. Cipolletti, setiembre 2001 María
Teresa Andruetto nació en Arroyo Cabral,
Provincia de Córdoba, Argentina, el 26 de
enero de 1954.Profesora de Letras Modernas.
Facultad de Filosofía y Humanidades.
Universidad Nacional de Córdoba, Argentina.
Egresó en 1975. Licenciada
en Letras Modernas. Facultad de Filosofía y
Humanidades. Universidad Nacional de Córdoba,
Argentina. Egresó en 1975.Maestra de Música.Especialista
en Literatura infantil y juvenil. Febrero de
1993. Berlin, Alemania.Premio Novela Luis José
de Tejeda por Tama, 1992 Fondo Estímulo
a la Actividad Editorial por Palabras al
rescoldo, 1993.Seleccionada para el Segundo
Encuentro Nacional de Teatro Semimontado por Enero.Mención
de Honor III Bienal de Literatura Juan Beroes
por Kodak, Universidad de los Andes, Táchira
San Cristóbal, Venezuela, 2001.Seleccionada
para el Ciclo de Teatro por la Identidad por Enero,
2002. Publicó
las novelas Tama
(Editorial
Municipalidad de Córdoba, 1993; reeditada por
Editorial Alción, Córdoba, 2002) y Stefano
( Editorial
Sudamericana,
Buenos
Aires,1997; actualmente en prensa en la colección
Baobab, de Editorial Atlantis de Basilea, su
versión en alemán),
Todo movimiento es cacería (cuentos,
Editorial Alción, Córdoba, 2002), los libros
de poesía Palabras
al rescoldo, Pavese y otros poemas y
Kodak
( todos ellos editados por
Editorial Argos, Córdoba), tradujo Rota de
Colisao (poemas vertidos del portugués) de la
poeta ítalo-brasileña Marina Colasanti y ha
publicado diversos libros para chicos y jóvenes,
entre ellos El
anillo encantado (1993),
Huellas
en la arena (1997);
La mujer vampiro (2001),
Benjamino
(2002) en Editorial Sudamericana,
Dale Campeón (Editorial
Sicornio, Córdoba, 2000), Historia
de Nato y el Caballo que Volaba
(Aique Grupo Editor, Buenos Aires, 1996) y El
país de Juan
(Ediciones Anaya, Madrid, en proceso de edición)
entre otros. Obtuvo
por su escritura entre otras distinciones el
Primer Premio Novela Luis José de Tejeda 1992,
los White Ravens 1993 y 1998 de la
Internationale Jugendbibliothek, de
Munich, el Premio Banco del Libro, de Caracas,
Mención de Honor del Fondo Nacional de las
Artes en los rubros libro de cuentos y obra de
teatro inédita, Finalista Premio Sent Soví de
Literatura Gastronómica (Barcelona) y figura
en diversos catálogos y selecciones nacionales
e internacionales de libros y autores para
chicos y jóvenes.
Cuál es el lugar de un escritor. Si lugarsignifica
influencia, importancia práctica, el
arte no ocupa ningún lugar. Utopía significa
precisamente eso: no lugar, ningún
lugar. Un escritor no es sólo un señor
que publica libros y firma contratos y
aparece en televisión. Un escritor es, un
hombre que establece su lugar en
la utopía. Abelardo Castillo(1)
Entre
los africanos, cuando un narrador llega al
final de un cuento, pone su palma en el suelo y
dice: aquí dejo mi historia para que otro la
lleve. Cada final es un comienzo, una historia
que nace otra vez, un nuevo libro. Así se
abrazan quien habla y quien escucha, en un
juego que siempre recomienza y que tiene como
principio conductor, el deseo de encontrarnos
alguna vez completos en las palabras que leemos
o escribimos, encontrar eso que somos y que con
palabras se construye. Para escribir una y otra
vez lo que nos falta, la escritura nos conduce
a través del lenguaje, como si el lenguaje
fuera – lo es- un camino que nos llevara a
nosotros mismos.
Como la
vida misma, todo texto despliega un movimiento
desde un punto de precario equilibrio hacia
otro equilibrio también precario. Algo penetra
en lo que está quieto y su irrupción provoca
adhesiones, resistencias, tomas de posición,
intentos de recuperar lo perdido o de adquirir
algo nuevo, hasta que todo se aquieta otra vez. Escritura
entonces como movimiento, como camino para
quien escribe y para quien lee. Camino, migración
de un sitio a otro. Hija
de un partisano que llegó desde Italia a la
Argentina después de la Segunda Guerra Mundial
y mujer de un hombre que debió asilarse en un
país europeo durante la pasada dictadura, me
fueron narrados con persistencia los cuentos y
las cuentas del desarraigo, los costos de pasar
de una cultura a otra, de un mundo a otro.
Volverse adulto es también haber migrado. Y la
migración misma, esa zona de pasajero en tránsito,
ese tiempo que hemos dado en llamar
adolescencia. Cuando
yo era chica los
corredores eran largos las
mesas altas las
camas enormes. La
cuchara no cabía en
mi boca y
el tazón de sopa
era
siempre más hondo que
el hambre. Cuando yo era chicasólo
gigantes vivían allá
en mi casa menos
mi hermano y yo que
éramos gente grande venida
de Lilliput (2). Migrar
de un mundo a otro y adolecer, vivir lleno de
faltas en el tránsito. Abandonos precarios, de
frase en frase, de sitio en sitio, con la mano
extendida a un otro que preste su voz y haga
que lo escrito viva. El camino que trazamos
sobre la página es el viaje de un deseo:
palabra conquistada y a la vez mano extendida,
ruego, invitación, pérdida brutal de la
palabra. El
que migra, y toda escritura es migración, va
hacia un habla que jamás le será dada. De esa
pérdida se forma el escribir (3). Falta y
no otra cosa es lo que tenemos al comienzo de
cada proyecto. Se escribe porque no se sabe, no
se comprende. Se escribe para confirmar una y
otra vez que
no se sabe, que no se comprende. Quien escribe
busca una forma para eso que no tiene forma y
que por eso es incomprensible, busca un
continente para un contenido que siempre se
desborda. Y lo que
encuentra es una voz apenas, susurro de
lo que no se sabe decir, de lo que no se puede
decir, de lo que nadie enseña a decir. ¿Por qué escribir entonces en busca de lo que se nos está negado? Para un buscador de oro, el placer está en buscar. Un escritor es un buscador cuyo placer más puro es encontrar entre miles de palabras, las palabras. Esa es la única explicación que he encontrado para mí a lo largo de los años. Cuando dejamos de buscar, cuando se pacifica la relación con el lenguaje, éste deja de decir nuestra falta, eso que nos largó al camino de la escritura. Deja de decir y de decirnos; se vuelve contra nosotros. ¿Un escritor domina las palabras? Más bien se podría decir que un escritor tiene problemas con las palabras, que las ha convertido en su problema. Encuentro y pérdida permanente, palabras bailando en una boca muda. Así, como quien no puede pero de igual modo lo intenta, el escritor escribe el deseo del otro. La
escritura se convierte entonces, como la vida
misma, en un atravesar, narración de viaje
para liberarnos de las cosas no evitándolas
sino atravesándolas, como quería Pavese
(4). Por eso la permanencia de la novela de
formación, aquella estructura narrativa nacida
en el marco del romanticismo alemán, en la que
un personaje se construye a sí mismo en el tránsito.
El héroe comienza a delinearse ante nosotros a
partir de una carencia. Como en el comienzo de
los tiempos, deberá sortear pruebas. No tres,
no siete, sino cientos de pequeñas pruebas
hasta llegar a ese centro preciado e ilusorio
que es el encuentro de cada uno consigo.
Precario, provisorio centro de la vida. ¿Quién
es ése que viene con nosotros y llega ahora al
final de la novela? ¿Ése que al comienzo era
un niño, un muchachito? Es un hombre. Como
cada uno de nosotros. Un hombre singular y a la
vez un hombre como todos. Sencilla verdad
eternamente repetida. Si
todas las novelas se pueden reducir en última
instancia, a dos formas: la que gira en torno a
un centro y la que desplaza los sucesos de un
sitio a otro (la novela de enigma y la de
viaje), entonces la novela de viaje -ya se
trate de las que narran un viaje interior o de
las llamadas novelas de camino-, se presenta
como una arquitectura ideal para los más jóvenes,
entre otras cosas porque todo sufrimiento está
allí protegido por la convicción de que se
atravesará de un modo o de otro la zona de tránsito. ¿Estructura
demasiado convencional? Toda escritura es
experimental, ya que constituye, si es genuina,
una exploración intensa de la palabra y una
experiencia profunda en el seno de uno mismo.
La verdadera originalidad, es una huída de la
repetición de uno mismo, de la copia de uno
mismo; y consiste en entender cada proyecto de
escritura como una exploración nueva (nueva
para uno, quiero decir) en el seno de la
palabra, como una intensificación de la
experiencia, porque se escribe contra la
lengua, contra lo lingüísticamente correcto,
contra lo políticamente correcto, se escribe
contra todo y sobre todo contra nosotros
mismos, violentando el lenguaje y violentándonos,
buscando la salida de eso que somos en las
rajas que se producen entre una palabra y otra,
buscando aquello que entre una frase y otra,
en esa grieta que no es silencio ni voz,
aparece (5). ¿Inventar
o descubrir?. Mirar sobre todo. Mirar con
intensidad para dar cuenta de lo que se mira,
porque la escritura (como la lectura)
depende del mundo que se haya contemplado y de
la forma sutil en que se ha incorporado la
experiencia para
percibir la complejidad y el
intrincamiento de la apariencia. Porque el arte
es un método de conocimiento, una forma de
penetrar en el mundo y encontrar el sitio que
nos corresponde en él (6). El peligro de ayer era lo que dimos en llamar- con una palabra cliché- el didactismo, un ejercicio de lenguaje autoritario del adulto sobre el niño. Hoy, como en La historia sin fin de Michel Ende, el peligro es el vacío, el crecimiento desmesurado de la nada; de eso dan cuenta tantos libros que se editan anualmente, no sólo en el campo de la literatura para los chicos. En lo personal, me gusta mucho cierta literatura de sugerente enseñanza, desde los relatos arquetípicos hasta los cuentos sufíes, y no me da temor su carácter docente porque apuesto todo, o casi todo, a la sugerencia del lenguaje y a la posibilidad de romper por esa manija lo esperado, lo previsible, lo correcto, para que el texto se abra acaso alguna vez a múltiples lecturas. Me gusta la idea de trabajar a partir de ese material desechado, la literatura moralista que nutrió durante muchos siglos el narrar de los pueblos. En los cuentos de El Anillo Encantado partí a veces de historias un poco aleccionadoras (el amor vale más que las diferencias de clase, o se puede ser feliz sin tener nada) y, como quien hace pátinas sobre un mueble nuevo hasta convertirlo en viejo, caminé hacia ese pequeño libro. Porque un libro es un viaje que se hace a partir de capas y capas de escritura, de sucesivas obediencias a la forma, para lograr un tono, para buscar un ritmo, para que suene bien, para que se vuelva familiar lo que era extraño, para que se vuelva extraño lo que era familiar, buscando que lo conocido se rompa, se esmerile, estalle, buscando en fin una ruptura que deje ver por debajo algún resplandor de eso que llamamos vida.
¿Apenas si tenemos una frase?. Puede
ser suficiente para tirar del hilo, para
empezar a devanar la historia. Fragmentos,
meandros, derivaciones en las que un testimonio
se pierde, y entre esos meandros alguien dice
la palabra de un comienzo. A veces no hay ni
tan siquiera eso y entonces la escritura se
evidencia en su condición de pura espera del
otro, lenguaje narrando el vacío del otro,
boca que espera una escucha, letra ofrecida a
los ojos de un lector. Corregir un texto es un trabajo espiritual, una empresa de rectificación de uno mismo, decía Paul Valery. Corregir entonces para liberarnos de lo adecuado y de lo correcto, de la mimetización con los autores más exitosos, de lo que se vende, de lo que quiere la escuela, de la necesidad de parecer escritores, del deseo de ser inteligentes o informados o.... Liberarnos en fin de tantos lastres, para encontrar en algún momento, si se persiste y si se es afortunado, esa moneda de oro que es la vida. Hay sí, una ética de las formas: eso es en su sentido más puro una estética. Trabajar encarnizadamente la forma para que se ajuste al movimiento que traza la vida. Escribir más allá o más acá de las exigencias del mercado. Abrir siempre nuevos espacios personales, exploraciones nuevas de escritura y de lectura. Escribir para el encuentro verdadero con un lector. Escribir siempre para lectores únicos, para decenas o centenas o millares de lectores únicos. Trabajar sobre todo contra la repetición de uno mismo, contra la mercantilización del deseo, contra el vaciamiento de las formas, desde la permanente búsqueda, desde el movimiento permanente, desde el constante desacomodo, aunque se nos haga a menudo cuesta arriba. Escribir en fin para el lector que quisiéramos ser, para un lector que en lo más íntimo de nosotros respetamos más allá de su condición y de su edad, un lector siempre más grande y más intenso que nosotros mismos. Escribir por puro afán de exploración, por el solo deseo de transitar nuestras reservas salvajes. Escribir para buscar, abiertos siempre al descubrimiento, al riesgo, a la sorpresa. Escribir sin miedo a las expulsiones del palacio, ni a las expulsiones del templo, cualesquiera sean los palacios y los templos de turno. Sin miedo al abandono de los lectores, ni al de las editoriales. Sin miedo a quedar fuera de la escuela o del mercado. Sin miedo, en fin. Escribir lejos de la repetición de lo exitoso, producido por los otros o por nosotros. Cuidarnos de todo y, sobre todo, cuidarnos de nosotros mismos. Prescindir de todo lo que no sea el camino. Ser siempre el caminante, el que todavía no ha llegado a destino, el pasajero en tránsito, el que atraviesa la reserva, el buscador de oro, para que la escritura acaso alguna vez sea. Para que alguna vez, tal vez, dibuje un texto y lo haga florecer como un árbol. Cuando comencé a ocuparme y preocuparme de la literatura para los chicos, esto es a comienzos de los ochenta, parecía sencillo distinguir a los buenos de los malos escritores y a los buenos y los malos textos, a las buenas y las malas editoriales. Hoy esto no parece tan sencillo, toda vez que autores y editoriales de prestigio, prestan también su nombre o su sello a textos pobres. Hace veinte años, el problema de los que trabajábamos en este campo era instalar la literatura infantil y el hábito de la lectura en la escuela y sembrar esa conciencia en los docentes. Hoy el desafío enorme que nos toca como escritores, como lectores, como docentes, como especialistas es seleccionar y enseñar a seleccionar, con conocimiento y criterios personales, los buenos libros, en el mar de libros que se editan, criterios que sean capaces de ir más allá de las recomendaciones editoriales, de la publicidad, de los índices de venta y de los nombres consagrados. Hoy, más que nunca, se vuelve necesario ejercer nuestro personal derecho a disentir, a elegir, a ejercer el poder de lectores sobre lo que se nos vende o se nos intenta vender.
¿Para qué escribir, para qué leer,
para qué contar, para qué elegir un buen
libro en medio del hambre y las calamidades?.
Escribir para que lo escrito sea abrigo,
espera, escucha del otro. Porque
la literatura es todavía esa metáfora de la
vida que sigue reuniendo a quien dice y quien
escucha en un espacio común, para participar
de un misterio, para hacer que nazca una
historia que al menos por un momento nos
cure de palabra, recoja nuestros pedazos,
acople nuestras partes dispersas, traspase
nuestras zonas más inhóspitas, para decirnos
que en lo oscuro también está la luz, para
mostrarnos que todo en el mundo, hasta lo más
miserable, tiene su destello. Como aquel pintor de la antigua Corea, de quien se dice que pintaba árboles que los pájaros confundían con verdaderos. Bibliografía: 1)Abelardo
Castillo. Ser escritor. Perfil libros. Buenos
Aires, 1997. 2)Marina
Colasanti. Rota de Colisao. Rocco, Río
de Janeiro, 1993. Ruta de Colisión. Traducción
del portugués por Ma. Teresa Andruetto.
Colección Fénix de Poesía. Ediciones del
Copista, Córdoba. En prensa. 3)
Michel de Certau. La invención de lo
cotidiano. Artes de hacer. Universidad
Iberoamericana. Ac. México, 1996. 4)
Cesare Pavese. Il mestiere di vivere. Giulio
Einaudi editore, Torino, 1952. 5)
Octavio Paz. El mono gramático. Seix
Barral,1974. 6)
Paul Auster. Revista Vox de poesía. Nro. 1.
Bahía
Blanca. Otros: Peter
Brook. Hilos de tiempo. Editorial Siruela,
2001. Jean
Genet. El secreto de Rembrandt. Narvaja editor.
Córdoba, 1996. Wallace Stevens. Adagia.
Ediciones Península. Barcelona,
1993. José
Sanchis Sinisterra. El lector por horas. Proa.
Teatre Nacional de Catalunya. Barcelona, 1999
©Ma. Teresa Andruetto 2002.
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