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OPINION -
COLABORACIONES 2001

UNA
HISTORIA MEJICANA
por
© Marisa Castelo
Es
triste noticia en estos días que la viuda de Octavio Paz, una rubia
llamada “Marie José” o “Marie-Jo”, intenta prohibir a la
fundación que gestiona la obra de su difunto compañero la
publicación de algunas obras suyas en Internet. Reaparece la
pesadilla de aquella encarnizada lucha por la herencia del mejicano,
estando incluso poco finado el autor, cuando se tiraban de los pelos
en aquel mariachi cementerio la hija, Elena, y la pretendida rubia,
denominada por esta “la concubina”. Triste caso, que, por
desgracia, cada día resulta más frecuente y, a veces, muy
doloroso, cuando en cierto cósmico modo consideras esa carne muerta
tu propia carne, como fue para mí la de Alberti, cuya blanca melena
veo desfilar entre las nubes en el momento que escribo esta líneas.
No es mi objetivo entrar en la responsabilidad que los autores deberían
tener sobre su herencia y el exquisito cuidado con el que tendrían
que elegir sus compañías, en tanto que pudieran devenir herederos
forzosos, porque posiblemente sin la absoluta propiedad de ese libre
albedrío jamás hubieran escrito sus obras. El único objetivo que
tiene perder mi tiempo y el suyo es el de provocar una reflexión
sobre la gestión de las obras de los autores después de su muerte.
No
voy a entrar en el expolio comercial propiciado por los parientes,
aunque pudiera mencionar casos como el de la viuda e hija de cierto
pintor que, no contentas con sentarle en sus últimos días en un
taca-taca senil modelo “caballete incorporado” a trazar el mismo
dibujo en distintas hojas hasta que se le agarrotaban las manos,
decidieron un buen día trocear un lienzo en pedacitos para aumentar
el precio de venta. En este caso, la Justicia francesa obró con
extraordinaria diligencia, a iniciativa del Estado francés, para
impedir tal desatino, lo cual resulta especialmente encomiable
habida cuenta de que el pintor en cuestión figura a efectos de la
humanidad como español, y andaluz para mayor gloria de la tierra
del sol.
Exactamente
a este punto pretendía llegar: a hablar de una figura políticamente
incorrecta que se podría denominar “expropiación de derechos de
autor”. Desde que se estableció como mayor logro de las grandes
revoluciones el derecho sagrado de propiedad privada, por el que
cientos de miles de desarrapados perdieron su vida ignorando que
luchaban por los de siempre y daban su sangre para que sus
descendientes iniciaran una larga estirpe de conductores de
transporte público, resulta poco menos que anatema cuestionar tal
principio, consagrado por los “revolucionarios” de las colonias
en la Declaración de Virginia de 1776 y por puro efecto fashion
recogido hasta nuestras fechas en toda Constitución que se precie
de democrática. Por eso no está bien visto afirmar que las grandes
creaciones intelectuales no deben ser objeto de tal mísera acepción,
y que desde el mismo instante de su publicación pasan a ser
patrimonio de la humanidad.
En
esta época de tinieblas, días oscuros que han seguido a la muerte
de Dios, en los que el género humano corre serio peligro de mutar
en otra especie, todo alimento para el espíritu resulta un bien
especialmente precioso. Si a esto unimos la vocación de
universalidad implícita en todo aquel que publica, sin que Octavio
Paz sea una excepción, y el hecho de Internet pudiera ser el arma
definitiva para derribar de una maldita vez las fronteras dibujadas
en un mapamundi a través de años por los miembros de cierto extraño
gremio denominados “estrategas”, resulta inaceptable que se
consienta a una rubia mejicana la negación de alimentos a los
supervivientes de la Humanidad. Ya es llegada la hora en la que los
Estados deben intervenir para proporcionar a sus pueblos razones que
justifiquen su existencia, argumentos para seguir en la batalla. Es
perfectamente lícito que los herederos de un autor tengan derecho a
los rendimientos económicos derivados de la explotación de la obra
de su causahabiente, pero nunca, bajo ningún concepto, se puede
permitir que obstaculicen su libre difusión, procedan a su mutilación,
o autoricen utilizaciones que la degraden, por muy comercialmente
jugosas que puedan resultar. Una obra de Paz no es un adosado en
Benidorm, señores. ¿Para cuándo, entonces, una Ley que garantice
la correcta explotación post
mortem de las creaciones intelectuales?
©
Marisa Castelo, LegalArte, 2001.
Es
experta en Propiedad Intelectual y Derechos de Autor
©


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