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"Dejémonos
de Cuentos"

©Ilustración
Rodolfo Franco
por
©Carlos
M. Gutierrez
Carlos
M. Gutiérrrez (Ameyugo, Burgos, 1965).Ha sido
profesor de lengua y
literatura en Valladolid, Soria, Estrasburgo y
Arizona. Actualmente es
profesor de literatura española del Siglo de
Oro en la Universidad de
Cincinnati, USA. Ha publicado Dejémonos de
cuentos (relatos, 1994) y prepara
para publicación El recurso al método, también
de relatos breves y un libro
sobre las relaciones entre los escritores del
Barroco español.
Viento
del sur
...nos, in quos finis saeculorum deuenit.
San Pablo, I Ep. ad Cor., X, 11.
Al volver la cabeza,
Don Quijote vio cómo se perdía, tras la línea
del
horizonte y en medio del fragor del
combate, el país donde nunca más había
de volver. Mortalmente herido por un mes de
julio que se había abierto paso
a zarpazos, a Don Quijote ya no le quedaba sino
buscar un lugar lo
suficientemente anónimo como para que
albergara su desazón. Comenzó entonces
una trashumancia confusa y sin rumbo, en la que
nostalgia y pesadumbre lo
tuvieron consumido y derrotado como nunca antes
recordaba haberlo estado.
Atravesó Europa como
una sombra barrida por el viento, buscando un
trozo de
mundo que no le fuera doloroso y ajeno. En
febriles jornadas fatigó Asia,
Africa y América; dobló el cabo de Hornos y
el de Buena Esperanza; siguió
las huellas de Colón, de Cook, de Elcano, de
Urdaneta, del Spirit of Saint
Louis, del Beagle y del Plus Ultra; buscó
Eldorado, la Atlántida, la tierra
de las amazonas, al Preste Juan de las Indias,
el oro de California y de
Australia y la piedra filosofal.
Llegó un día en el
que, errabundo y abatido, dejó que se fueran
consumiendo
las horas y los días, perdido en alguna
parcela de sus recuerdos; buscando
alguna certeza pasada a la que aferrarse, náufrago
ya de la Historia. Los
días se sucedían monótonos e inmisericordes;
sin comienzo ni fin; sin
esperas ni esperanzas.
De repente un día
sintió el viento sur; se detuvo y recordó.
Recordó a
Sancho, arrebatado por una única ola,
furibunda y rabiosa, frente a Cádiz,
en una fecha lejana ya y dolorosa, y este
recuerdo le hizo gritar su nombre,
pero sólo obtuvo un eco inerte y mezquino.
Recordó también el amor, como
fiebre pasajera vencida por el tiempo y la
pena, mientras el viento le
acercaba aromas cercanos y familiares,
mezclados con el olor de la tierra
ensangrentada.
Ensimismado como
estaba, apenas reparó en un pájaro inmenso,
de grandes
ojos ciegos y reflejos metálicos que pasó
junto a él, sobre el Pacífico. Ni
siquiera le sorprendió que poco después
volviera a zumbar en sus oídos el
aire hueco, artificial y mortecino que dejó
tras de sí a la vuelta, aliviado
ya del huevo de la muerte.
Casi al mismo tiempo,
mientras una ráfaga hirviente y violenta lo
atravesaba, dispersándolo para siempre, Don
Quijote aún pudo distinguir,
entre el olor dulzón de la carne quemada, una
naturaleza muerta de relojes
blandos; relojes reblandecidos a miles de
grados, que aún se obstinaban en
marcar las ocho horas y quince minutos del día
seis de agosto de mil
novecientos cuarenta y cinco.
Dejémonos de cuentos
Al pícaro Bruno Bettelheim que está en los
cielos, a posteriori y por
supuesto; pero también a estas
aguerridas ninfas...
Como cada jueves, con
infinita precaución y asegurando sus pasos,
la
jovencita cruzaba el bosque. En su cabeza
resonaban aún los encendidos
consejos de su madre que, como todos los
jueves, mientras preparaba la cesta
de viandas, embutidos y dulces para la
abuelita, no cesaba de encarecerle
acerca de los peligros que acechaban en el
bosque a una chica, tanto más a
una tan joven e ingenua como ella. En esas
estaba, repasando las consignas
de seguridad maternas, cuando le llegó un
ruido, lejano aún pero que se
hacía más perceptible e inquietante a cada
paso. Brevemente, como cada
jueves, dirimió en su interior la eterna
disyuntiva entre la prudencia y ese
ese afán tan insano por saciar los impulsos
curiosos. A medida que se iba
acercando a la fuente del sonido pudo precisar
que era periódico y seco.
Sigilosamente se fue aproximando, mientras ponía
gran cuidado en no ser
vista u oída. Instantes después, agachada
tras un arbusto, observaba a un
joven y fornido leñador afanándose, sudoroso,
en derribar un roble
gigantesco. El sudor le resbalaba por la
espalda, y los rayos que se
filtraban por entre las copas de los árboles
le conferían un halo refulgente
y provocador. Y así estuvo un rato la
muchacha, mirándole y remirándole con
jóvenes e ingenuos ojos por entre los
resquicios que dejaba la vegetación.
De repente, siguiendo un impulso incontenible y
en un salto felino, sin
encomendarse a Dios ni al diablo, patrón, éste,
más propicio para tales
menesteres, se plantó ante el sorprendido leñador
que no alcanzó a
defenderse.
Minutos después, tras
ajustarse la bermeja caperuza y alisarse la
falda,
sin reparar siquiera en el exhausto talador,
Caperucita se encaminó,
pendiente la cestita del brazo acabestrillado y
silbando y brincando
despreocupadamente, hacia la casa de su
abuelita. El lobo seguía sin dar
crédito a sus ojos; como cada jueves.
Palinfesto
(Tócalo otra vez,
Juanra)
Una cosa es una cosa, es una cosa, es una cosa,
es una cosa, es una cosa, es
una cosa, y otra prosa es otra prosa, es otra
prosa, es otra prosa, es otra
prosa, es otra prosa, es otra prosa...
Gertrudis Jiménez de
González
Nunca se concibió
regalo más apropiado. Juan Ramón bullía
interiormente de
ansiedad, fabulando con el provecho que podía
arrancarle a aquella máquina
antipática aunque, exteriormente, se esforzara
en no transmitir el menor
entusiasmo. González-el verdaderamente eterno,
el poeta, que venía de
Albuquerque, de una feria de poética electrónica-había
acertado de pleno con
aquel obsequio de colega. "Verás, verás
qué rosas te van a salir con este
aparato. Es magnífico. Sus posibilidades son
infinitas. Podrás hacer lo que
quieras: apretar las tuercas a los epítetos
una y otra vez, engrasar los
adverbios ad nauseam, clonar rosas nunca antes
conocidas, dejar la rima
auténticamente a punto y hasta pintar de
amarillo los poemas, si te peta.
Acabáramos: la ingeniería poética toda a tu
alcance; tan simultánea como
asépticamente, sin borrones ni cuentas viejas.
Sin manchas de tinta; sin
huellas delatoras de la más nimia imperfección
anterior. Virginal y pura,
como nacida de la primera espuma de mar. Así
será toda tu poesía."
A duras penas podía J.
R. contener su entusiasmo demiúrgico ante
aquella
panoplia magnífica y turbadora que el destino,
transfigurado esta vez en
musa miope y masculina, ponía en sus manos
pulcras de hipocondríaco.
Don Angel comprendió
pronto el anhelo imperioso de soledad que iba
corroyendo al moguereño y, casi acto seguido,
decidió marcharse hasta la
playa de Venice, California, donde carnes en
rosa y pubis le esperaban,
impacientes.
Entretanto, Juan Ramón,
en poeta cenobítico, se había encerrado a
solas con
el artilugio y sometía a los signos a un vaivén
de apariciones y
desapariciones traumáticas por arte de un
birlibirloque rítmico e
incansable. Tecleaba, furioso, a lo Liszt, poseído
por una manía perfectiva
de orden, cadencia y belleza. Y así fue dándole
forma.
Tras cuatro días de
cenobio azenobiado, por fin lo había
conseguido. Sí,
allí estaba. En la pantalla del ordenador se
destacaban los firmes trazos
del poema más hermoso jamás concebido. Un
poema cuya perfección casi
alcanzaba a herir sus ojos. Deslumbrado, J. R.
se levantó, se alejó unos
pasos y lo contemplo desde la distancia; con
orgullo y satisfacción al
principio, luego... Luego le sobrevinieron la
duda primero y la inquietud y
el temor después: ¿Qué demonios iba a hacer
ya un poeta con sus aspiraciones
colmadas por una composición cabalística, única
y eterna como aquella? ¡No!
sería el fin.
Nunca soltó prenda
sobre aquel episodio. Quizás lo hiciera por
temor o bien
por desdén, pero lo cierto es que redujo la máquina
a una masa informe de
restos que chisporroteaban moribundos. Al rato,
en unas exequias tan
solemnes como afectadas, recogió en una caja
aquellos despojos culpables e
inorgánicos, se asomó ceremonioso al brocal y
los arrojó al pozo blanco.
Me lo contaron los pájaros
que se habían quedado cantando. Se lo juro.
©Carlos
M. Gutiérrez
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